sábado, 24 de febrero de 2018

La oscura claridad de la fe



– El próximo domingo escucharemos en la primera lectura de la Misa uno de los textos más desconcertantes del Antiguo Testamento: Dios puso a prueba a Abrahán. Y le llamó: -¡Abrahán! Éste respondió: -Aquí estoy. Entonces le dijo: -Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que tú amas, a Isaac, y vete a la región de Moria. Allí lo ofrecerás en sacrificio, sobre un monte que yo te indicaré (Gn 22,1-2). Hoy nos parece una petición absurda y a la que no habría que obedecer, pero en aquella época eran frecuentes los sacrificios humanos a los dioses cananeos, y el Señor todavía no se había manifestado plenamente a Abrahán.
– A Abrahán se le hundiría todo, y le dolería en el alma, … pero se dispone a cumplir la voluntad de Dios aunque no entienda: llegaron al lugar que Dios le había dicho; construyó allí Abrahán el altar y colocó la leña; luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar encima de la leña. Abrahán alargó la mano y empuñó el cuchillo para inmolar a su hijo. Pero entonces el ángel del Señor le llamó desde el cielo: -¡Abrahán, Abrahán! Él contestó: -Aquí estoy. Y Dios le dijo: -No extiendas tu mano hacia el muchacho ni le hagas nada, pues ahora he comprobado que temes a Dios y no me has negado a tu hijo, a tu único hijo. Abrahán levantó la vista y vio detrás un carnero enredado en la maleza por los cuernos. Fue Abrahán, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en vez de su hijo (Gn 22,1-13). Ahora se entiende mejor. Dios no quería la muerte de Isaac, sino probar la fidelidad de Abrahán, y por eso no lo deja hacerle daño alguno. Abrahán fue fiel: se fío de Dios, aunque en ese momento no comprendiera, y poco a poco fue conociendo mejor su lógica. Por eso es nuestro padre en la fe.
– La fe es una virtud que requiere esfuerzo vivir, porque no siempre se comprende todo ni el porqué de las cosas. Pero no es una confianza irracional, sino fiarse de un Dios que tenemos experimentado que es bueno y busca lo mejor para sus hijos. Si nos fiamos de Dios y somos generosos, siempre veremos que Él no se deja ganar en generosidad y nos da mucho más de lo que imaginábamos.
– Dios tenía un plan para Abrahán y se lo fue desvelando poco a poco. Así hace el Señor con la vocación de cada uno. Abrahán fue secundando lo que Dios le pedía, aunque tardaran en llegar los resultados: ni la tierra ni la descendencia numerosa que le había prometido llegaban, y cuando parecía que la descendencia podía ser cierto, ya que tuvo en su ancianidad un hijo, ahora le pide que lo sacrifique… pero no se rebela por no entender, sino que confía en Aquel que lo llamó.
– Así hace con nosotros. Espera que nos fiemos, que vivamos de fe. A veces quisiéramos entender mejor su lógica, pero nos supera,… no importa. Es bueno, misericordioso y buen pagador. Nunca nos arrepentiremos de haberlo seguido.
– La escena del Evangelio del domingo, aunque parece muy distinta a lo que venimos considerando, tiene mucha relación. Seis días después, Jesús se llevó con él a Pedro, a Santiago y a Juan, y los condujo, a ellos solos aparte, a un monte alto y se transfiguró ante ellos. Sus vestidos se volvieron deslumbrantes y muy blancos; tanto, que ningún batanero en la tierra puede dejarlos así de blancos. Y se les aparecieron Elías y Moisés, y conversaban con Jesús. Pedro, tomando la palabra, le dice a Jesús: -Maestro, qué bien estamos aquí; hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Pues no sabía lo que decía, porque estaban llenos de temor. Entonces se formó una nube que los cubrió y se oyó una voz desde la nube: -Éste es mi Hijo, el amado: escuchadle. Y luego, mirando a su alrededor, ya no vieron a nadie: sólo a Jesús con ellos. Mientras bajaban del monte les ordenó que no contasen a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos retuvieron estas palabras, discutiendo entre sí qué era lo de resucitar de entre los muertos (Mc 9,2-10). Antes de la Pasión, cuando ya van de camino a Jerusalén, Jesús quiere hacer al menos a tres discípulos partícipes de su gloria, aunque sea por un momento, para que cuando lleguen los momentos duros de la pasión no pierdan la esperanza.
