viernes, 25 de abril de 2014

Juan Pablo II en 10 palabras



Familia
Una de las grandes prioridades en el pontificado de Juan Pablo II fue la proclamación del evangelio de la familia, y la profundización en la identidad y misión de la Iglesia doméstica como santuario de la vida. Su exhortación apostólica Familiaris consortio (1981), la Carta a las familias con ocasión del Año internacional de la familia (1994), y la encíclica Evangelium vitae, el más vigoroso anuncio y defensa del evangelio de la vida nunca hecho, son documentos imprescindibles para pensar en el presente y el futuro de la familia.
Oh Dios, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, Padre que eres amor y vida, haz que cada familia humana sobre la tierra se convierta, por medio de tu Hijo, Jesucristo, ‘nacido de Mujer’, y mediante el Espíritu Santo, fuente de caridad divina, en verdadero santuario de la vida y del amor para las generaciones que siempre se renuevan. Haz que tu gracia guíe los pensamientos y las obras de los esposos hacia el bien de sus familias y de todas las familias del mundo. Haz que las jóvenes generaciones encuentren en la familia un fuerte apoyo para su humanidad y su crecimiento en la verdad y en el amor. Haz que el amor corroborado por la gracia del sacramento del matrimonio, se demuestre más fuerte que cualquier debilidad y cualquier crisis, por las que a veces pasan nuestras familias. Haz finalmente, te lo pedimos por intercesión de la Sagrada Familia de Nazaret, que la Iglesia en todas las naciones de la tierra pueda cumplir fructíferamente su misión en la familia y por medio de la familia. Tú, que eres la vida, la verdad y el amor, en la unidad del Hijo y del Espíritu Santo. Amén
(Oración de Juan Pablo II por las familias, compuesta para el Sínodo de los Obispos de 1980)



Hombre
En los ejercicios que, como cardenal arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyla predicó en 1976 a Pablo VI y a la Curia romana, explicaba que los intelectuales católicos polacos, en los primeros años de la posguerra, habían tratado de refutar, contra el materialismo marxista de la enseñanza oficial, el valor absoluto de la materia. Pero pronto el centro del debate se desplazó a la antropología: ¿qué es el hombre? ¿quién tiene una respuesta a esta cuestión que pueda enseñarnos a vivir: el materialismo, el marxismo o el cristianismo? Desde esos años de su juventud, el eje de su pensamiento fue la preocupación por el respeto a la sublime dignidad de la persona humana, que ha sido desvelada en la persona de Cristo.
El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. […] El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo —no solamente según criterios y medidas del propio ser inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes— debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo.
(Encíclica Redemptor hominis, n. 10)

Jesucristo
En Juan Pablo II antropología y cristología son inseparables. Solamente partiendo del hombre perfecto, Jesucristo, se puede comprender lo que es el hombre, y sólo desde el misterio del Verbo encarnado se puede vislumbrar la grandeza del ser humano. El Hijo de Dios hecho hombre es el protagonista decisivo de la historia humana, y no hay nada hay genuinamente humano que no afecte a los corazones de los cristianos. Al poner los ojos en Jesucristo, el hombre contempla la realidad con una esperanza que no conoce el temor ni el desaliento ante las dificultades que se encuentren en la tarea de vencer el mal con el bien.
¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas tanto económicos como políticos, los dilatados campos de la cultura, de la civilización, del desarrollo. ¡Abrid las puertas a Cristo, abridlas al Redentor del hombre. Sólo Él sabe lo que hay en el corazón del hombre! Hoy, con mucha frecuencia, el hombre no sabe qué lleva dentro, en la profundidad de su espíritu, de su corazón. Muchas veces se siente incierto sobre el sentido de su vida en esta tierra. Está dominado por la duda, que se convierte en desesperación. Permitid, por tanto —os lo pido, os lo imploro con humildad y con confianza— permitid a Cristo que hable al hombre. Sólo Él tiene palabras de vida, ¡sí!, de vida eterna
(Homilía en el inicio de su Pontificado)

