miércoles, 31 de octubre de 2018

Halloween! Brujas? Algo mucho mejor



— Mañana celebramos la solemnidad de todos los santos y después el día de los difuntos. Días importantes de recuerdo para los que nos han precedido en la fe y duermen ya el sueño de la paz. Y de hacer presentes verdades importantes de nuestra fe. En todos los santos nos alegramos y tratamos a los que murieron en gracia de Dios y ya están en el cielo. El los difuntos rezamos por los que todavía están en el purgatorio, para que, purificados cuanto antes, gocen de la gloria celestial.
— Nos invita a pensar en el misterio de la muerte -que Jesús mismo quiso asumir para que nosotros pudiéramos vencerla- y en el destino final de nuestras vidas: lograr la felicidad definitiva para la que nos has hecho, el posible fracaso del infierno, o la “repesca” del purgatorio una vez debidamente purificados.
— Y, en el fondo de esta celebración, está la fe en la comunión de los santos que confesamos al final del Credo. “Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros… Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia. Pero el miembro más importante es Cristo, ya que Él es la cabeza… Así, el bien de Cristo es comunicado a todos los miembros, y esta comunicación se hace por los sacramentos de la Iglesia” (Santo Tomás, symb. 10) (Catecismo, 947). Nunca estamos solos, Jesucristo y todos nuestros hermanos en la fe nos acompañan y apoyan.
— En la comunidad primitiva de Jerusalén, los discípulos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, la comunión, la fracción del pan y las oraciones (Hch 2, 42). Comunión en la fe: La fe de los fieles es la fe de la Iglesia recibida de los Apóstoles, tesoro de vida que se enriquece cuando se comparte (Catecismo, 949).
La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma, y nadie consideraba como suyo lo que poseía, sino que compartían todas las cosas (Hch 4,32). Comunión de la caridad: En la “comunión de los santos” ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo (Rm 14, 7). Si sufre un miembro, todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte (1Co 12,26-27). El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos.
— Contemos también con la intercesión de los santos. “Por el hecho de que los del cielo están más íntimamente unidos con Cristo, consolidan más firmemente a toda la Iglesia en la santidad… no dejan de interceder por nosotros ante el Padre. Presentan por medio del único Mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, los méritos que adquirieron en la tierra… Su solicitud fraterna ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad” (Vaticano II, Lumen gentium 49). Algunos santos, cercano el momento de su muerte, eran conscientes del gran bien que podían seguir haciendo desde el Cielo: “No lloréis, os seré más útil después de mi muerte y os ayudaré más eficazmente que durante mi vida" (Santo Domingo de Guzmán, moribundo, a sus hermanos, cf. Jordán de Sajonia, lib 43). “Pasaré mi cielo haciendo el bien sobre la tierra” (Santa Teresa del Niño Jesús, verba) (cf. Catecismo 956)
— Invoquemos en especial a María, Madre del Señor y espejo de toda santidad. Que ella, la toda santa, nos haga fieles discípulos de su hijo Jesucristo, y que se lleve cuanto antes al Cielo a los difuntos que estén en el purgatorio. Amén.

