lunes, 12 de febrero de 2018

Debilidades y esperanza



– Acompañar a Jesús por los caminos de Galilea siempre enseña. Lo conocemos a él y, con lo que sucede, nos podemos conocer mejor a nosotros mismos: Y vino hacia él un leproso que, rogándole de rodillas, le decía: —Si quieres, puedes limpiarme. Y, compadecido, extendió la mano, le tocó y le dijo: —Quiero, queda limpio. Y al instante desapareció de él la lepra y quedó limpio (Mc 1,40-42)
– Jesús se compadece de los necesitados y los ayuda. En el Antiguo Testamento se describe al Señor como un pastor que cuida con solicitud sus ovejas: Apacienta su rebaño como un pastor, lo congrega con su brazo, lleva los corderillos en su regazo, y conduce con cuidado a las que están criando (Is 40,11). En esos cuidados se señala el salir al encuentro de quien se ha despistado, y curar al enfermo: Yo mismo pastorearé mis ovejas y las haré descansar, dice el Señor Dios. Buscaré a la perdida, haré volver a la descarriada, a la que esté herida la vendaré, y curaré a la enferma (Ez 34,15-16).
– Aquel hombre, enfermo y sin nadie con quien compartir sus penas, al ver de lejos a Jesús, se llena de esperanza, porque sabe que podría curarlo, y le pide con sencillez: —Si quieres, puedes limpiarme.
– Cristo es el remedio de nuestros males: con frecuencia andamos un poco perdidos y algo enfermos, y por eso tenemos necesidad de Cristo. Debemos ir a Él como el enfermo va al médico, diciendo la verdad de lo que pasa, con deseos de curarse. Jesús es  médico y cura nuestro egoísmo, si dejamos que su gracia penetre hasta el fondo del alma. (…) Con el Médico es imprescindible una sinceridad absoluta, explicar enteramente la verdad y decir: Domine, si vis, potes me mundare (Mt 8, 2), Señor, si quieres –y Tú quieres siempre–, puedes curarme. Tú conoces mi flaqueza; siento estos síntomas, padezco estas otras debilidades. Y le mostramos sencillamente las llagas; y el pus, si hay pus. Señor, Tú que has curado a tantas almas, haz que, al tenerte en mi pecho o al contemplarte en el Sagrario, te reconozca como Médico divino (Es Cristo que pasa, 93).
– Ahora, que estamos a solas ante él, le pedimos por todo lo que necesitamos, para olvidarnos de nuestras debilidades, de nuestra flojera, de todo lo que nos quita energías para ser otro Cristo en medio de la calle. Vayamos a él para que nos cure.
Enseguida le conminó y le despidió. Le dijo: —Mira, no digas nada a nadie; pero anda, preséntate al sacerdote y lleva la ofrenda que ordenó Moisés por tu curación, para que les sirva de testimonio (Mc 1,43-44). El Señor le dice: anda, preséntate al sacerdote, al Sacramento de la Penitencia, donde el alma encuentra siempre la medicina oportuna. Ese es el modo instituido por Cristo en su Iglesia para que podamos oír el Quiero, queda limpio, sigue adelante, sé más humilde, no te preocupes.
– Contamos siempre con el aliento y la ayuda del Señor para volver y recomenzar. No se santifica el que nunca cae sino el que siempre se levanta. Lo malo no es tener defectos –porque defectos tenemos todos–, sino pactar con ellos, no luchar. Cristo nos cura como Médico y luego nos ayuda a luchar.
– Cuando ponemos los medios, con esfuerzo, luchando, y con la ayuda de la gracia del Señor, por tener el alma sana y limpia, seremos personas alegres, optimistas, que trasmiten el gozo de la fe, disfrutando de todo lo que hacen. Es lo que dice San Pablo en la segunda lectura de la Misa: En fin, tanto si coméis, como si bebéis, o hacéis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios. No seáis escándalo para los judíos, ni para los griegos, ni para la Iglesia de Dios, como también yo agrado a todos en todo, sin buscar mi conveniencia sino la de todos los demás, para que se salven. Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo (1 Co 10,31-33; 11,1).
– Acudamos a la Virgen María para que ella nos ayude siempre a tener el alma limpia y a disfrutar de esa alegría de vivir que es propia del cristiano.

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