viernes, 29 de septiembre de 2017

Hijos de Dios, que trabajan en su viña



— El evangelio de la Misa del próximo domingo nos presenta una parábola de Jesús de la que podemos aprender mucho: 28 "¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; dirigiéndose al primero, le mandó: "Hijo, vete hoy a trabajar en la viña". 29 Pero él le contestó: "No quiero". Sin embargo se arrepintió después y fue. 30 Se dirigió entonces al segundo y le dijo lo mismo. Éste le respondió: "Voy, señor"; pero no fue. 31 ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre? -El primero -dijeron ellos. Jesús prosiguió: -En verdad os digo que los publicanos y las meretrices van a estar por delante de vosotros en el Reino de Dios (Mt 21,28-31).
— Para hablar de sus relaciones con los hombres, Dios usa la imagen de un padre con sus hijos. ¡Qué paz y serenidad da saber que no estamos solos sino que tenemos un Padre en los cielos que nos quiere, nos cuida y nos protege! No es un juez vengativo, ni alguien que está a la espera de ver en qué fallamos, sino alguien que nos quiere, nos cuida, nos consuela, nos ama, y está dispuesto a ayudarnos a encontrar el camino de la felicidad. Aunque, como los padres, sepa que a veces nos viene bien un cachete suave que nos haga reaccionar.
— San Josemaría nos recuerda algo que es fundamental en la vida cristiana: Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo. –Vivimos como si el Señor estuviera allá lejos, donde brillan las estrellas, y no consideramos que también está siempre a nuestro lado. / Y está como un Padre amoroso –a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos–, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando. / ¡Cuántas veces hemos hecho desarrugar el ceño de nuestros padres diciéndoles, después de una travesura: ¡ya no lo haré más! –Quizá aquel mismo día volvimos a caer de nuevo... Y nuestro padre, con fingida dureza en la voz, la cara seria, nos reprende..., a la par que se enternece su corazón, conocedor de nuestra flaqueza, pensando: pobre chico, ¡qué esfuerzos hace para portarse bien! / Preciso es que nos empapemos, que nos saturemos de que Padre y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en los cielos (Camino, 267)
— El cristianismo no es una religión de esclavos, sino de hijos. Hijos de Dios y por tanto hermanos de todos los hombres. A todos queremos, nadie nos puede resultar indiferente. Un mandamiento nuevo os doy, que os améis unos a otros como yo os he amado dice Jesús. Amar a los demás es hacernos cargo de su situación y poner todo lo que está a nuestro alcance para ayudar, en lo material y en lo espiritual.
— Hay tanta gente en dificultades en todos lugares del mundo. ¿Quiero vivir de espaldas a tanta gente que me necesita, y que agradece cualquier pequeño detalle que tenga por servir? Jesús enséñame a ser un buen hijo tuyo, a amar como tú, hasta dar la vida si fuera necesario. Pero sobre todo dando cada día lo que podemos: nuestro tiempo de estudio para formarnos bien, nuestra oración, nuestro empeño por ser mejores, …
— El Evangelio nos presenta, recordemos, a dos tipos de personas y dos modos de reaccionar ante una invitación a algo bueno, pero que rompe los planes que uno tenía: –¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". Él le contestó: "No quiero". Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: –El primero (Mt 21,29-30).
— Hay personas como el hermano mayor que al principio parecen entusiastas y dispuestas a todo, les gusta quedar bien y aparentar que hacen algo, pero que a la hora de la verdad no sirven. Se escapan, no aparecen donde se las necesitan, desconectan de las necesidades de los demás para dedicarse sólo a lo suyo.
— También hay otros que tienen su genio, su mal genio, y lo sacan pronto cuando algo no les gusta. Pero son generosas y tienen buen corazón. Saben recapacitar, y cambiar sus decisiones iniciales que eran egoístas, para servir con sencillez y sin protagonismo. No les importa quedar bien sino servir.
— ¿Cómo soy yo? ¿Cómo me gustaría ser? Jesús nos urge a no ser hombres que sólo hablan, sino que se piensan las cosas y toman las decisiones adecuadas.
— Además, podemos estar tranquilos. Somos hijos de Dios, y aunque las cosas no las hagamos bien a la primera, siempre nos comprende y nos perdona. Pero no lo dejemos solo, que nos necesita para hacer el bien a mucha gente en el mundo.