domingo, 28 de octubre de 2018

De la oscuridad a la luz


 — Este domingo, en la primera lectura de la Misa, Jeremías, en medio de la tristeza y el abatimiento del destierro, lanza un grito de júbilo y esperanza. Gente que está llorando y no tiene fuerzas, encontrarán energías y les facilitará el camino: esto dice el Señor: "Lanzad gritos de alegría por Jacob, cantad himnos de gozo a la capital de las naciones. Anunciad, alabad y pregonad: "¡El Señor salva a su pueblo, al resto de Israel!". Mirad que los traigo de la tierra del norte, de los confines de la tierra los reúno. Con ellos vienen ciegos y cojos, embarazadas y paridas juntas, una enorme comunidad vuelve acá. Vendrán con llantos, los guiaré entre súplicas, los conduciré a corrientes de agua, por camino llano, sin tropiezo, porque Yo soy padre para Israel, y Efraím es mi primogénito (Jr 31,7-9). ¡Animo, no estamos solos, el Señor está con nosotros!
— No fueron palabras animantes, pero vacías. Fue real. Dios liberó a su pueblo, y después lo festejarían con gozo: Cuando el Señor hizo volver a los cautivos de Sión, nos parecía soñar. Se nos llenaba de risas la boca, la lengua, de cantares de alegría. Entonces se decía entre las naciones: "El Señor ha hecho con ellos cosas grandes". El Señor ha hecho con nosotros cosas grandes: estamos llenos de alegría. -Haz volver, Señor, a nuestros cautivos como los torrentes del Négueb. Los que siembran con lágrimas cosechan entre cantares de alegría. Al marchar iban llorando, llevando las semillas. Al volver vienen cantando, trayendo sus gavillas (Sal 126,1-6)
— Lo que pasó con el pueblo de Israel, pasa con cada hombre.
— También el Evangelio nos habla de esa alegría que produce la fe, luz del alma. Jesús va camino de Jerusalén, y ha llegado a Jericó. A la salida, junto a la puerta, estaba el grandioso palacio de Herodes, rodeado de gente con el bullicio del mercadillo que había a sus puertas. Allí, un ciego oye más ruino del normal y pregunta qué pasa: cuando salía él de Jericó con sus discípulos y una gran multitud, un ciego, Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al lado del camino pidiendo limosna. Y al oír que era Jesús Nazareno, comenzó a decir a gritos: -¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! (Mc 10,46-47). Al oír que es Jesús, una ilusión de cambio lo sacude por dentro.
— Hasta entonces llevaba tiempo resignado a su situación: iba tirando, acostumbrado a no ver. Como tanta gente, como nosotros. Seguramente no siempre a gusto con cómo nos marchan las cosas, pero parece que no tan mal, tanto que no sentimos urgencia de cambiar. Pero de vez en cuando percibimos que hay que decir “basta ya” a la situación.
— Pidamos como él: Ten piedad de mí. Pero surgen dificultades: muchos le reprendían para que se callara (Mc 10,48a) ¡No molestes! Así nos grita también nuestra comodidad: ¿para qué vas a complicarte la vida? Pero el ciego insiste: Pero él gritaba mucho más: -¡Hijo de David, ten piedad de mí! (Mc 10,48b). Aprendamos.
— Su esfuerzo ha valido la pena: Se paró Jesús y dijo: -Llamadle. Llamaron al ciego diciéndole: -¡Ánimo!, levántate, te llama (Mc 10,49). Jesús lo ha oído. Siempre oye a quien sinceramente le habla. También a nosotros hoy si insistimos.
Él, arrojando su manto, dio un salto y se acercó a Jesús (Mc 10,50). Deja lo que tiene, el manto, sin que le importe perderlo. Y encuentra el premio: Jesús le preguntó: -¿Qué quieres que te haga? -Rabboni, que vea -le respondió el ciego. Entonces Jesús le dijo: -Anda, tu fe te ha salvado. Y al instante recobró la vista. Y le seguía por el camino (Mc 10,51-52). No perdió nada, sino que recuperó todo: hasta la vista. Porque fue generoso y se puso frente a Jesús.
 ¡Qué cosa más lógica! Y tú, ¿ves? ¿No te ha sucedido, en alguna ocasión, lo mismo que a ese ciego de Jericó? Yo no puedo dejar de recordar que, al meditar este pasaje muchos años atrás, al comprobar que Jesús esperaba algo de mí -¡algo que yo no sabía qué era!-, hice mis jaculatorias. Señor, ¿qué quieres?, ¿qué me pides? Presentía que me buscaba para algo nuevo y el Rabboni, ut videam -Maestro, que vea- me movió a suplicar a Cristo, en una continua oración: Señor, que eso que Tú quieres, se cumpla (Amigos de Dios, 197)
— Hoy es un buen día para pedir a Jesús que nos ayude a cambiar. Para pedir perdón por nuestros pecados, para quitarnos de la cabeza cosas que nos quitan la paz y el tiempo, para que se abran horizontes nuevos e ilusionantes en la vida. Las cosas pueden cambiar.

sábado, 20 de octubre de 2018

¿Egoísta yo?


