jueves, 20 de diciembre de 2012

¿Cómo vivir la Navidad?


Mikel Serrano - Belén Iglesia Sta Mª Reyes - Laguardia (álava)

El niño débil e indefenso de Belén, es Dios. No nació para buscar conflictos con el poder romano ni con la tiranía de quienes se creían intérpretes infalibles de la Ley, pero no se achantó ante el error, la fuerza del mal ni la injusticia. Traía la verdad, el bien, la luz y la paz que el mundo necesita. Él vino a liberar a todos los hombres y mujeres de las tiranías que lleva consigo el pecado. Ofreció su vida también por sus perseguidores y por quienes lo odiaban, para que también ellos pudieran alcanzar la salvación. Para que pudieran tener una vida feliz y perdurable.
Por eso hoy la Navidad es fiesta de amor y libertad, de hablar con soltura y confianza de las cosas buenas que bullen en el corazón, sin acobardarse ante ambientes adversos. Un buen momento para reconocer qué buena y qué gozosa es la realidad del matrimonio y de la familia, qué hermosa la sonrisa de un niño, qué tierna la mirada afectuosa del abuelo enfermo que apenas balbucea. Una oportunidad para contemplar a la sociedad en que vivimos con realismo y alegría: aunque no falten dificultades es mucho lo que se puede hacer para construir, con el esfuerzo de todos, un mundo en el que valga la pena vivir.
La Navidad trae una invitación a todos los hombres de buena voluntad para que recapacitemos, para que, respetando las diferencias, opiniones y modos de ser de cada uno, busquemos decididamente lo importante: el auténtico bien de todo ser humano, por encima de egoísmos personales. Es fiesta de optimismo, de luz, de reconciliación, de alegría y de paz.
Y ese optimismo, alegría y paz serán reales si dejamos que Jesús nazca en nuestros corazones, que los ilumine. Algunos consejos:
a) Poner el nacimiento y explicarlo a los niños, y rezar allí reviviendo la escena
b) Ir a la Misa del Gallo, o cuidar especialmente la Misa de ese día. Preparándose bien con una buena confesión
c) Dar algo de lo nuestro a los necesitados, especialmente de nuestro tiempo y afecto a la familia y a quienes tenemos cerca.

martes, 18 de diciembre de 2012

¿Cómo se comenzó a celebrar la fiesta de Navidad?



