sábado, 5 de septiembre de 2015

Ábrete



—Comenzamos un nuevo curso: como un cuaderno con las hojas en blanco que esperan que lo convirtamos en una obra de arte, no en un montón de hojas arrugadas llenas de garabatos. Le pedimos al Señor que nos enseñe a hacerlo y procuramos aprender de Él entrando en el Evangelio como un personaje más.
— El evangelio del domingo nos habla de un diálogo abierto con Jesús: Jesús salió de la región de Tiro y vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea, cruzando el territorio de la Decápolis. 32 Le traen a uno que era sordo y que a duras penas podía hablar y le ruegan que le imponga la mano (Mc 7,31-32). Lo que a ese hombre le sucede es algo bastante corriente: una persona que no oye (que no se hace cargo de lo que le dicen), y que no expresa lo que le sucede. Una persona con la que es imposible dialogar.
— ¿No nos sucede a nosotros con frecuencia algo parecido? Estamos tan metidos en lo nuestro que no nos hacemos cargo de las necesidades de quienes tenemos alrededor aunque nos hablen. Decimos cosas, pero no expresamos todo lo que llevamos por dentro. Nos pasa al hablar con los demás, pero también al ponernos delante del Señor: es difícil dialogar. Nos cuesta la oración, y también nos podemos sentir un poco aislados de los demás. Las personas que conocen y tratan a ese hombre perciben que hay un problema y se lo llevan a Jesús.
— Jesús, 33 apartándolo de la muchedumbre, le metió los dedos en las orejas y le tocó con saliva la lengua; 34 y mirando al cielo, suspiró, y le dijo: -Effetha -que significa: “Ábrete” (Mc 7,33-34). Utiliza símbolos sencillos de curación (tocar con el dedo consuela el dolor o las molestias, la saliva ayuda a suavizar y sanar rasguños o pequeñas heridas), porque ese persona necesita ser curada.
— Utiliza sus dedos. En la liturgia, el «dedo de Dios» es el Espíritu Santo: Tu septiformis munere, dextrae Dei tu digitus se le llama en el himno Veni Creator Spiritus. Jesús toca y sana nuestro corazón con su Espíritu Santo. Pidámosle que nos sane y nos fortalezca para que podamos entrar de verdad en diálogo con Dios y con los demás.
— Y dice una «palabra mágica»: Effetha, ábrete. Esa es la palabra mágica, el consejo secreto que el Señor nos quiere dar a cada uno para que este curso que estamos comenzando sea gozoso: ábrete, no te encierres en ti mismo, olvídate de tu pequeño mundo que te hace sufrir y te genera tensiones por cuestiones que no valen nada, abre tus ojos y tus oídos al mundo para mirar y escuchar a las personas que tienes cerca, y sobre todo para contemplar y hablar con Dios, y todo será distinto.
35 Y se le abrieron los oídos, quedó suelta la atadura de su lengua y empezó a hablar correctamente. 36 Y les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Pero cuanto más se lo mandaba, más lo proclamaban; 37 y estaban tan maravillados que decían: -Todo lo ha hecho bien, hace oír a los sordos y hablar a los mudos (Mc 7,35-37). Es tanta su alegría que no se puede callar, que la comparte con todo el mundo. Así estaremos de contentos cuando nos abramos de verdad.
— El Señor nos insiste ahora: ábrete en la oración para que hablemos a fondo como amigos de verdad, ábrete haciendo una buena confesión para dejar limpia el alma y comenzar el curso con la casa en orden y bonita, ábrete al diálogo y a la convivencia con las personas que tienes cerca y no te encierres en lo tuyo, ábrete a las necesidades y esperanzas del mundo en que vivimos y que está lleno de retos.
— Que nos dejemos tocar por «el dedo de Jesús», por el Espíritu Santo para que nos purifique y nos cure. Quienes había experimentado lo que se siente al estar cerca de Jesús lo resumían en pocas palabras: Todo lo ha hecho bien. Ojalá que ese pudiera ser también el resumen de nuestra vida.
— Pidamos a la Virgen que, como buena madre, nos ayude a ponernos con sencillez en sus brazos y abrirnos sin miedo a la gracia de Dios y al futuro tan bonito que Dios nos pone por delante en este curso.

sábado, 20 de junio de 2015

Cuando parece que nos hundimos...