– Pero hay un detalle significativo. Cuando habla Dios Padre llama a Jesús mi Hijo, el amado lo mismo que Isaac era para Abrahán tu hijo, al que amas. Lo que Dios no permitió que Abrahán sufriera, la muerte de su hijo, el mismo Dios Padre lo sufrió al permitir que su Hijo muriera en la Cruz para redimirnos de nuestros pecados. ¡Hasta ese límite llegó su amor por ti y por mi! Que lo agradezcamos, y no dejemos caer en saco roto tanta bondad con cada uno de nosotros.
– Vivir de fe es vivir confiados en Dios. Por eso nos dice San Pablo en la segunda lectura: Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará con él todas las cosas? ¿Quién presentará acusación contra los elegidos de Dios? ¿Dios, el que justifica? ¿Quién condenará? ¿Cristo Jesús, el que murió, más aún, el que fue resucitado, el que además está a la derecha de Dios, el que está intercediendo por nosotros? (Rm 8,31b-34).
– La vida de la Virgen fue un continuo fiarse de la voluntad de Dios y secundar sus planes. Por eso es madre y maestra de fe. A ella le pedimos que nos ayude a entrar en la lógica de Dios, a vivir de fe.

martes, 13 de febrero de 2018

Comienza la cuaresma

Ya está aquí el miércoles de ceniza. Comenzamos la Cuaresma, un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe y redescubramos la alegría de vivir siguiendo los pasos de Jesús. Tenemos por delante un camino marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría de la Pascua.
Ese día, en la primera lectura, un texto del profeta Joel que nos llama a la conversión: «Ahora –oráculo del Señor– convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas» (Jl 2,12-13)
Son palabras pronunciadas por el profeta cuando Judá se encontraba sumida en una crisis profunda. Su territorio estaba desolado. Había pasado una plaga de saltamontes, que había arrasado todo: se habían comido todo lo que crecía en el campo, hasta los brotes de las viñas. Habían perdido por completo todas las cosechas y los frutos del año. Ante esas desgracias Joel invita al pueblo a reflexionar sobre su modo de vivir en los años anteriores. Cuando todo les iba bien, se habían olvidado de Dios, no rezaban, y se habían olvidado del prójimo. Contaban con que la tierra daba sus frutos por sí misma y les parecía que no le debían nada a nadie. Estaban cómodos haciendo lo que hacían y no se planteaban que fuera necesario vivir la vida de otra forma.
La crisis que estaban padeciendo, les sugiere Joel, debía hacerlos caer en la cuenta de por sí mismos, de espaldas a Dios, nada podían hacer. Si tenían paz y comida, no era por sus propios méritos. Todo eso es un don de Dios, que es necesario agradecer. De ahí la llamada urgente a que cambien: convertíos de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto, rasgad los corazones: ¡cambiad!
Al escuchar esas palabras tan fuertes del profeta, tal vez podemos pensar: Vale, vale, que cambien los habitantes de Judea, pero yo no tengo que cambiar: ¡estoy muy a gusto como estoy! Hace mucho tiempo que no he visto ni un saltamontes, tengo cosas ricas que comer y beber todos los días, tengo varias pelis pendientes de ver, esta semana tengo varios partidos que voy a ganar,… y no tengo prisa porque todavía los finales están muy lejos y ya estudiaré en serio cuando lleguen.
No sé a vosotros, pero a mí siempre me da mucha pereza ponerme en serio a cambiar algo en cuaresma. La verdad, de suyo no es un tiempo especialmente simpático como, por ejemplo, la Navidad.