Jóvenes
Con un espíritu siempre joven, Juan Pablo II buscó modos de llegar al corazón de los jóvenes. Fue el “inventor” de las Jornadas Mundiales de la Juventud que, desde el primer encuentro, celebrado en la Plaza de San Pedro el Domingo de Ramos de 1986, se han consolidado como peregrinaciones festivas de oración y alegría en convivencia fraterna con jóvenes de todo el mundo. Su finalidad principal es la de poner a Jesucristo en el centro de la fe y de la vida de cada joven, para que sea punto de referencia constante y luz que ilumine la educación de las nuevas generaciones.
Os propongo una vez más el arduo pero exaltante ideal evangélico. Amadísimos jóvenes, no tengáis miedo y no os sintáis solos. Junto a vosotros están vuestras familias, vuestros educadores y vuestros sacerdotes. También el Papa está cerca de vosotros. Y, sobre todo, está cerca de vosotros Jesús, el primero en obedecer a la voluntad del Padre y permitir que lo clavaran en la cruz para redimir al mundo. […] Jóvenes centinelas de esta alba del tercer milenio, no temáis asumir vuestra responsabilidad misionera, que deriva de vuestro bautismo y de vuestra confirmación. Y si el Señor os llama a servirlo más de cerca en el sacerdocio o en un estado de consagración especial, seguidlo con generosidad. Os acompaña a cada uno María, la joven Virgen de Nazaret, que dijo "sí" a Dios y dio a Cristo a la humanidad
(Discurso a los jóvenes en la XVI Jornada Mundial de la Juventud, n.6. Roma, 5 de abril de 2001)

María
Karol Wojtyla niño y adolescente, y también cuando fue sacerdote y obispo, se escapaba con frecuencia a rezar en las iglesias dedicadas a la Virgen, y especialmente iba al santuario de Kalwaria, cerca de Cracovia. Acudía allí para consagrar a Dios, a través de María, las necesidades de la Iglesia, sobre todo durante el régimen comunista. Al ser elegido papa, quiso mantener en su escudo pontificio lo que ya tenía en su escudo episcopal: una señal patente de su amor filial a Santa María. Sobre un fondo azul, una cruz dorada, y bajo el madero horizontal derecho, una M, también dorada, representando a la Virgen que estaba al pie de la cruz. También su lema, Totus tuus, expresa la decisión de ponerse por completo bajo la protección de Santa María.
¡Oh Virgen Inmaculada Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas tu clemencia y tu compasión a todos los que solicitan tu amparo; escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso,  a Ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores, te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor. Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos, nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores. Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos; ya que todo lo que tenemos y somos lo ponernos bajo tu cuidado,  Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino  de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia: no nos sueltes de tu mano amorosa…
(Oración de Juan Pablo II a la Virgen de Guadalupe, México, enero de 1979)

Misericordia
La confianza sin límites de Karol Wojtyla en la Divina Misericordia se remonta a sus orígenes, y está muy ligada al mensaje proclamado por una religiosa de Cracovia, Faustina Kowalska, a la que canonizó en el año 2000. Fue llamado a la Casa del Padre en la víspera del Domingo de la Misericordia Divina, que él mismo había instituido en el segundo domingo de Pascua. La fijación de su Beatificación el día 2 de mayo, que este año, al ser segundo domingo de Pascua, está dedicado litúrgicamente a la Misericordia Divina, ha querido subrayar que esta devoción constituye uno de los rasgos más marcados de su espiritualidad personal.
A la humanidad, que en ocasiones parece como perdida y dominada por el poder del mal, del egoísmo y del miedo, el Señor resucitado le ofrece como don su amor que perdona, reconcilia y vuelve a abrir el espíritu a la esperanza. El amor convierte los corazones y da la paz. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de comprender y acoger la Divina Misericordia! Señor, que con la muerte y la resurrección revelas el amor del Padre, nosotros creemos en ti y con confianza te repetimos hoy: Jesús, confío en ti, ten misericordia de nosotros y del mundo entero
(Mensaje preparado por Juan Pablo II para el Ángelus del Domingo de la Misericordia Divina, 3 de abril de 2005. Falleció el día anterior, y el mensaje fue leído unos días después, tras la Misa en sufragio del Santo Padre celebrada en San Pedro)

Razón
En 1994, la revista Time, de Nueva York, eligió a Juan Pablo II como hombre del año. Entre las razones que señalaba para justificar su elección decía que "sus ideas son completamente diversas de las de la mayor parte de los mortales. Son más grandes". Es cierto. Su formación académica y su pasión por la verdad, le llevaron a reconocer la inmensa grandeza de la razón humana. Una razón abierta, que no excluye a priori la fe, sino que busca comprender los horizontes que ésta le ilumina. Muchos pensadores, creyentes o no, están agradecidos a Juan Pablo II y a la Iglesia, por el gran reconocimiento hecho a la filosofía.
Hay una profunda e inseparable unidad entre el conocimiento de la razón y el de la fe. El mundo y todo lo que sucede en él, como también la historia y las diversas vicisitudes del pueblo, son realidades que se han de ver, analizar y juzgar con los medios propios de la razón, pero sin que la fe sea extraña en este proceso. Ésta no interviene para menospreciar la autonomía de la razón o para limitar su espacio de acción, sino sólo para hacer comprender al hombre que el Dios de Israel se hace visible y actúa en estos acontecimientos. Así mismo, conocer a fondo el mundo y los acontecimientos de la historia no es posible sin confesar al mismo tiempo la fe en Dios que actúa en ellos. La fe agudiza la mirada interior abriendo la mente para que descubra, en el sucederse de los acontecimientos, la presencia operante de la Providencia.
(Encíclica Fides et ratio, n. 16)

