sábado, 29 de octubre de 2011

Las convicciones espirituales en la construcción de la paz


El discurso de Benedicto XVI en Asís el pasado jueves 27 de octubre en el marco de la Jornada  de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, invita a pensar a fondo y sin prejuicios. Animo a todos a leerlo despacio para después dialogar sobre él. De momento, señalo las ideas que me han parecido más relevantes.
El poder transformador de los ideales espirituales
Al comienzo de su discurso el Papa reflexionó sobre lo sucedido poco después del encuentro por la paz convocado también en Asís por Juan Pablo II: «En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual. Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual».
Sin embargo, la libertad por sí sola no garantiza la paz si carece de orientación, ya que muchos la tergiversan entendiéndola como libertad también para la violencia.  «A grandes líneas –según mi parecer, dijo Benedicto XVI– se pueden identificar dos tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades».
La violencia de motivaciones religiosas
La primera de estas tipologías está ligada históricamente, al menos en parte, a grupos religiosos. «Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada, que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido. Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la violencia».
Se podría objetar que, a lo largo de la historia, muchos cristianos no han sido precisamente un modelo de constructores de paz, sino al contrario. Pero la búsqueda de la verdad lleva a reconocer los hechos que han de ser reprobados: «A este punto, quisiera decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co 13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo».
Pero no sólo la fe cristiana ha sido en ocasiones ocasión de violencia. A cada religión le compete hacer un examen sincero y reconocer la verdad. El hecho de una tipología fundamental de la violencia se funde hoy religiosamente, pone a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y obliga a todos a una purificación.
Crueldad y violencia sin medida en un mundo sin Dios
La segunda tipología que mencionaba Benedicto XVI tiene una motivación exactamente opuesta: «es la consecuencia de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de humanidad. Los enemigos de la religión – como hemos dicho – ven en ella una fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios».
Pero, con ser esos horrores por encima de toda medida, no son las únicas manifestaciones de hasta dónde puede llegar la crueldad humana. Hoy día seguimos padeciendo esas consecuencias en todo el mundo. El diagnóstico del Papa es certero: «La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo».
Si las religiones deben reflexionar sobre su verdadera naturaleza y purificarse, también los impulsores de un ateísmo militante deben ser conscientes del grave daño que han hecho a la humanidad, y buscar la verdad.
La aportación de los no creyentes que buscan la verdad
Benedicto XVI es consciente de que en la sociedad actual hay muchas personas que no se sienten identificadas ni como practicantes de ninguna religión ni como paladines de un fundamentalismo laicista: «Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: “No existe ningún Dios”. Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son “peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz”».
Estas personas tienen un papel importante que aportar en la cultura contemporánea: «Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte. Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la violencia respecto a los demás».
La existencia de personas así invita a pensar a cualquiera que tenga sentido común y buena voluntad, y lleva a los cristianos a reflexionar sobre su propia conducta para que los demás puedan ver en ellos el verdadero rostro de Dios: «Estas personas buscan la verdad, buscan al verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios, depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios. Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible».
El discurso completo puede leerse aquí

lunes, 10 de octubre de 2011

Yo ya creo en Dios y le hablo ¿Para qué quiero los sacramentos?