Al escuchar el Salmo responsorial tal vez hemos pensado algo parecido: «Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados». E incluso al repetir «Misericordia, Señor, hemos pecado», tal vez se nos ocurría por dentro decir: Pero si yo no tengo pecados, … en todo caso «pecadillos». No le hago mal a nadie, no he robado ningún banco, no he matado a nadie, en todo caso, sólo «cosillas» de poca importancia. Y, además, no tengo nada contra Dios, no he querido ofenderlo. ¿Por qué voy a decir que he pecado ni a mendigar su misericordia?
Si vemos así las cosas, las palabras de San Pablo en la segunda lectura, nos pueden sonar a repetitivas, pero subiendo el tono, presionando: «Hermanos: Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios».
¿Tan importante soy y tanta importancia tiene lo que yo haga, que hoy todos vienen contra mí: el profeta Joel, David con su Salmo, y San Pablo presionando?
Pues la verdad es que sí, para el Señor soy importante. Ninguno de nosotros le resulta indiferente a Dios, no somos un número más de los millones de personas que hay en el mundo. Soy yo, eres tú. Alguien en quien está pensando, a quien echa un poco de menos, con quiere hablar.
¿No te ha dado alegría alguna vez, al salir cansado de clase, recibir un mensaje en el móvil de alguien que te cae bien y que te pregunta: ¿Tienes algún plan esta tarde? ¡Bien! ¡por fin! ¡alguien que piensa en mí! En general, una de las cosas que dan más gusto es comprobar que hay gente que nos quiere, que piensa en nosotros, y nos llama para que nos veamos y pasemos juntos un rato agradable.
Esta semana me encontré leyendo la Biblia unas palabras de amor humano, que son divinas. Son el estribillo de una canción del Cantar de los Cantares que le canta el amado a su amada. Dicen así: «¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta que te quiero ver» (Cant 7,1).
En realidad parece que más que cantar invitan a bailar: «¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver». En hebreo suena bien: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… hasta tiene su ritmo. El verbo šub significa «volver, darse la vuelta», pero es el verbo que en la Biblia Hebrea también significa «convertirse».
Esas palabras del Cantar nos ayudan a comprender lo que está pasando hoy. Dios, el amado, nos invita a cada uno a bailar diciéndonos: «conviértete, date la vuelta, que te quiero ver».
La invitación a la conversión no es la riña de alguien exigente que está enfadado con lo que hacemos, sino una llamada amorosa a que demos media vuelta para encontrarnos cara a cara con el Amor. Nadie nos empuja para reñirnos. Alguien que nos quiere se ha acordado de nosotros y nos envía un mensaje para que nos veamos y hablemos a fondo, abriendo el corazón.
Bien. Pero, en cualquier caso, «no tengo pecados» ¿de qué me voy a convertir?
Hay muchos modos de explicar lo que es el pecado, pero me parece que también la Sagrada Escritura nos ayuda a aclararnos con lo que es.
En hebreo «pecado» se dice jattat. ¿Sabéis cuál es en la Biblia el antónimo, la palabra que expresa el concepto apuesto a jattat? En español tal vez diríamos que lo contrario de pecado es «buena acción», o algún teólogo diría que «gracia». En hebreo, el antónimo de jattat es šalom, paz. Esto quiere decir que para la Biblia ni «pecado» ni «paz» son exactamente lo mismo que para nosotros.
En el libro de Job se dice que aquel hombre al que Dios invita a reflexionar y cambia, experimentará šalom (la paz) en su tienda y cuando revisen su morada, no habrá jattat (no faltará nada) (cfr. Jb 5,24). Eran nómadas y para ellos la tienda era su casa. Una casa está en «pecado» cuando falta algo necesario o cuando lo que hay está desordenado. Está en «paz» cuando da gusto verla y estar allí: todo bien instalado, limpio y en su sitio.
