sábado, 20 de junio de 2015

Cuando parece que nos hundimos...



El evangelio del domingo nos lleva junto a las aguas frescas del mar de Galilea. Jesús ha terminado de hablar en parábolas después de una larga y agotadora jornada: 35 Aquel día, llegada la tarde, les dice: -Crucemos a la otra orilla. 36 Y, despidiendo a la muchedumbre, le llevaron en la barca tal como estaba. Y le acompañaban otras barcas (Mc 4,35-36). Conmueve ver a Jesús cansado. Como nosotros ahora al final del curso, con pocas fuerzas y con ganas de descansar. Se deja llevar.
37 Y se levantó una gran tempestad de viento, y las olas se echaban encima de la barca, hasta el punto de que la barca ya se inundaba. 38 Él estaba en la popa durmiendo sobre un cabezal (Mc 4,37-38a). Lo que les sucede es como una metáfora de la vida. Cuando uno tiene pocas fuerzas y sólo piensa en descansar, a veces se levantan tempestades que parecen que van a hundir todo: un resultado académico no esperado, una enfermedad propia o de personas queridas, un problema familiar, una decepción de una persona en la que confiábamos,… nos deja como desarmados, sin recursos.
— Nuestra fe flaquea, parece como si Jesús estuviera ausente —estaba en la popa durmiendo— a nuestros problemas, como si nos hubiese abandonado justo cuando más lo necesitamos.
— Los Apóstoles no se lo piensan más y lo molestan despertándolo: Entonces le despiertan, y le dicen: -Maestro, ¿no te importa que perezcamos? (Mc 4,38b). Que aprendamos de ellos: insistamos en nuestra oración aunque nos parezca impertinente, demasiado cargante, o aunque tengamos miedo de molestar: él nos quiere y nos comprende. Podría haber reaccionado sin esperar a que le insistan, pero sabe que les hará bien perseverar en la oración, como a nosotros
— Jesús, que nos ha dejado perseverar para probarnos, por fin interviene: 39 Y, puesto en pie, increpó al viento y dijo al mar: -¡Calla, enmudece! Y se calmó el viento y sobrevino una gran calma. 40 Entonces les dijo: -¿Por qué os asustáis? ¿Todavía no tenéis fe? (Mc 4,39-40). Les reprende por su falta de fe. ¿No mereceríamos nosotros algunas veces esa reprensión por querer respuestas demasiado rápidas, o a nuestro gusto, o porque esperamos que todo nos lo dé facilito, sin poner esfuerzo de nuestra parte, sin sufrir un poco? Vamos a pedirle que nos aumente la fe, la esperanza y el amor.
— Cuando estemos como en tensión, cuando nos parezca que nos hundimos sin remedio, lo que necesitamos, como Jesús, es reposar serenos. Descansad en la filiación divina. Dios es un Padre lleno de ternura, de infinito amor (S. Josemaría, Amigos de Dios, 150). En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro descanso, nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Echad sobre Él vuestras preocupaciones -decía San Pedro a los primeros cristianos-, pues Él tiene cuidado de vosotros (1 P 5,7).
— Estos días al final del curso son muy buenos para abandonar en Dios nuestras preocupaciones y vivir en sus brazos serenos, tranquilos, como un niño pequeño en brazos de su madre o de su padre. Gastemos nuestro tiempo en recuperar energías, y en primer lugar energías sobrenaturales mediante la oración, el trato confiado con Jesús en el sagrario, la eucaristía, la lectura serena y meditada de la Sagrada Escritura,… Pero también en servir a los demás y en continuar cultivando nuestra formación cultural y cristiana.
— Cuando parece que todo se mueve y necesitamos orientación y reposo, pongamos nuestra mirada en María: Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la murmuración, de la ambición, de la envidia, mira a la estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia o la carne arrastran con violencia la navecilla de tu alma, mira a María. (…) En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión no te desvíes de los ejemplos de su virtud. Si la sigues, no te descaminarás. Si acudes a ella no desesperarás. Si piensas en ella, no te perderás. Si ella tiende su mano, no caerás. Si te protege, nada tendrás que temer. Si es tu guía, no te fatigarás. Si ella te ampara, llegarás a feliz puerto (S. Bernardo, Homilías sobre la Virgen Madre II, 17 [PL 183, 70-71]).