Hace años viajaba en tren y me puse a hablar con un muchacho que iba en el asiento de al lado. Estaba haciendo la tesis en biología, y se le veía un hombre abierto y alegre. Yo le hablé también de lo que era mi trabajo de sacerdote, y con naturalidad en medio de la conversación amistosa, surgió una pregunta:
- ¿Sueles ir Misa?
- No, no, en absoluto.
- ¿Crees en Dios?
- ¡Hombre! “algo” tiene que existir por ahí, por supuesto que creo en Dios. Es bueno y me ha dado muchas cosas buenas en mi vida: mi familia, salud,… Cuando estoy contento a veces me acuerdo de él y le digo algo al “colega de arriba”. Pero ir a la iglesia no, ¿para qué?
Muchas veces vemos las cosas así, con un planteamiento sencillo. Pensamos: «Vale que exista Dios y que haya hecho la naturaleza tan bonita y bien organizada –aunque a veces me entran dudas de si la hizo él, o existía por sí sola-. De acuerdo con que quiero hacer el bien a todo el mundo. No me dejan indiferente las desgracias y me conmueve la pobre gente que sufre. Soy una buena persona, buen amigo de mis amigos, trabajador, abierto, tolerante. Me gusta amar y ser amado. Para vivir una buena vida, ya me basto sólo. Cuando lo necesito, o me brota del corazón, también me dirijo a Dios. Seguro que si existe, me escucha. Pero las ceremonias de la iglesia no me dicen nada, me aburren, no saco nada en claro. No las necesito».
Sin embargo, la realidad nos demuestra que esa situación no dura mucho tiempo en la vida. Aunque queramos ser buenos siempre, la realidad es que no siempre hacemos lo que nos gustaría (claro, siempre podemos buscar una excusa ante los demás, pero pensándolo en serio: ¡hemos fallado!). Más de una vez nos enfadamos y no tratamos bien a los demás. Hablamos mucho del hambre en el mundo, pero sólo hacemos gestos simbólicos, mientras gastamos bastante en fiestas y caprichos. Nos gusta que se acuerden de nosotros, pero a veces se nos pasan momentos importantes de las personas que nos quieren, sin que los recordemos. Y cuando viene una desgracia, un problema laboral serio, o una enfermedad grave, parece que todo se nos hunde. Es que nos hemos descuidado.
La respiración y la comida son imprescindibles para mantenernos vivos. No son un capricho. Nuestro cuerpo no funciona sin aire, sin agua o sin alimentos. Los sacramentos son para nuestro espíritu lo que comida y respiración para el cuerpo. En ellos recibimos la gracia (esto es, la energía sobrenatural que da vigor al alma).
Pero son también algo más: cada acto de culto es como una cita de amor que Dios escribe en nuestra agenda. Nos aguarda enamorado. Se acuerda de nosotros y no quiere dejarnos solos. Quien haya probado alguna vez ese amor, aunque haya faltado a muchas citas, siente el tirón de acudir de nuevo. A veces se siente cansado y sin fuerzas, pero si vence esa pereza, redescubre otra vez lo bonito que es sentir el amor.
¿Por qué esto es así? Dios hizo bueno al ser humano, pero desde muy pronto nuestra naturaleza quedó dañada por el pecado, así que el bien el costoso y como constataba San Pablo a veces no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero… ¿quién me librará de este cuerpo de muerte? Como clama en la Carta a los Romanos (Rm 7,19.24). La liberación de esa esclavitud nos la consiguió Jesucristo. Por eso, sólo cuando estamos cerca de él, en amistad con él, cuando nos hace partícipes de su vida divina con la gracia, nosotros podemos librarnos también de esos lazos que nos oprimen y esclavizan.
Si dejamos que Jesús se acerque a nosotros veremos cómo nos consuela, nos enseña a discernir lo verdaderamente razonable, nos alimenta, nos transforma y nos sana. Los sacramentos son esos momentos privilegiados, adecuados para cada una de las circunstancias de la vida, en que Jesús se acerca a nosotros con toda la fuerza transformadora de su amor.
En el bautismo nos convertimos en hijos protegidos de Dios. La confirmación cambia nuestra debilidad en fortaleza. En la confesión nos del peso de nuestras culpas. En la eucaristía recibimos no solo la gracia, sino que nos alimentamos del propio autor de la gracia. En el matrimonio somos constituidos servidores del amor. En el orden sacerdotal se capacita a unos hombres para que nos puedan administrar los sacramentos. En la unción de los enfermos, se alcanza el consuelo de la serena amistad con Dios para afrontar la muerte con la esperanza en un pronto encuentro feliz y definitivo con Él.
No es suficiente con la fe en Dios. Necesitamos acercarnos no sólo con la inteligencia, sino con todos los sentidos. Quienes pudieron conocer personalmente a Jesucristo lo vieron, lo escucharon, pudieron tocarlo y experimentar así la salvación y la sanación de cuerpo y alma. Los sacramentos son signos sensibles que llevan ese mismo sello de Dios, que conceden eficazmente su gracia.
Los sacramentos son un tesoro tan grande que Jesucristo confió su custodia y dispensación a la Iglesia, a “su administrador de confianza” podríamos decir, de manera que no se pierdan ni se desvirtúen. Por eso ella tiene la misión de ponerlos con toda su integridad al alcance de los que razonablemente los requieran, y a la vez de protegerlos de todo uso abusivo. Por decirlo de algún modo, Jesús no colgó los sacramentos en Internet con libre acceso, sino que los dejó albergados en un dominio propio y seguro, para mayor garantía de los usuarios.
Pero, ¿qué pasa cuando alguno de los administradores del dominio es una persona indigna? ¿pierden entonces su eficacia? Los sacramentos son eficaces porque es Cristo mismo quien actúa en ellos. Por eso producen su efecto en virtud de la acción sacramental realizada (en teología se dice ex opere operato), es decir, independientemente de la actitud moral o de la disposición espiritual de quien los dispensa, siempre que quiera hacer lo que hace la Iglesia. Aunque, naturalmente, los ministros de los sacramentos deban llevar una vida ejemplar, y darán cuenta a Dios de cómo han vivido esa responsabilidad. Pero Dios ha querido que quien se acerca de buena fe a los sacramentos, abierto a la gracia, no se quede sin la ayuda divina.