Cuando nos miramos por dentro, tal vez nuestra alma y nuestro corazón están como nuestra habitación o como el piso en que vivimos: con la cama si hacer, la mesa sin quitar los restos de la cena, con unos periódicos tirados por encima del sofá, o el fregadero lleno de platos esperando que alguien los lave. ¡Qué a gusto se queda el alma y el corazón cuando limpiamos los cacharros, y ponemos orden! Por eso en la confesión, cuando hacemos zafarrancho de limpieza en el jattat que llevamos por dentro, nos dan la absolución y nos dicen «vete en paz (šalom)», estás en orden.
Hoy, que comenzamos la cuaresma, el Señor nos llama con amor: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… «vuélvete, date la vuelta que te quiero ver». Él nos quiere y nos conoce bien. Sabe que a veces somos un poco descuidados, y quiere ayudarnos a hacer limpieza para que recuperemos la serenidad, la paz y la alegría.
Por eso es por lo que San Pablo nos insiste con tanta con fuerza: «en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios», y ¿para qué retrasarlo? ¿por qué dejarlo para otro día? San Pablo también nos conoce y nos mete prisa: «mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación». Hoy. Miércoles de ceniza. Seguro que podemos encontrar en cualquier iglesia un confesor, que en cinco minutos nos ayudará a ponernos en forma.
Y, una vez, con todo en orden, ¿cómo recorrer bien estos días de Cuaresma?
En el Evangelio de la Misa escuchamos que Jesús mismo nos da unas pistas interesantes para concretar unos propósitos que nos ayuden a redescubrir la alegría de amar a Dios y a los demás.
Lo primero que nos sugiere es que nos demos cuenta de que hay mucha gente necesitada a nuestro alrededor, cerca y lejos de nosotros, y no podemos quedar indiferentes ante quienes sufren.
En la primera lectura recordábamos que, ante la crisis de los saltamontes en Judea, Joel decía que es necesario rasgarse el corazón, compartir el sufrimiento con los que padecen.
Hoy día estamos viviendo en una profunda crisis. Millones de personas están en paro. Muchos sufren, sufrimos con ellos, la falta de trabajo y todas las necesidades que esto trae consigo. No podemos desentendernos de sus problemas, como si no pasara nada, ni cerrar nuestro corazón. Deben notar que estamos con ellos. También con los que cada día mueren en el Mediterráneo huyendo del terror de la guerra, o buscando una vida digna para ellos y sus familias...
También en otros lugares del mundo la vida diaria es todavía más difícil que aquí, y necesitan ayuda urgente. «Cuando hagas limosna –dice Jesús–, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará» (Mt 6,3-4). Generosidad: este es un primer buen propósito para la Cuaresma.
También hay otro tipo de «limosna», que no lo parece, porque es muy discreta, pero es muy necesaria. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos.
Ese modo eficaz de «limosna» es la corrección fraterna: ayudarnos unos a otros a descubrir lo que no va bien en nuestras vidas, o lo que puede ir mejor. Algo que tal vez no hacemos mucho hasta ahora, pero que es bien necesario y útil. ¿No seremos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien?
Aunque debamos superar la impresión de que nos estamos metiendo en la vida de los demás, no podemos olvidar que es un gran servicio ayudar a los demás. También a nosotros nos vendrá bien el dejarnos ayudar. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.
Junto a la limosna, la oración. «Tú –nos dice Jesús–, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará» (Mt 6,6). La oración no es la mera recitación mecánica de unas palabras que aprendimos de pequeños, es tiempo de diálogo amoroso con quien tanto nos quiere. Son conversaciones íntimas donde el Señor nos anima, nos conforta, nos perdona, nos ayuda a poner orden en nuestra vida, nos sugiere en qué podemos ayudar a los demás, nos llena de ánimos y alegría de vivir.
Y, en tercer lugar, junto a la limosna y la oración, el ayuno. No tristes, sino alegres, como Jesús nos sugiere también en el Evangelio de hoy: «Tú cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,17-18).