— También somos, de otro modo, hijos de Santa María. A ella le pedimos que, como buena madre, nos eduque y nos enseñe a dominar nuestro carácter y a servir de verdad.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Grandes ideales



— En la 1ª lectura del próximo domingo, Isaías nos dice que Dios abre grandes ideales. Primero les ha llamado la atención sobre lo desorientados que andan: Por qué gastáis dinero en lo que no es pan, y vuestros salarios en lo que no sacia? Escuchadme con atención y comeréis cosa buena, y os deleitaréis con manjares substanciosos (Is 55,2). Buscan los placeres inmediatos, y se olvidan de lo que realmente hace disfrutar. Pero Dios ve las cosas de otro modo, con profundidad y altura: mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, mis caminos -oráculo del Señor-. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos sobre vuestros caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos (Is 55,8-9).
— A veces en la vida vamos tan pegados a la tierra que tenemos una visión plana, pero la vida real es en 3D. San Josemaría lo explicaba así a los muchachos con los que hablaba: La gente tiene una visión plana, pegada a la tierra, de dos dimensiones. –Cuando vivas vida sobrenatural obtendrás de Dios la tercera dimensión: la altura, y, con ella, el relieve, el peso y el volumen (Camino 279).
— Jesús, ¿me conformo con llevar una vida plana, pegada a la tierra, sin darme cuenta de lo que me pierdo, o tengo hambre de ideales? La juventud es “revolucionaria”, no se conforma contemplando a personas que sufren o que no han descubierto aquello que los haría felices: la fe y el trato con Dios, los ideales del Evangelio.
— El trabajo que hay que hacer en el mundo es muy grande, y el Señor necesita mucha gente que trabaje allí. Lo cuenta en una parábola: El Reino de los Cielos es como un hombre, dueño de una propiedad, que salió al amanecer a contratar obreros para su viña. Después de haber convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña. Salió también hacia la hora tercia y vio a otros que estaban en la plaza parados, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña y os daré lo que sea justo". Ellos marcharon. De nuevo salió hacia la hora sexta y de nona e hizo lo mismo. Hacia la hora undécima volvió a salir y todavía encontró a otros parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí todo el día ociosos?" Le contestaron: "Porque nadie nos ha contratado". Les dijo: "Id también vosotros a mi viña (Mt 20,1-7). Toda la mano de obra es poca.
— Hay bastante gente que trabaja por hacer un mundo mejor, siguiendo a Jesús, pero son pocos. El Señor nos necesita y nos llama: Vé tú también a mi viña. Nunca es tarde. Aunque llevemos años en que nuestra vida cristiana apenas se vaya manteniendo, siempre es buen momento para pisar el acelerador de la correspondencia a la gracia y sumarse a la aventura.
— No retrasarlo. Es verdad que en la vida, aunque hayan pasado los años, siempre estamos a tiempo. Pero es mucho más bonito no esperar a viejo, porque estaremos desaprovechando muchas oportunidades de servir, de ayudar, y de ser más felices.
— Vamos a decirle al Señor que sí, que aquí estamos con él. ¿Por dónde empezamos?
ü  Primero por abrirle nuestro corazón, sacando lo que nos pese –y nos lo perdonará todo en la confesión– y adquirir la fortaleza que necesitamos, con el alimento de la Eucaristía frecuente.
ü  Profundizar en la amistad con él, hablando: oración. Formarnos bien para profundizar en la en el conocimiento de Jesús y de lo que Él nos enseña para nuestra vida.
ü  Viendo el mundo y las necesidades de los demás, y reaccionando: servicio, comenzando por lo primero que es el estudio responsable y profundo. Pero también la solidaridad: visitas ancianos o enfermos, etc.
— La Virgen, desde el Cielo, nos puede abrir los ojos para que veamos con la lógica de Dios. Madre mía, enséñame a mirar la realidad con profundidad, con todas sus dimensiones, con visión sobrenatural, y a actuar en consecuencia.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Ante un curso que comienza




– La primera lectura del domingo pasado nos invitaba pensar en nuestra actitud ante un nuevo curso: A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela sobre la casa de Israel (Ez 33,7).
– Como el que vigila en la torre de un castillo para ver si viene el enemigo y plantear la defensa. Ahora no hay castillos, pero en el mundo de los negocios, de la creatividad, de la moda, son importantes los hombres que saben mirar el futuro, hacerse cargo de las tendencias, y concretar sus estrategias.