Las riquezas de la Iglesia frente a la pobreza


Uno de los tópicos más frecuentes para criticar a la Iglesia Católica es el de aludir a “las riquezas del Vaticano”. Para ponderar con objetividad la consistencia de estas críticas, puede ser útil tomar en consideración algunos datos.

Origen y desarrollo histórico de los hechos

Los primeros cristianos eran gente sencilla. Hay un texto cristiano antiguo que habla sobre algunos parientes de Jesús vivían a finales del siglo I. Se trata de un relato que se atribuye a Hegesipo, referido por Eusebio de Cesarea , que dice lo siguiente:
“De la familia del Señor vivían todavía los nietos de Judas, pariente del Señor según la carne, a los cuales delataron por ser de la familia de David. El encargado los condujo a presenca del césar Domiciano (51-96 dC.), porque éste, al igual que Herodes, temía la venida de Cristo.
Y les preguntó si descendían de David. Ellos lo admitieron. Entonces les preguntó cuántas propiedades tenían o de cuánto dinero disponían. Ellos dijeron que entre los dos no poseían más que nueve mil denarios, la mitad de cada uno, y aún esto repetían que no lo poseían en metálico, sino que era el valor de sólo nueve fanegas de tierra, cuyos impuestos pagaban y que ellos mismos cultivaban para vivir.
Entonces le mostraron sus manos y adujeron como testimonio de su trabajo personal la dureza de sus cuerpos y los callos que se habían formado en sus propias manos por el continuo bregar.
Preguntados acerca de Cristo y de su reino: qué reino era éste y dónde y cuándo se manifestaría, dieron la explicación de que no era de este mundo ni terrenal, sino celeste y angélico, que se dará al final de los tiempos. Entonces vendrá él con toda su gloria y juzgará a vivos y muertos y dará a cada uno según sus obras.
Ante esta respuesta, Domiciano no los condenó a nada, sino que incluso los despreció como a gente vulgar. Los dejó libres y por decreto hizo que cesara la persecución contra la Iglesia.
Los que habían sido puestos en libertad estuvieron al frente de las iglesias, tanto por haber dado testimonio como por ser de la familia del Señor, y vuelta la paz, vivieron todavía hasta Trajano”.
En el año 258, durante el prefecto de la ciudad de Roma le pidió al Diacono Lorenzo que le los “tesoros” de la Iglesia. Al dia siguiente el Diacono Lorenzo se presento con los leprosos, tullidos, ciegos, enfermos , viudas y huérfanos de Roma a los que atendía (unos 1500) y le dijo “estos son los tesoros de la Iglesia de Roma”. Lorenzo pago con su vida esta respuesta y murió asado en una parrilla después de innumerables tormentos.
Durante el Imperio Romano la Iglesia era una comunidad que no posee bienes económicos, sino sólo un mensaje personal de salvación, una fe intensa. En ese contexto podemos hablar de una Iglesia sin dinero. En un mundo dominado por el miedo al destino, un mundo poblado de fuerzas astrales y poderes demoníacos, los seguidores de Jesús han ofrecido a los hombres el testimonio de la confianza en Dios Padre y la experiencia de la caridad y el amor fraterno.
Un reciente estudio sociológico sobre la evolución demográfica del imperio romano ha puesto de manifiesto que la gran expansión de cristianismo en Roma tuvo lugar en una epidemia de peste, en la que la gente huía de la ciudad pero los cristianos se quedaron para ayudar a los enfermos. Muchos de ello murieron, pero su ejemplo no dejó a nadie indiferente.
La Iglesia era una comunidad totalmente “pobre” pero que generó en su entorno una inmensa riqueza humana y social, que se tradujo numerosos obras asistenciales, al servicio de sus miembros y de los necesitados. Creó la red más intensa de organización sociales al servicio de los más pobres. La Iglesia como tal no tenían dinero alguno, pero el dinero de las comunidades cristianas, recogido de los mismos fieles, sobriamente administrado, hacía posible cuidar a todos los huérfanos y a todas las viudas de la comunidad y a otros muchos de fuera de la comunidad.