Actualmente mucha gente ayuna, se priva de cosas apetecibles, y no por motivos sobrenaturales, sino por guardar la línea o mejorar su forma física. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los cristianos es, en primer lugar, una «terapia» para curar todo lo que nos dificulta ajustar nuestra vida a la voluntad de Dios.
En una cultura en la que no nos falta de nada, pasar algún día un poco de hambre es muy bueno, y no sólo para la salud del cuerpo. También de la del alma. Nos ayuda a hacernos cargo de lo mal que lo pasan tantas personas que no tienen que comer.
Es verdad que ayunar es abstenerse de comer, pero la práctica de piedad recomendada en la Sagrada Escritura, comprende también otras formas de privaciones que ayudan a llevar una vida más sobria.
Por eso, también es bueno que ayunemos de otras cosas que no son necesarias pero que nos cuesta prescindir de ellas.
Por ejemplo, podríamos hacer un ayuno de Internet limitándonos a usar la red lo necesario para el trabajo, y prescindiendo de navegar sin rumbo. Nos vendría bien para tener la cabeza despejada, leer libros y pensar en cosas interesantes.
También podríamos hacer ayuno de salir de copas en el fin de semana, le vendría bien a nuestro bolsillo, y estaríamos más frescos para hablar tranquilamente con los amigos.
O podríamos ayunar de ver películas y series en días entre semana, le vendría muy bien a nuestro estudio.
¿Pasaría algo si ayunásemos todo un día de mp3 y formatos parecidos, y fuésemos por la calle sin auriculares, escuchando el viento y el canto de los pájaros?
Privarse del alimento material que nutre el cuerpo, del alcohol que alegra el corazón, del ruido que llena los oídos y las imágenes que se suceden rápidamente sobre la retina, facilita una disposición interior a mirar a los demás, a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Dentro de unos momentos, los sacerdotes y diáconos impondrán la ceniza sobre nuestras cabezas mientras dicen: «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás». No son palabras para asustarnos haciéndonos pensar en la muerte, sino para ponernos en la realidad y ayudarnos a encontrar la felicidad. Solos no somos nada: polvo y ceniza. Pero Dios ha diseñado para cada una y cada uno una historia de amor para hacernos felices. Como decía el poeta Francisco de Quevedo, refiriéndose a aquellos que han vivido cerca de Dios en su vida, que mantendrán su amor constante más allá de la muerte, «polvo serán, mas polvo enamorado».
Comenzamos el tiempo de cuaresma. Un tiempo alegre y festivo de dar la vuelta para dirigirnos al Señor y verlo cara a cara. šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… «¡Vuélvete, vuélvete –nos dice una vez más–, date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver». No son días tristes. Son días para dejar paso al Amor.
A la Santísima Virgen, Madre del Amor Hermoso, nos acogemos para que al contemplar la realidad de nuestra vida, aunque sean patentes nuestras limitaciones y defectos, veamos la realidad: «polvo seremos, mas polvo enamorado».

lunes, 12 de febrero de 2018

Debilidades y esperanza



– Acompañar a Jesús por los caminos de Galilea siempre enseña. Lo conocemos a él y, con lo que sucede, nos podemos conocer mejor a nosotros mismos: Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: —Si quieres, puedes limpiarme. Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: —Quiero, queda limpio. Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio (Mc 1,40-42)
– Jesús se compadece de los necesitados y los ayuda. En el Antiguo Testamento se describe al Señor como un pastor que cuida con solicitud sus ovejas: Apacienta su rebaño como un pastor, lo congrega con su brazo, lleva los corderillos en su regazo, y conduce con cuidado a las que están criando (Is 40,11). En esos cuidados se señala el salir al encuentro de quien se ha despistado, y curar al enfermo: Yo mismo pastorearé mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma (Ez 34,15-16).