Santidad
Tras el Jubileo del año 2000, Juan Pablo II meditaba sobre lo que había significado ese tiempo de gracia para toda la Iglesia y proponía las grandes prioridades que sería necesario afrontar en el nuevo milenio que comenzaba. En primer lugar, no dudó en señalar que la perspectiva en la que debía situarse el camino pastoral de toda la Iglesia habría ser la búsqueda de la santidad, señalando que esto es hoy, más que nunca, una urgencia inaplazable.
Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este «alto grado» de la vida cristiana ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia.
(Carta Apostólica Tertio millenio ineunte, n. 31)

Trabajo
Cuando las fuerzas de ocupación nazi cerraron la Universidad Jagellónica de Cracovia, en 1939, el joven Karol Wojtyla tuvo que trabajar en una cantera y luego en una fábrica química (Solvay), para ganarse la vida y evitar la deportación a Alemania. La providencia divina quiso que experimentase así, tanto la fatiga del trabajo manual como el esfuerzo que requiere el intelectual, como medio de unión más íntima con Dios. En el núcleo de su pensamiento sobre el trabajo está la dignidad del hombre, que es siempre un fin y jamás un medio. A partir de aquí se esclarecen las grandes cuestiones actuales de la problemática social en contraposición crítica tanto con el marxismo como con el liberalismo. Sus tres grandes encíclicas sociales subrayan la primacía del hombre sobre los medios de producción, la primacía del trabajo sobre el capital y la primacía de la ética sobre la técnica.
En el trabajo humano el cristiano descubre una pequeña parte de la cruz de Cristo y la acepta con el mismo espíritu de redención, con el cual Cristo ha aceptado su cruz por nosotros. En el trabajo, merced a la luz que penetra dentro de nosotros por la resurrección de Cristo, encontramos siempre un tenue resplandor de la vida nueva, del nuevo bien, casi como un anuncio de los «nuevos cielos y otra tierra nueva» (cfr. 2 Pe 3,13; Ap 21,1) los cuales precisamente mediante la fatiga del trabajo son participados por el hombre y por el mundo. A través del cansancio y jamás sin él. Esto confirma, por una parte, lo indispensable de la cruz en la espiritualidad del trabajo humano; pero, por otra parte, se descubre en esta cruz y fatiga, un bien nuevo que comienza con el mismo trabajo.
(Encíclica Laborem exercens, n. 27)

Trinidad
Sólo desde una profunda fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, se entienden y cobran sentido todas y cada una de las enseñanzas de Juan Pablo II. A cada una de las tres personas divinas dedicó una encíclica emblemática: Redemptor hominis (1979) habla del Hijo de Dios que se hizo hombre para redimirnos, Dives in misericordia (1980) nos introduce en lo más íntimo de Dios Padre que permanece siempre fiel a pesar de nuestras repetidas infidelidades, y en Dominum et vivificantem (1986) nos ayuda a profundizar en la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en el mundo. También quiso que la preparación inmediata al gran Jubileo del año 2000 se desarrollase en tres años, de 1997 a 1999, con una estructura «trinitaria», con el primer año centrado en Jesucristo, el siguiente en el Espíritu Santo y por último en Dios Padre, para culminar en el 2000 como año de adoración a la Santísima Trinidad.
La Trinidad santísima se nos presenta como una comunidad de amor: conocer a ese Dios significa sentir la urgencia de que hable al mundo, de que se comunique; y la historia de la salvación no es más que la historia del amor de Dios a la criatura que ha amado y elegido, queriéndola «según el icono del icono» -como se expresa la intuición de los Padres orientales-, es decir, creada a imagen de la Imagen, que es el Hijo, llevada a la comunión perfecta por el santificador, el Espíritu de amor. E incluso cuando el hombre peca, este Dios lo busca y lo ama, para que la relación no se rompa y el amor siga existiendo. Y lo ama en el misterio del Hijo, que se deja matar en la cruz por un mundo que no lo reconoció, pero es resucitado por el Padre, como garantía perenne de que nadie puede matar el amor, porque cualquiera que sea partícipe de ese amor está tocado por la Gloria de Dios.
(Carta Apostólica Orientale lumen, n. 15)