Desde entonces, y a lo largo de los siglos, muchas personas han ido ayudando con sus bienes a esas obras de caridad, e incluso donándolos en sus testamentos a la Iglesia, conscientes de que es un modo seguro de ayudar a los demás.
Situación actual
A lo largo de los siglos, con el esfuerzo de millones de donativos se fueron construyendo edificios sólidos para el culto, y también se fue destinando a esa función (que está en la base de la caridad) algunos objetos más nobles (pero que económicamente significan poco o nada para el conjunto de bienes que se emplean en la caridad). Además de un número incalculable de hospitales, centros asistenciales, residencias de ancianos, colegios, etc.
En la actualidad la casi totalidad de los medios económicos que gestiona la Iglesia se siguen dedicando a tareas asistenciales. Por ejemplo, hoy día aproximadamente la cuarta parte de los enfermos del sida que hay en el mundo están atendidos directamente por las instituciones de la Iglesia o por gente muy ligada con ella.
Las cifras son impresionantes. Cientos de miles de personas, especialmente religiosos y religiosas, con una mayoría numérica de éstas, trabajan desinteresadamente y han dedicado su vida a los pobres.
Por otra parte, la eficiencia de los bienes materiales gestionados por la Iglesia al servicio de la sociedad es indiscutible. Por ejemplo, cuando los socialistas llegaron al poder en Alemania, uno de los temas que se plantearon es si las instituciones de caridad debían correr a cargo de las Iglesias (hay que incluir también a los protestantes) o del Estado. Como eran personas inteligentes, llegaron pronto a un acuerdo: “el Estado alemán no tiene dinero suficiente para hacer lo que con cuatro marcos hacen las Iglesias”.
Además, para mantener todo eso necesitan edificios, sueldos de personal, etc. Las cantidades en todo el mundo, son ciertamente, muy grandes. Los presupuestos no están centralizados. Hay infinidad de instituciones, órdenes religiosas, fundaciones, etc. que gestionan sus servicios.
En lo que depende de cada diócesis (y de la Santa Sede directamente), hay unos medios económicos de funcionamiento cuyos ingresos proceden de las donaciones directas de los fieles, los réditos de fundaciones que tienen como fin sostener labores asistenciales o construir iglesias o edificios para esas labores. Hay un dinero de caja, y unos capitales que por voluntad fundacional no se pueden tocar para mantener esas labores con sus réditos.
La Iglesia católica destina sus recursos económicos principalmente a cinco áreas:
1) sostener al clero y a sus ministros,
2) al ejercicio de su apostolado en diversas formas y en distintos ámbitos de la vida pública,
3) mantener el culto y las actividades religiosas (se incluye la conservación de los templos y obras que la Iglesia administra así como el sueldo de los laicos contratados para ayudar en ello)
y 4) a acciones pastorales, caritativas, formativas y de promoción social.
El mito de “las riquezas” de la Iglesia. 
A pesar de los datos y la información detallada que cualquiera que esté interesado puede conseguir acerca de los bienes materiales que gestiona la Iglesia, se ha convertido en un tópico vulgar afirmar que “se darían millones por las obras de arte que se encuentran en el Vaticano. Y ¡cuánto se podría ayudar con ese dinero en este mundo!”
Es verdad que el Museo Vaticano vale mucho dinero. Pero eso no se puede vender. Es patrimonio de la humanidad, aunque esté en manos de la Iglesia. Lo mismo que el gobierno español no puede vender el Museo del Prado para remediar una situación económica ruinosa. El Museo del Prado es propiedad de todas las generaciones de españoles, no sólo de la nuestra.