– Aquel hombre, enfermo y sin nadie con quien compartir sus penas, al ver de lejos a Jesús, se llena de esperanza, porque sabe que podría curarlo, y le pide con sencillez: —Si quieres, puedes limpiarme.
– Cristo es el remedio de nuestros males: con frecuencia andamos un poco perdidos y algo enfermos, y por eso tenemos necesidad de Cristo. Debemos ir a Él como el enfermo va al médico, diciendo la verdad de lo que pasa, con deseos de curarse. Jesús es  médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. (…) Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino (Es Cristo que pasa, 93).
– Ahora, que estamos a solas ante él, le pedimos por todo lo que necesitamos, para olvidarnos de nuestras debilidades, de nuestra flojera, de todo lo que nos quita energías para ser otro Cristo en medio de la calle. Vayamos a él para que nos cure.
Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo: —Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio (Mc 1,43-44). El Señor le dice: anda, preséntate al sacerdote, al Sacramento de la Penitencia, donde el alma encuentra siempre la medicina oportuna. Ese es el modo instituido por Cristo en su Iglesia para que podamos oír el Quiero, queda limpio, sigue adelante, sé más humilde, no te preocupes.
– Contamos siempre con el aliento y la ayuda del Señor para volver y recomenzar. No se santifica el que nunca cae sino el que siempre se levanta. Lo malo no es tener defectos –porque defectos tenemos todos–, sino pactar con ellos, no luchar. Cristo nos cura como Médico y luego nos ayuda a luchar.
– Cuando ponemos los medios, con esfuerzo, luchando, y con la ayuda de la gracia del Señor, por tener el alma sana y limpia, seremos personas alegres, optimistas, que trasmiten el gozo de la fe, disfrutando de todo lo que hacen. Es lo que dice San Pablo en la segunda lectura de la Misa: En fin, tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No seáis escándalo para los judíos, ni para los griegos, ni para la Iglesia de Dios, como también yo agrado a todos en todo, sin buscar mi conveniencia sino la de todos los demás, para que se salven. Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 10,31-33; 11,1).
– Acudamos a la Virgen María para que ella nos ayude siempre a tener el alma limpia y a disfrutar de esa alegría de vivir que es propia del cristiano.

sábado, 3 de febrero de 2018

Plan de vida



– San Marcos inicia su evangelio contando un día completo de Jesús. Así nos ayuda a conocer la variedad de actividades y lo que tienen en común, para que nuestros días se parezcan a los suyos. La semana pasada en sinagoga hablaba con autoridad y expulsó un demonio. Hoy sigue la escena del mismo sábado: En cuanto salieron de la sinagoga, fueron a la casa de Simón y de Andrés, con Santiago y Juan. La suegra de Simón estaba acostada con fiebre, y enseguida le hablaron de ella. Se acercó, la tomó de la mano y la levantó; le desapareció la fiebre y ella se puso a servirles (Mc 1,29-31).
– De entrada Jesús convive con sus amigos y disfruta de la hospitalidad, la buena comida, el trato amable… y se da cuenta también de quién necesita algo y pone los medios para ayudarle. Más que el milagro de curarla llama la atención su ejemplo de actuación en la vida corriente. Para un cristiano todas esas circunstancias son relevantes para su vida espiritual. Jesús ayúdame a ser como tú, a tener amigos, a disfrutar con ellos, también de todas las cosas buenas de la vida. No en plan egoísta para pasarlo yo bien, sino como tú, atento también a servir. Y no tan metido en lo que disfruto que no me dé cuenta de las necesidades de los otros y me adelante a servir.
Al atardecer, cuando se había puesto el sol, comenzaron a llevarle a todos los enfermos y a los endemoniados. Y toda la ciudad se agolpaba en la puerta. Y curó a muchos que padecían diversas enfermedades y expulsó a muchos demonios, y no les permitía hablar porque sabían quién era (Mc 1,32-34). Fue larga la sobremesa y la conversación en el patio de la casa de Pedro, a la sombra, y luego salieron a tomar el aire a la puerta de la calle. Allí le van llevando personas con distintos problemas y los atiende a todos.