— En estos días se sigue celebrando en Roma un sínodo sobre los jóvenes. Rezamos con toda la Iglesia reza especialmente por los jóvenes –por cada uno de nosotros y por todos-, para que descubran en Cristo el camino de su felicidad, y se decidan a seguir la aventura de amor a la que el Señor los ha destinado.
— El Evangelio de la Misa del domingo nos pone por delante la espontaneidad con la que los Apóstoles hablan con Jesús, lo inmaduros que eran algunos y lo despistados que estaban a veces: Entonces se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, diciéndole: -Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir. Él les dijo: -¿Qué queréis que os haga? Y ellos le contestaron: -Concédenos sentarnos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria (Mc 10,35-37). ¡Qué torpes! Van caminando hacia Jerusalén, donde Jesús morirá en la Cruz, y ellos sólo piensan en sí mismos, en hacerse con los primeros puestos de la gloria.
— Así nos puede suceder también a nosotros: que estamos tan pendientes de lo nuestro, que vamos atolondrados por la vida. Somos egoístas, aunque sin querer, pero si ponemos nuestro “yo” siempre por delante, podemos hacer cosas tan ridículas y antipáticas como lo que hacen estos Apóstoles. San Josemaría, en uno de sus libros, Surco, recuerda la anécdota de un personaje que se regaló un libro y escribió en él una dedicatoria: A mí mismo, con la admiración que me debo (Surco, 719). ¿No estaremos poniendo, con los hechos, esta dedicatoria en la mayor parte de los días de nuestra vida? ¿No seremos así de insensatos?
— Jesús tiene paciencia, y responde con paz, entablando un diálogo que los ayude a pensar: Jesús les dijo: -No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo bebo, o recibir el bautismo con que yo soy bautizado? (Mc 10,38). En efecto, Cuando Jesús había recibido el bautismo de Juan, una voz del cielo se oyó: éste es mi hijo, el amado. Es la misma expresión usada en el relato del sacrificio de Isaac. Jesús, como Isaac, va voluntariamente a entregar su vida para salvarnos. Así se entiende por qué en las palabras de Jesús el término bautismo designa su muerte. Lo mismo con el cáliz, donde anticipa misteriosamente lo que hará en la Eucaristía, sacrificio del cuerpo y sangre de Cristo. En resumen, Jesús les pregunta si estarían dispuestos a entregar su vida, si fuera necesario, por los demás como él la entregó.
— Frente al egoísmo que refleja la pregunta, la respuesta de Jesús les hace caer en la cuenta de que para compartir su gloria, es necesario tener una generosidad grande, como aquella de la que él ha dado testimonio.
— Ellos siguen atolondrados y no se acaban de enterar: -Podemos -le dijeron ellos (Mc 10,39a). Están tentando a Dios, afirmando que harán algo que está por encima de sus fuerzas, sin contar con Él. ¿No habremos pecado nosotros mismos, muchas veces, de atolondramiento, en casos semejantes? ¿No habremos prometido cosas, que luego no íbamos a cumplir? ¿No seremos demasiado “bocazas” que se lanzan a decir cosas por presumir, sin reflexión? Madurez. Sensatez.
— Jesús, que se da cuenta de que están atolondrados, no insiste, pero no les garantiza nada: Jesús les dijo: -Beberéis el cáliz que yo bebo y recibiréis el bautismo con que yo soy bautizado; pero sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes está dispuesto (Mc 10,39b-40).
Al oír esto los diez comenzaron a indignarse contra Santiago y Juan (Mc 10,41). Santiago y Juan con su atolondramiento, han estado a punto de causar el desorden y la discordia en el  grupito de estos primeros seguidores de Cristo. Ante su petición insensata podemos imaginar el gesto de disgusto contenido del antiguo publicano Leví, ahora Mateo, que dejó sus riquezas por seguir al Maestro; o las protestas abiertas de Pedro, que era un hombre impulsivo. En fin, este atolondramiento de Santiago y Juan está a punto de provocar un barullo de consecuencias desagradables ¡y cuántas veces descuidos semejantes alborotan un ambiente, rompen la armonía y la unión que deben reinar entre todos!
— Entonces Jesús les llamó y les dijo: -Sabéis que los que figuran como jefes de las naciones las oprimen, y los poderosos las avasallan. No tiene que ser así entre vosotros; al contrario: quien quiera llegar a ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero, que sea esclavo de todos: porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en redención de muchos (Mc 10, 42-45). La madurez lleva a pensar en los demás, a olvidarse de si mismo ya dedicar todas las energías a construir un mundo mejor.
— La lógica de Dios no es como la lógica humana: el mayor honor está en servir. Así actuó Jesús, dando su vida por muchos. Llama la atención que no diga “por todos”, para que no seamos demasiado tranquilos pensando que hagamos bien o mal siempre nos salvaremos como todos los demás. Jesús da a entender que aunque muchos se podrán beneficiar de su redención, no serán “todos”. Habrá algunos torpes que, por atolondrado, no se beneficiarán. Es una llamada a ser personas sensatas y maduras para no descuidarse: ¿no seré tan torpe de quedarme fuera de esos muchos por no haber reaccionado a tiempo para encaminar mi vida al camino que lleva a la felicidad para siempre del cielo?
—Pedimos a la Santísima Virgen que ella nos despierte para que no estemos metidos en nuestras pequeñeces, sino para que nos abra el corazón a las necesidades del mundo, al amor de Dios, y que nos haga generosos para decirle a Jesús que cuente con nosotros para su tarea.

sábado, 13 de octubre de 2018

San Pablo VI y San Josemaría Escrivá


Para quienes trabajamos en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra la canonización de Pablo VI constituye un motivo de gran alegría. Su recuerdo siempre permanecerá vivo entre nosotros. No podemos olvidar que nuestra Facultad fue erigida como tal en 1969, durante su Pontificado. Tal reconocimiento a la tarea iniciada unos años antes con el aliento de San Josemaría Escrivá de Balaguer se enmarca en el impulso teológico que Pablo VI quiso imprimir en la Iglesia en los años que siguieron a la conclusión del Concilio Vaticano II.
En octubre de 1999 tuve ocasión de preparar unas palabras de bienvenida a los participantes en unas Jornadas de Estudio sobre “El hombre moderno a la búsqueda de Dios, según el Magisterio de Pablo VI” que se celebraron en Pamplona. En aquella ocasión quise evocar con agradecimiento el recuerdo de algunos testimonios acerca de Pablo VI que por diversos motivos tienen relación con esta Facultad de Teología, y son por ello particularmente entrañables para quienes trabajamos aquí. Hoy, diecinueve años después, pienso que la canonización realizada por el Papa Francisco es un buen motivo para recordarlos de nuevo.