Y los italianos piensan lo mismo. No parece muy posible que un gobierno italiano puede permitir que los tesoros de los Museos Vaticanos salgan de Italia para ser vendidos a otro país. Sería, entre otras cosas, una ruina para la cantidad de gente que vive en Roma del turismo. Se trata de riquezas que por su propio carácter no pueden venderse y por tanto no se puede sacar dinero de ellas.
A nadie nos gustaría que la Iglesia vendiese la Catedral o la mejor Iglesia de nuestra ciudad o pueblo a un magnate de las finanzas para que la transporte a su finca de recreo, aunque con el dinero de la venta se atendiese a los pobres, ya que pensamos que ese monumento es una de las riquezas y orgullo de nuestro pueblo y que se debe quedar donde está.
Además, venderlo ¿no sería más bien pan para hoy, hambre para mañana?
Y son conocidas las desgracias experiencias de algunos clérigos que vendieron en beneficio de los pobres los “tesoros” de su parroquia: imágenes, cálices, custodias... ¿Qué pasó con el fruto de su venta? Siguen siendo pobres, pero si quieren ver lo mejor de sus raíces culturales y artísticas, tendrían que irse a las mansiones lujosas de sus nuevos propietarios. ¿Alguien puede pensar que esos cálices están mejor en vitrinas de las casas de los ricos que en un altar de cualquier iglesia?
Además, el problema de la pobreza no se arregla con una donación: es un problema de desarrollo y requiere un flujo permanente de recursos. Por ejemplo, ¿de qué serviría la donación de un hospital a un país que no contara con recursos para mantenerlo, pagar sueldos, comprar medicinas...? Hacer funcionar un hospital en no mucho tiempo es más caro que el hospital mismo...
¿Y la cantidad de dinero que maneja el Vaticano?
En el balance del año 2009 existe un déficit de más de cuatro millones de euros.
En el balance presentado a los cardenales por el Arzobispo Velasio De Paolis, Presidente de la Prefectura para los Asuntos Económicos de la Santa Sede, se explica que hubo un déficit total de 4 102 156 euros; que es la diferencia entre los ingresos (250 182 364) y los gastos (254 284 520 euros).
Las salidas se atribuyen sobre todo a los gastos ordinarios y extraordinarios de los dicasterios y organismos de la Santa Sede, en los que prestan servicio 2.762 personas, de los cuales 766 son eclesiásticos, 344 religiosos y 1.652 laicos.
Por lo que respecta al balance consolidado 2009 de la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano, se indica que la pérdida fue de casi 8 millones de euros. Las personas que trabajan bajo la jurisdicción de la Gobernación son 1.891.
Por último se presentó el balance del Óbolo de San Pedro, que está constituido por el conjunto de ofrecimientos que hacen al Santo Padre las Iglesias particulares, sobre todo con ocasión de la solemnidad de San Pedro y San Pablo, así como de las contribuciones que hacen llegar los institutos de Vida Consagrada y Sociedades de Vida Apostólica, las fundaciones y algunos fieles. La cantidad recaudada en 2009 fue de 82 529 417 dólares, que servirán para las obras de caridad del Pontífice.
Para hacerse una idea de lo que estas cifras significan, el presupuesto de la Santa Sede —es decir, de un Estado soberano con, entre otras cosas, una red de más de cien embajadas, «nunciaturas» y todos esos «ministerios» que son las congregaciones, además de los secretariados y un sinfín de oficinas—, ese presupuesto es igual a menos de la mitad del presupuesto del Parlamento italiano. En resumen, tan sólo los diputados y senadores que acuden a los dos edificios romanos (en otro tiempo pontificios) de Montecitorio y Palazzo Madama cuestan al contribuyente más del doble de lo que cuesta el Vaticano a los ochocientos millones de católicos en todo el mundo.