sábado, 13 de junio de 2015

Con buenas raíces


— Volvemos al tiempo ordinario y el domingo nos encontramos con unos textos muy bonitos, que nos invitan a salir al campo, contemplar la naturaleza y reflexionar sobre ella a la luz de la fe. El primero es de Ezequiel: 22 Esto dice el Señor Dios: —También Yo voy a llevarme la copa de un cedro elevado y la plantaré; arrancaré un renuevo del extremo de sus ramas y lo plantaré en un monte alto y eminente. 23 Lo plantaré en el monte alto de Israel. Y echará ramas, dará fruto y llegará a ser un cedro magnífico. En él anidarán todas las aves, a la sombra de sus ramas pondrán sus nidos toda suerte de pájaros (Ez 17,22-23). Está hablando de la restauración de Israel en su tierra después del destierro, pero también de cómo cuida de cada una de sus criaturas, de cada uno de nosotros: nos elige, nos planta en el terreno adecuado y nos cuida para que nuestra personalidad sea hermosa, acogedora, y produzca fruto.
— En el Evangelio, Jesús nos cuenta dos parábolas también de campo y de plantas. La primera es muy sencilla, pero da mucha paz: El Reino de Dios viene a ser como un hombre que echa la semilla sobre la tierra, 27 y, duerma o vele noche y día, la semilla nace y crece, sin que él sepa cómo. 28 Porque la tierra produce fruto ella sola: primero hierba, después espiga y por fin trigo maduro en la espiga. 29 Y en cuanto está a punto el fruto, enseguida mete la hoz, porque ha llegado la siega (Mc 4,26-29). La semilla crece sola, con tal de que no ha arranquemos, ni dejemos que se seque. Bastan unos cuidados mínimos, pero no hay que agobiarse: es Dios quien hace que crezca y dé fruto. Así sucede con la vida espiritual. El protagonismo es de Dios, de la gracia. Basta con ser dóciles para que la gracia vaya actuando, y haciendo crecer nuestro amor a Dios y a los demás.
— Uno de los peligros de la vida espiritual, y de la vida en general, es el voluntarismo, la autosuficiencia: el pensar que nosotros solos podemos orientarnos, acertar en nuestras decisiones, y lograr nuestros objetivos confiando en nuestra fortaleza. Quien afronta así las cosas pronto queda roto espiritual y tal vez psicológicamente. Lo importante es valorar la primacía de la acción de Dios y por tanto, de los medios sobrenaturales —la oración de petición confiada, la gracia de los sacramentos (penitencia y eucaristía, con frecuencia, pero también bautismo, confirmación, orden, matrimonio o unción de los enfermos, que todos son importantes cada uno para lo suyo), la formación en la fe (cuidar los medios para alimentarla), y el acompañamiento espiritual—. Luego, poner los medios, pero con humildad y sin agobiarse.
— La otra parábola es también sencilla y esperanzadora: 30 — ¿A qué se parecerá el Reino de Dios?, o ¿con qué parábola lo compararemos? 31 Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es la más pequeña de todas las semillas que hay en la tierra; 32 pero, una vez sembrado, crece y llega a hacerse mayor que todas las hortalizas, y echa ramas grandes, hasta el punto de que los pájaros del cielo pueden anidar bajo su sombra (Mc 4,30-32). Una semilla de mostaza es ínfima –un granito de mucho menos de un milímetro de diámetro–, pero cuando crece es un matorral respetable. Todo lo grande comienza siendo pequeño, y la santidad también. Es bueno tener esperanza de hacer todo bien y con mucho amor de Dios, pero comencemos por el grano de mostaza: uno o unos pocos propósitos cada día, asequibles y que nos los propongamos porque nos da la gana, porque nos sale del corazón el luchar por sacándolos adelante, para ofrecerlos al Señor y hacer felices a los demás.
— Está llegando el verano, y ahora es un buen momento para concretar propósitos sobre el modo de cuidar nuestra vida cristiana en este tiempo. En una planta, en un árbol, es importante echar raíces. Las hojas se pueden secar y caer, pero no pasa nada si el árbol tiene buenas raíces y la humedad suficiente en el suelo: volverá a brotar, e incluso con más fuerza. ¿Cuáles son las raíces que dan estabilidad? Una fe sólida, una conciencia bien formada, un recurso habitual a los sacramentos —al menos la Misa dominical bien vivida— y una devoción cariñosa a la Virgen —al menos tres avemarías antes de dormir—.
— Y luego, abonar, regar y cuidar la planta para que crezca cada día y llegue a ser muy hermosa. Ayer celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, aquel lugar de donde brota su gran amor, y hoy la fiesta del Corazón de María. A Jesús y a su madre Santa María les pedimos que se queden para siempre en nuestro corazón para que echemos raíces y la savia de su Amor nos llene y vivifique.

viernes, 5 de junio de 2015

¿Es bueno comulgar siempre?