El evangelio del domingo nos lleva junto a las aguas frescas del mar de Galilea. Jesús ha terminado de hablar en parábolas después de una larga y agotadora jornada: 35 Aquel día, llegada la tarde, les dice: -Crucemos a la otra orilla. 36 Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas (Mc 4,35-36). Conmueve ver a Jesús cansado. Como nosotros ahora al final del curso, con pocas fuerzas y con ganas de descansar. Se deja llevar.
37 Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. 38 Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal (Mc 4,37-38a). Lo que les sucede es como una metáfora de la vida. Cuando uno tiene pocas fuerzas y sólo piensa en descansar, a veces se levantan tempestades que parecen que van a hundir todo: un resultado académico no esperado, una enfermedad propia o de personas queridas, un problema familiar, una decepción de una persona en la que confiábamos,… nos deja como desarmados, sin recursos.
— Nuestra fe flaquea, parece como si Jesús estuviera ausente —estaba en la popa durmiendo— a nuestros problemas, como si nos hubiese abandonado justo cuando más lo necesitamos.
— Los Apóstoles no se lo piensan más y lo molestan despertándolo: Entonces le despiertan, y le dicen: -Maestro, ¿no te importa que perezcamos? (Mc 4,38b). Que aprendamos de ellos: insistamos en nuestra oración aunque nos parezca impertinente, demasiado cargante, o aunque tengamos miedo de molestar: él nos quiere y nos comprende. Podría haber reaccionado sin esperar a que le insistan, pero sabe que les hará bien perseverar en la oración, como a nosotros
— Jesús, que nos ha dejado perseverar para probarnos, por fin interviene: 39 Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar: -¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. 40 Entonces les dijo: -¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe? (Mc 4,39-40). Les reprende por su falta de fe. ¿No mereceríamos nosotros algunas veces esa reprensión por querer respuestas demasiado rápidas, o a nuestro gusto, o porque esperamos que todo nos lo dé facilito, sin poner esfuerzo de nuestra parte, sin sufrir un poco? Vamos a pedirle que nos aumente la fe, la esperanza y el amor.
— Cuando estemos como en tensión, cuando nos parezca que nos hundimos sin remedio, lo que necesitamos, como Jesús, es reposar serenos. Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor (S. Josemaría, Amigos de Dios, 150). En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro descanso, nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Echad sobre Él vuestras preocupaciones -decía San Pedro a los primeros cristianos-, pues Él tiene cuidado de vosotros (1 P 5,7).
— Estos días al final del curso son muy buenos para abandonar en Dios nuestras preocupaciones y vivir en sus brazos serenos, tranquilos, como un niño pequeño en brazos de su madre o de su padre. Gastemos nuestro tiempo en recuperar energías, y en primer lugar energías sobrenaturales mediante la oración, el trato confiado con Jesús en el sagrario, la eucaristía, la lectura serena y meditada de la Sagrada Escritura,… Pero también en servir a los demás y en continuar cultivando nuestra formación cultural y cristiana.
— Cuando parece que todo se mueve y necesitamos orientación y reposo, pongamos nuestra mirada en María: Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la murmuración, de la ambición, de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la carne arrastran con violencia la navecilla de tu alma, mira a María. (…) En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión no te desvíes de los ejemplos de su virtud. Si la sigues, no te descaminarás. Si acudes a ella no desesperarás. Si piensas en ella, no te perderás. Si ella tiende su mano, no caerás. Si te protege, nada tendrás que temer. Si es tu guía, no te fatigarás. Si ella te ampara, llegarás a feliz puerto (S. Bernardo, Homilías sobre la Virgen Madre II, 17 [PL 183, 70-71]).