Los cristianos de la primera generación, es decir, aquellos que escucharon directamente la predicación de los Apóstoles, conocían bien y meditaban con frecuencia la vida de Jesús. Especialmente los momentos decisivos: su pasión, muerte redentora y resurrección gloriosa. También recordaban sus milagros, sus parábolas y muchos detalles de su predicación. Era lo que habían oído contar a aquellos que habían seguido al Maestro durante su vida pública, que habían sido testigos directos de todos aquellos acontecimientos.
Acerca de su infancia sólo conocían algunos detalles que tal vez narrara el propio Jesús o su Madre, aunque la mayor parte de ellos María los conservaba en su corazón.
Cuando se escriben los evangelios sólo se deja constancia en ellos de lo más significativo acerca del nacimiento de Jesús. Desde perspectivas diferentes, Mateo y Lucas recuerdan los mismos hechos esenciales: que Jesús nació en Belén de Judá, de la Virgen María, desposada con  José, pero sin que Ella hubiese conocido varón. Además, hacia el final de los relatos sobre la infancia de Jesús, ambos señalan que después fueron a vivir a Nazaret.
Mateo subraya que Jesús es el Mesías descendiente de David, el Salvador en el que se han cumplido las promesas de Dios al antiguo pueblo de Israel. Por eso, como la pertenencia de Jesús al linaje de David viene dada por ser hijo legal de José, Mateo narra los hechos fijándose especialmente en el cometido del Santo Patriarca.
Por su parte,  Lucas, centrándose en la Virgen —que representa también a la humanidad fiel a Dios—, enseña que el Niño que nace en Belén es el Salvador prometido, el Mesías y Señor, que ha venido al mundo para salvar a todos los hombres.
En el siglo II el deseo de saber más sobre el nacimiento de Jesús y su infancia hizo que algunas personas piadosas, pero sin una información histórica precisa, inventaran relatos fantásticos y llenos de imaginación. Se conocen algunos a través de los evangelios apócrifos. Uno de los relatos más desarrollados sobre el nacimiento de Jesús contenido en los apócrifos es el que se presenta en el llamado Protoevangelio de Santiago o, según otros manuscritos, Natividad de María, escrito a mediados del siglo II.
En las primeras generaciones de cristianos la fiesta por excelencia era la Pascua, conmemoración de la Resurrección del Señor. Todos sabían bien en qué fechas había sido crucificado Jesús y cuándo había resucitado: en los días centrales de la celebración de la fiesta judía de la Pascua, en torno al día 15 de Nisán, es decir, el día de luna llena del primer mes de primavera.
Sin embargo, posiblemente no conocían con la misma certeza el momento de su nacimiento. No formaba parte de las costumbres de los primeros cristianos la celebración del cumpleaños, y no se había instituido una fiesta particular para conmemorar el cumpleaños de Jesús.
Hasta el siglo III no tenemos noticias sobre el día del nacimiento de Jesús. Los primeros testimonios de Padres y escritores eclesiásticos señalan diversas fechas. El primer testimonio indirecto de que la natividad de Cristo fuese el 25 de diciembre lo ofrece Sexto Julio Africano el año 221. La primera referencia directa de su celebración es la del calendario litúrgico filocaliano del año 354 (MGH, IX,I, 13-196): VIII kal. Ian. natus Christus in Betleem Iudeae (“el 25 de diciembre nació Cristo en Belén de Judea”). A partir del siglo IV los testimonios de este día como fecha del nacimiento de Cristo son comunes en la tradición occidental, mientras que en la oriental prevalece la fecha del 6 de enero.
Una explicación bastante difundida es que los cristianos optaron por día porque, a partir del año 274, el 25 de diciembre se celebraba en Roma el dies natalis Solis invicti, el día del nacimiento del Sol invicto, la victoria de la luz sobre la noche más larga del año. Esta explicación se apoya en que la liturgia de Navidad y los Padres de la época establecen un paralelismo entre el nacimiento de Jesucristo y expresiones bíblicas como «sol de justicia» (Ma 4,2) y «luz del mundo» (Jn 1,4ss.). Sin embargo, no hay pruebas de que esto fuera así y parece difícil imaginarse que los cristianos de aquel entonces quisieran adaptar fiestas paganas al calendario litúrgico, especialmente cuando acababan de experimentar la persecución.
Otra explicación más plausible hace depender la fecha del nacimiento de Jesús de la fecha de su encarnación, que a su vez se relacionaba con la fecha de su muerte. En un tratado anónimo sobre solsticios y equinoccios se afirma que “nuestro Señor fue concebido el 8 de las kalendas de Abril en el mes de marzo (25 de marzo), que es el día de la pasión del Señor y de su concepción, pues fue concebido el mismo día que murió” (B. Botte, Les Origenes de la Noël et de l’Epiphanie, Louvain 1932, l. 230-33). En la tradición oriental, apoyándose en otro calendario, la pasión y la encarnación del Señor se celebraban el 6 de abril, fecha que concuerda con la celebración de la Navidad el 6 de enero.
La relación entre pasión y encarnación es una idea que está en consonancia con la mentalidad antigua y medieval, que admiraba la perfección del universo como un todo, donde las grandes intervenciones de Dios estaban vinculadas entre sí. Se trata de una concepción que también encuentra sus raíces en el judaísmo, donde creación y salvación se relacionaban con el mes de Nisán. El arte cristiano ha reflejado esta misma idea a lo largo de la historia al pintar en la Anunciación de la Virgen al niño Jesús descendiendo del cielo con una cruz. Así pues, es posible que los cristianos vincularan la redención obrada por Cristo con su concepción, y ésta determinara la fecha del nacimiento. “Lo más decisivo fue la relación existente entre la creación y la cruz, entre la creación y la concepción de Cristo” (J. Ratzinger, El espíritu de la liturgia, 131).
La difusión de la celebración litúrgica de la Navidad fue rápida. En la segunda mitad del siglo IV se va extendiendo por todo el mundo cristiano: por el norte de Africa (año 360), por Constantinopla (año 380), por España (año 384) o por Antioquía (año 386). En el siglo V la Navidad es una fiesta casi universal.

domingo, 16 de diciembre de 2012

¿Qué sabemos del pesebre?