Comencemos por un detalle, meramente anecdótico pero significativo, que hace referencia a las primeras ocasiones en que un profesor de nuestra Facultad fue recibido personalmente por Pablo VI, aunque por la fecha en que tuvieron lugar aquellos encuentros, 1943, el profesor Orlandis —Catedrático de la Universidad de Murcia y joven investigador— todavía no era profesor de esta Facultad, y Juan Bautista Montini aún no era Pablo VI. Una de las veces en que habían quedado citados, la audiencia anterior se prolongó un poco más de lo habitual y el ujier encargado de introducir las visitas al despacho de Mons. Montini se creyó en el deber de dar conversación a D. José Orlandis para amenizar la espera. “En la charla surgió, como una confidencia –recuerda el prof. Orlandis–, la opinión que le merecía Montini y la imagen que presentaba ante sus ojos, tan habituado a contemplarle tan de cerca. La definición, dicha en lenguaje popular de un viejo romano me hizo tal gracia –sigue diciendo Orlandis– que nunca pude olvidarla: ‘Monsignore è proprio un santo: lavora sempre, quasi non dorme e mangia come un uccelletto!’”. Esta definición, un tanto singular en su forma, no deja de ser un testimonio expresivo de la capacidad de trabajo y el afecto que Juan Bautista Montini suscitaba en quienes eran testigos de su labor cotidiana.
Algo después, con motivo de otro encuentro, el 21 de enero de 1945, el profesor Orlandis regaló a Mons. Montini un ejemplar de Camino, que San Josemaría Escrivá de Balaguer le había hecho llegar a Roma unos días antes. Pues bien, aquel libro no quedaría abandonado en los estantes de una biblioteca, sino que también tendría su historia que hemos podido conocer muchos años más tarde.
En una audiencia concedida por Pablo VI al Beato Álvaro del Portillo treinta años después, esto es, en 1975, poco después del fallecimiento de San Josemaría, habló a su sucesor al frente del Opus Dei de aquel libro que aún conservaba con esmero. Así recordaba Mons. del Portillo aquella conversación: “Pablo VI me habló del Padre con admiración y me dijo que estaba convencido de que había sido un santo. Me confirmó que desde muchos años antes leía Camino a diario y que le hacía un gran bien a su alma” (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, p. 18).
El afecto de Pablo VI por San Josemaría se había manifestado ya desde que tuvo las primeras referencias acerca de su persona y de la labor apostólica que desarrollaba, y quedó plasmado en detalles tan entrañables dentro de su sencillez como el hecho que Mons. Montini pagó de su propio bolsillo los gastos para la concesión del nombramiento de Prelado Doméstico de Su Santidad que el Beato Álvaro del Portillo había solicitado para San Josemaría Escrivá (Álvaro del Portillo, Entrevista sobre el Fundador del Opus Dei, p. 18).
Juan Bautista Montini y Josemaría Escrivá tuvieron oportunidad de encontrarse por primera vez en 1946 con motivo del primer viaje a Roma del fundador del Opus Dei. San Josemaría recordó toda su vida, y lo manifestó repetidamente, que Mons. Montini fue la primera mano amiga que encontró en su llegada a Roma, y siempre le tuvo un cordial afecto.
Cuando el 24 de enero de 1964 Josemaría Escrivá fue recibido en audiencia por Pablo VI le causó una honda impresión contemplar en el Santo Padre el rostro amable que había encontrado en los despachos del Vaticano en su primer viaje a Roma. Así se lo manifiesta con sencillez en la carta que le dirigió unos días después de esa entrevista: “Me parecía estar viendo de nuevo la amable sonrisa, y volviendo a escuchar las benévolas palabras de ánimo —fueron las primeras que escuché en el Vaticano— de S. E. Mons. Montini, en el ya lejano 1946: ¡pero ahora era Pedro quien sonreía, quien hablaba, quien bendecía!” (Carta 14.II.1964. El texto de la misma puede encontrarse en A. de Fuenmayor - V. Gómez Iglesias - J. L. Illanes, El itinerario jurídico del Opus Dei, p. 574).
Son recuerdos sencillos de la historia reciente que testimonian la categoría humana y sobrenatural de quienes los protagonizaron y que hoy cobran nueva actualidad.