— Celebramos la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Ya habíamos celebrado la institución de la Eucaristía el Jueves Santo, junto con el mandato del amor fraterno y la institución del sacerdocio, en vísperas de la Pasión. Ahora nos centramos en la acción de gracias a Jesús por quedarse con nosotros para alimentarnos en la Eucaristía y acompañarnos en el sagrario.
— ¡Hasta qué punto llega la humildad de Jesús de quedar totalmente indefenso ante nosotros! Una mirada a lo que sucede actualmente nos ayudará a hacer examen y mejorar nuestro amor.
— Cuando San Pablo describe la escena a los corintios añade algo que impresiona: porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y mueren tantos (1 Co 11,26-30). ¿Por qué hay tantos males en el mundo? Porque no se trata con amor a Cristo en la Eucaristía.
— Desgraciadamente, hoy son muchas las faltas de respeto a la Eucaristía. Hay personas que en vez de considerarla como un gran don, que recibimos a pesar de nuestra indignidad, pero decididos a tener el alma lo más limpia posible, reivindican el comulgar como si fuera un derecho. A lo largo de los siglos, el que estaba en pecado y deseaba acercarse al Señor, reconocía con sencillez su culpa, le pedía perdón en el sacramento de la penitencia, decido a convertirse y cambiar en su vida todo lo que fuera necesario. Ahora muchos no se reconocen culpables de nada y reclaman que la Iglesia sea misericordiosa y les reconozca el «derecho» a comulgar. O bien se acercan directamente al altar sin mayores miramientos, para recibir el Cuerpo de Cristo. La cuestión planteada por San Pablo sigue siendo plenamente actual: ¿Por qué hay tantos males en el mundo? Porque no se trata con amor a Cristo en la Eucaristía.
— Esta fiesta es un gran día para desagraviar por tantas ofensas al Cuerpo y la Sangre del Señor, y poner los medios para recibirlo siempre con la dignidad debida, bien dispuestos: dignamente vestidos para ese encuentro de amor, habiendo guardado el ayuno eucarístico, y, sobre todo, con el alma limpia.
— Durante las últimas décadas se ha insistido mucho en la acción pastoral en la importancia de la comunión frecuente para participar activamente en la Eucaristía. No es un alimento para los santos y puros, sino para hombres débiles que necesitan fortaleza -se dice, y es verdad-. Pero también Jesús advirtió con claridad: No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y al revolverse os despedacen (Mt 7,6). La comunión es un gran regalo de Dios para sanar los corazones heridos por las debilidades y el pecado, pero que quieren ser sanados y purificados, apartándose decididamente del fango.
— Amar la Eucaristía implica prepararnos para recibirla bien, y ayudar a nuestros amigos a valorar este don y recibirlo siempre con las debidas disposiciones, aunque sea con menos frecuencia: no les hará mal; el íntimo dolor de no acercarse a recibir al Señor les moverá a la conversión y valorar más el don de la gracia.
— Pero además de alimento, Jesús presente en la Eucaristía nos hace el regalo de permanecer siempre cerca de nosotros en el Sagrario. A todos nos ayudará a crecer en vida cristiana ir a visitarlo, acompañarlo un rato cada día, redescubrir el bien que hace al alma la comunión espiritual. También cuando hemos tenido un bajón y todavía no tenemos la mirada limpia para contemplar al Señor cara a cara, podemos acudir a él en el sagrario, o hacer una comunión espiritual y nos irá sanando, hasta darnos ese abrazo de reconciliación en la penitencia. Pero también nos fortalece, nos consuela y nos anima siempre que lo necesitamos.
— En la procesión del Corpus Christi, Jesús sale a la calle al encuentro de todos, también de los que no van a la Iglesia, para llamarlos a volver a casa y retomar el calor de su amistad. Que lo adoremos y le pidamos que vaya transformando los corazones de todas las personas que en ese momento estén por las calles para reinar en sus corazones y hacerlos felices.
— ¿Cómo se prepararía la Santísima Virgen para recibir a Jesús en la Eucaristía cuando asistiera a la Misa celebrada por San Juan o cualquiera de los Apóstoles? A Ella le pedimos que nos ayude a recibir a su Hijo con aquella pureza, humildad y devoción con que Ella lo recibió.