– Ahora, con tu ayuda Jesús, miramos hacia adelante. No con una mirada corta (cómo organizarme para sobrevivir a los exámenes y divertirme) sino con visión amplia de futuro. Los años de universidad son decisivos para realizar los ideales que llevamos en el corazón, o para dejar pasar lo más importante del tren de la vida.
– Una mirada al mundo: mucha gente que sufre por guerras, por injusticias, por falta de trabajo, porque están solos, porque no tienen con quien compartir sus ideales, porque nadie le echa una mano,… porque no conocen bien a Dios y no han experimentado su afecto (tal vez a nosotros nos pase algo de esto)
– ¿Queremos hacer algo? Que tu vida no sea una vida estéril (escribió San Josemaría) –Sé útil. –Deja poso. –Ilumina, con la luminaria de tu fe y de tu amor. Borra, con tu vida de apóstol, la señal viscosa y sucia que dejaron los sembradores impuros del odio. –Y enciende todos los caminos de la tierra con el fuego de Cristo que llevas en el corazón (Camino, 1)
– ¿Por dónde comienzo? Por querer ayudar y por dejarme ayudar, porque solos no podemos.
– Todos vemos los problemas y nos hacen sufrir, pero nos cuesta parar, pensar, decidir y llevar a cabo. Un buen futbolista no es sólo alguien que tiene fuerza física y corre, sino quien sabe leer el partido, ver huecos, estar atento a sus compañeros y poner el balón en el lugar oportuno, y todo eso rápido. Lo mismo pasa a la hora de jugar el partido de la vida, de la formación profesional, de las relaciones personales, del trabajo real.
– En lo humano es importante la actitud al emprender una tarea. Se requiere fijar bien los objetivos, planificación y compromiso. ¡Ayúdame, Jesús, a concretar!
El objetivo principal del año y de la vida es ser feliz, para eso nos ha hecho Dios. Es lo que los teólogos llaman alcanzar la bienaventuranza. La felicidad plena sólo la tendremos en el cielo, pero antes podemos gustar de ella en el Amor. La vida cristiana no es otra cosa que un camino de Amor que lleva a la felicidad. Por eso, para ser feliz de verdad (no sólo unos ratos de gozo pasajero, que luego dejan un regusto amargo): cultivar la fe y aprender a vivirla. 
Planificación: Un horario semanal con horas de clase y estudio intenso. Con una hora de levantarse y otra de acostarse para dormir lo suficiente. Un tiempo para Dios. Un tiempo para los amigos, el deporte, la cultura. Un tiempo alimentar nuestra vida cristiana: clases de formación, catequesis, un rato para charlar de nuestras cosas con alguien que nos aconseje y para poder limpiar el alma en el sacramento de la reconciliación,…
Compromiso. Uno de los mayores problemas que tenemos los jóvenes de hoy es que dependemos demasiado del sentimiento, del “me apetece”, y así apenas logramos nada. Estabilidad, aunque no tenga ganas. Pronto me alegraré de haberlo hecho. Para eso comenzar ya: pidiéndole ayuda al Señor, haciendo cuando antes una buena confesión, concretando nuestro horario hoy mismo, y viviéndolo desde ahora.
– Le pedimos a Jesús que nos ayude y que ayude a los demás. En el Evangelio del próximo domingo nos invita sobre todo a ser muy comprensivos con los demás, también con sus defectos, abiertos a perdonar: Pues donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Entonces, se acercó Pedro a preguntarle: -Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano cuando peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: -No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por eso el Reino de los Cielos viene a ser como un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía pagar, el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo que tenía, y que así pagase. Entonces el siervo, se echó a sus pies y le suplicaba: "Ten paciencia conmigo y te pagaré todo". El señor, compadecido de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo, encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo ahogaba y le decía: "Págame lo que me debes". Su compañero, se echó a sus pies y se puso a rogarle: "Ten paciencia conmigo y te pagaré". Pero él no quiso, sino que fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Al ver sus compañeros lo ocurrido, se disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su señor lo mandó llamar y le dijo: “Siervo malvado, yo te he perdonado toda la deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo la he tenido de ti?” (Mt 18,21-33).
– Los Apóstoles perseveraban en la oración con María la Madre de Jesús. También ahora le hablamos y le pedimos: Ayúdame a no permanecer pasivo ante el panorama tan hermoso que tengo por delante en este curso, que sea feliz ayudando a muchos a encontrar la felicidad, y para eso que me decida a seguir de cerca a tu Hijo Jesús.