sábado, 13 de junio de 2015

Con buenas raíces


— Volvemos al tiempo ordinario y el domingo nos encontramos con unos textos muy bonitos, que nos invitan a salir al campo, contemplar la naturaleza y reflexionar sobre ella a la luz de la fe. El primero es de Ezequiel: 22 Esto dice el Señor Dios: —También Yo voy a llevarme la copa de un cedro elevado y la plantaré; arrancaré un renuevo del extremo de sus ramas y lo plantaré en un monte alto y eminente. 23 Lo plantaré en el monte alto de Israel. Y echará ramas, dará fruto y llegará a ser un cedro magnífico. En él anidarán todas las aves, a la sombra de sus ramas pondrán sus nidos toda suerte de pájaros (Ez 17,22-23). Está hablando de la restauración de Israel en su tierra después del destierro, pero también de cómo cuida de cada una de sus criaturas, de cada uno de nosotros: nos elige, nos planta en el terreno adecuado y nos cuida para que nuestra personalidad sea hermosa, acogedora, y produzca fruto.
— En el Evangelio, Jesús nos cuenta dos parábolas también de campo y de plantas. La primera es muy sencilla, pero da mucha paz: El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, 27 y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. 28 Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. 29 Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega (Mc 4,26-29). La semilla crece sola, con tal de que no ha arranquemos, ni dejemos que se seque. Bastan unos cuidados mínimos, pero no hay que agobiarse: es Dios quien hace que crezca y dé fruto. Así sucede con la vida espiritual. El protagonismo es de Dios, de la gracia. Basta con ser dóciles para que la gracia vaya actuando, y haciendo crecer nuestro amor a Dios y a los demás.
— Uno de los peligros de la vida espiritual, y de la vida en general, es el voluntarismo, la autosuficiencia: el pensar que nosotros solos podemos orientarnos, acertar en nuestras decisiones, y lograr nuestros objetivos confiando en nuestra fortaleza. Quien afronta así las cosas pronto queda roto espiritual y tal vez psicológicamente. Lo importante es valorar la primacía de la acción de Dios y por tanto, de los medios sobrenaturales —la oración de petición confiada, la gracia de los sacramentos (penitencia y eucaristía, con frecuencia, pero también bautismo, confirmación, orden, matrimonio o unción de los enfermos, que todos son importantes cada uno para lo suyo), la formación en la fe (cuidar los medios para alimentarla), y el acompañamiento espiritual—. Luego, poner los medios, pero con humildad y sin agobiarse.
— La otra parábola es también sencilla y esperanzadora: 30 — ¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? 31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra (Mc 4,30-32). Una semilla de mostaza es ínfima –un granito de mucho menos de un milímetro de diámetro–, pero cuando crece es un matorral respetable. Todo lo grande comienza siendo pequeño, y la santidad también. Es bueno tener esperanza de hacer todo bien y con mucho amor de Dios, pero comencemos por el grano de mostaza: uno o unos pocos propósitos cada día, asequibles y que nos los propongamos porque nos da la gana, porque nos sale del corazón el luchar por sacándolos adelante, para ofrecerlos al Señor y hacer felices a los demás.
— Está llegando el verano, y ahora es un buen momento para concretar propósitos sobre el modo de cuidar nuestra vida cristiana en este tiempo. En una planta, en un árbol, es importante echar raíces. Las hojas se pueden secar y caer, pero no pasa nada si el árbol tiene buenas raíces y la humedad suficiente en el suelo: volverá a brotar, e incluso con más fuerza. ¿Cuáles son las raíces que dan estabilidad? Una fe sólida, una conciencia bien formada, un recurso habitual a los sacramentos —al menos la Misa dominical bien vivida— y una devoción cariñosa a la Virgen —al menos tres avemarías antes de dormir—.
— Y luego, abonar, regar y cuidar la planta para que crezca cada día y llegue a ser muy hermosa. Ayer celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, aquel lugar de donde brota su gran amor, y hoy la fiesta del Corazón de María. A Jesús y a su madre Santa María les pedimos que se queden para siempre en nuestro corazón para que echemos raíces y la savia de su Amor nos llene y vivifique.