– Es un día de descanso, y descansa. Pero su descanso no es egoísta. No se enfada ni despide a los que no le dejan disfrutar de esa paz. Atiende. ¿Reacciono así cuando me interrumpen en mi descanso o en lo que me gusta? Gasto con alegría mi tiempo en dárselo a los demás. Es bueno el orden en el trabajo, pero para el tiempo libre la prioridad no soy yo, sino los demás.
  De madrugada, todavía muy oscuro, se levantó, salió y se fue a un lugar solitario, y allí hacía oración (Mc 1,35). Se levanta temprano y antes de comenzar su actividad ordinaria, dedica un tiempo a hacer su oración, ese diálogo con Dios Padre del que no puede ni quiere prescindir.
Salió a buscarle Simón y los que estaban con él, y cuando lo encontraron le dijeron: -Todos te buscan. Y les dijo: -Vámonos a otra parte, a las aldeas vecinas, para que predique también allí, porque para esto he venido. Y pasó por toda Galilea predicando en sus sinagogas y expulsando a los demonios (Mc 1,36-39). En vez de quedarse a gusto en Cafarnaún se pone en marcha: sale a buscar a quien lo necesita, aunque tal vez no lo sepan. También enseñó Jesús a los suyos a realizar esa tarea de apóstoles, el apostolado.
– En resumen: en un día de Jesús hay tiempo para ir a la sinagoga, para disfrutar con los amigos, para hacer su trabajo atendiendo a las personas, para tomar el fresco y descansar, para hacer oración, para buscar a quien lo necesita. Todo cabe, con un poco de orden.  Poner ese orden en nuestro día nos ayudará a vivir como Él. Eso es lo que se llama “Plan de vida”: un esquema flexible, pero útil, para aprovechar el tiempo y no prescindir de nada de lo que es importante en nuestra vida: el trato con Dios, el trabajo, el descanso, la familia, la amistad, el apostolado, el servicio.
– Si no lo tenemos ya concreto, ahora podemos pedirle a Jesús que nos ayude a concretarlo bien: normas de piedad, horario de estudio, deporte y descanso, formación. Y también pensar a quién podemos ayudar a que esté más cerca de Jesús.
 Procura atenerte a un plan de vida, con constancia: unos minutos de oración mental; la asistencia a la Santa Misa –diaria, si te es posible– y la Comunión frecuente; acudir regularmente al Santo Sacramento del Perdón –aunque tu conciencia no te acuse de falta mortal–; la visita a Jesús en el Sagrario; el rezo y la contemplación de los misterios del Santo Rosario, y tantas prácticas estupendas que tú conoces o puedes aprender (Amigos de Dios, 149). Esas normas de piedad no son una carga impuesta desde fuera, sino ocasiones de encuentro y trato con quien tanto nos quiere. Tu plan de vida ha de ser como ese guante de goma que se adapta con perfección a la mano que lo usa (Ibídem.).
– Sabiendo por qué lo hacemos, tiene sentido una lucha sin cuartel para ser totalmente fieles al plan de vida: tratamos de evitar la rutina –cada norma de piedad es un encuentro irrepetible con nuestro Señor Jesucristo–, tenemos una hora para hacer la oración, para ir a Misa o visitar a Jesús en el Sagrario, etc. y prevemos las dificultades de horario para adelantar las normas de piedad cuando no las vamos poder a hacer a la hora acostumbrada. Además, el plan de vida no es un mosaico de piedras aisladas, sino algo bien engarzado que generará en nosotros el hábito, el sentido sobrenatural de referir todos los acontecimientos de nuestra vida a Dios, hasta llegar a lo que decía San Pablo: vivo, pero ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí (Gal 2, 20).
– Le pedimos a la Virgen María que nos enseñe a vivir así, como su hijo Jesús, cada uno de nuestros días.