sábado, 23 de mayo de 2015

El amigo que acompaña, orienta y anima



 — Celebramos Pentecostés, la solemnidad del Espíritu Santo. Jesús lo había prometido a sus discípulos, y diez días después de su Ascensión a los cielos se lo envió: Al cumplirse el día de Pentecostés, estaban todos juntos en un mismo lugar. 2 Y de repente sobrevino del cielo un ruido, como de un viento que irrumpe impetuosamente, y llenó toda la casa en la que se hallaban. 3 Entonces se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se dividían y se posaban sobre cada uno de ellos. 4 Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les hacía expresarse (Hch 2,1-4).
— Pentecostés, shebuot, era para los judíos una de las tres grandes fiestas. Al principio agradecimiento por la recolección cereal (primicias), pero a eso se unió la fiesta por la donación de la Torah, el “manual de instrucciones” del mundo y del hombre, que otorgaba la sabiduría a Israel. Era la fiesta de la Alianza de vivir siempre conforme a la voluntad de Dios manifestada en su Ley.
— Las imágenes que utiliza san Lucas para indicar la irrupción del Espíritu Santo —el viento y el fuego— aluden al Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había concedido su alianza (cf. Ex 19, 3 ss). La fiesta del Sinaí, que Israel celebraba cincuenta días después de la Pascua, era la fiesta del Pacto. Al hablar de lenguas de fuego (cf. Hch 2, 3), san Lucas quiere presentar el Cenáculo como un nuevo Sinaí, como la fiesta de la Alianza que Dios hace con su Iglesia, a la que nunca abandonará.
— Con la fuerza del Espíritu Santo se hacen entender por todos, sea cual sea su origen y mentalidad: 5 Habitaban en Jerusalén judíos, hombres piadosos venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. 6 Al producirse aquel ruido se reunió la multitud y quedó perpleja, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. 7 Estaban asombrados y se admiraban diciendo: -¿Es que no son galileos todos éstos que están hablando? 8 ¿Cómo es, pues, que nosotros les oímos cada uno en nuestra propia lengua materna? 9 "Partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, 10 de Frigia y Panfilia, de Egipto y la parte de Libia próxima a Cirene, forasteros romanos, 11 así como judíos y prosélitos, cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras propias lenguas las grandezas de Dios (Hch 2,5-11).
— Lo que sucede ese día, con la acción del Espíritu Santo, es la antítesis de lo que había contado la Biblia en los orígenes de la humanidad: Por aquel entonces toda la tierra hablaba una sola lengua y con las mismas palabras. 2 Al desplazarse desde oriente encontraron una vega en el país de Sinar y se establecieron allí. 3 Entonces se dijeron unos a otros: -¡Vamos a fabricar ladrillos y a cocerlos al fuego! De esta forma, los ladrillos les servían de piedras y el asfalto de argamasa. 4 Luego dijeron: -¡Vamos a edificarnos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo! Así nos haremos famosos, para no dispersarnos por toda la faz de la tierra. 5 Bajó el Señor a ver la ciudad y la torre que los hijos de los hombres estaban edificando; 6 y dijo el Señor: -Forman un solo pueblo, con una misma lengua para todos, y esto es sólo el comienzo de su obra; ahora no les será imposible nada de lo que intenten hacer. 7 ¡Bajemos y confundamos ahí mismo su lengua, para que ya no se entiendan unos a otros! 8 De esta manera, desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra, y dejaron de construir la ciudad. 9 Por eso se la denominó Babel, porque allí el Señor confundió la lengua de toda la tierra, y desde allí el Señor los dispersó por toda la faz de la tierra (Gn 11,1-9).
— Este texto un retrato que se ajusta bastante bien a la sociedad actual. Al fin y al cabo, es la vieja tentación de construir un mundo que prescinda de Dios, y que pueda salvarse por sí mismo de todos los males. Con el progreso de la ciencia y de la técnica hemos alcanzado el poder de dominar las fuerzas de la naturaleza, de manipular los genes, de fabricar seres vivos,… Tal vez pensamos que nosotros mismos podemos construir y realizar todo lo que queremos, y no caemos en la cuenta de que estamos reviviendo la experiencia de Babel.
— Cuando los hombres del relato bíblico comenzaron a trabajar como si Dios no existiera, fueron comprobando que ellos mismos se deshumanizaron, porque habían perdido un elemento fundamental de las personas humanas, que es la capacidad de ponerse de acuerdo, de entenderse y de actuar juntos. Este texto contiene una verdad perenne. En una sociedad tan tecnificada, y con tantos medios de comunicación y de información, como la contemporánea, cada vez hablamos menos y nos entendemos menos, se pierde la capacidad real de comunicarse en un diálogo abierto y sincero. Necesitamos de algo que nos ayude a recuperar esa capacidad de apertura a los demás.
— Lo que el orgullo humano rompió, lo recompone la acción del Espíritu Santo. También hoy, la docilidad al Espíritu Santo es lo que nos proporciona esa ayuda que necesitamos para construir un mundo más humano, en el que nadie se sienta sólo, privado de la atención y el afecto de los demás. Jesús lo prometió a los apóstoles y a cada uno de nosotros: yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que esté con vosotros siempre (Jn 14,16). Utiliza una palabra griega para-kletós que significa «el que habla al lado»: es el amigo que nos acompaña, nos anima y nos orienta en el camino.
— Ahora que estamos hablando con Dios en este rato de oración nos preguntamos en su presencia: ¿me empeño en construir mi vida profesional y familiar, mis relaciones de amistad, la sociedad en la que vivo, como un mundo levantado con mi esfuerzo sin que Dios me importe? O ¿quiero escuchar y ser dócil a la voz amorosa del Espíritu Santo, ese compañero inseparable que Jesús ha puesto a mi lado para que me guíe y me anime?
— Podemos invocarlo con una antigua y hermosa oración de la Iglesia: Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, y enciende en ellos el fuego de tu Amor. Y le pedimos a la Santísima Virgen, Esposa de Dios Espíritu Santo, que, como ella, le dejemos hacer cosas grandes en nuestra alma, para que sepamos amar a Dios y a los demás, y construir con su ayuda un mundo mejor.