En la gruta de Belén no faltaba un elemento característico de la cuevas utilizadas para que los animales se resguardasen: el pesebre, tallado generalmente en la roca viva, que en Belén es particularmente fácil de trabajar. Es de de forma rectangular, aunque los hay también de madera, y forma un hueco donde se metía lo que en Palestina se da a las bestias: no heno, que no hay, sino paja con un poco de cebada.
Esta es la tradicional Cuna del Niño Jesús. Éste es el Pesebre (griego fátne, latín praesepium,) en cuya concavidad, en forma de cuna, María colocó al Niño, envuelto en pañales (Lc 2,7). 
Acerca del pesebre conviene señalar que en la Basílica de Santa María la Mayor de Roma se conservan unas tablas que tradicionalmente se asocian al pesebre de Jesús. ¿Qué decir de esto?
De entrada, cabe observar que estando cavado el pesebre en la piedra rocosa ninguno podía llevárselo, por lo que permanece en su sitio, más o menos como era. En el hueco de la roca podía haber o la simple paja adaptada para jergón, o también maderos adaptados como cuna por el carpintero de Nazaret; alrededor, o en la parte superior, podía haber también una rastrillera formada por toscas tablas de madera para tener el forraje cuando comían los animales.  
En Santa María Mayor de Roma ¿qué hay concretamente?... Hay algunas tablillas, cinco para precisar, de 70 a 80 cms. de largas por 10 cms. de anchas: 1) una de ellas seguramente no es de Palestina; 2) las otras cuatro son de plantas existentes en Palestina, familia de los ácer duro, o acacia; 3) auténticas, o no, ¿pueden ser el pesebre original? No es posible que el Pesebre de Cristo consistiese en cuatro tablillas desarregladas, con un maestro carpintero como José...; 4) Posible, en cambio que se tratase o de las toscas tablas de la rastrillera, o también las tablillas que hacían de orilla, o borde al hueco para que resultase como "cuna" el cómodo pesebre.
Alguno dice también probable como apoyo en forma de X del pesebre - cuna de arcilla y paja, en que el Niño podía estar seguro y descansar, atado a la cintura con cintas, mientras la Madre trabajaba. Pero esto no en el nacimiento, sino más tarde.

viernes, 14 de diciembre de 2012

¿Qué sabemos de la gruta de Belén?



El Evangelio de Lucas señala que María, después de dar a luz a su hijo, “lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento” (Lc 2,7). El “pesebre” indica que en el sitio donde nació Jesús se guardaba el ganado. Lucas señala también que el niño en el pesebre será la señal para los pastores de que allí ha nacido el Salvador (Lc 2,12.16). La palabra griega que emplea para “aposento” es katályma. Designa la habitación espaciosa de las casas, que podía servir de salón o cuarto de huéspedes. En el Nuevo Testamento se utiliza otras dos veces (Lc 22,11 y Mc 14,14) para indicar la sala donde Jesús celebró la última cena con sus discípulos. Posiblemente, el evangelista quiera señalar con sus palabras que el lugar no permitía preservar la intimidad del acontecimiento. Justino (Diálogo con Trifón 78) afirma que nació en una cueva y Orígenes (Contra Celso 1,51) y los evangelios apócrifos refieren lo mismo (Protoevangelio de Santiago 20; Evangelio árabe de la infancia 2; Pseudo-Mateo 13).


De todas estas menciones, la más antigua y autorizada documentación de la Gruta - Pesebre de Belén es la del apologista, filósofo y mártir S. Justino de Nablús, que escribía poco después del año 150. Su testimonio tiene un valor extraordinario, aún cuando no hubiera estado personalmente en Belén en aquel tiempo de ocupación pagana, porque, era palestino de nacimiento, cercano a la época de Cristo, portavoz de la tradición local, profundo conocedor de la lengua griega, comprometido en la lucha contra la clase docta judía (Celso). La mención se encuentra en el Diálogo con Trifón, 78:
"Habiendo nacido entonces el Niño en Belén, porque José no tenía en aquella aldea (kóme) donde alojarse, se alojó en una cierta gruta (spélaio) cercana a la aldea, y entonces, estando ellos allí, María dio a luz a Cristo y lo puso en un Pesebre, donde fue encontrado por los Magos provenientes de Arabia".
La forma y la descripción son muy concisas, de estilo clásico, pero es testimonio seguro de la "tradición palestina", quizá también local, donde los judeo-cristianos permanecieron también después de la paganización del año 135.
José y María, dándose cuenta de la situación local y después de haber renunciado por elección y por la fuerza de las circunstancias a la habitación superior (= Katályma) de la casa, se retiraron a una de las "grutas-almacenes" de la habitación, precisamente a aquella que, teniendo el acceso externo independiente y dando al este, estaba destinada y adaptada para el animalito de casa.
En las dilaciones del censo y en espera del alegre suceso, José tuvo tiempo y modo para arreglar todo bien, incluso el pesebre; que no era una simple cueva, sino un sistema de grutas, que, queriendo, podían comunicar con la habitación superior.
Por tanto hay trabajo para José: limpieza y arreglos, algún madero para formar un ángulo reservado, primero para María y luego para él, un lugar seco y fresco para conservar las provisiones alimenticias; el agua de la cisterna estaba allí cerca; en suma, un arreglo decente, en una típica gruta palestina, pero junto a una casa, donde quedarse sin problemas aquel par de meses de la "separación ritual" requeridos para la perfecta observancia de la Ley judía.
San José hizo todo este trabajo con habilidad de artesano, propia de él y con la mente fija en el doble Misterio que él, cabeza de familia investido expresamente por el Cielo para tan grave misión, no sólo debía guardar, sino también defender de toda curiosidad humana, con la discreción del justo y el tacto del descendiente real.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

¿Cómo era el Belén de verdad, aquel donde nació Jesús?


Herodium. מצילומי יהודית גרעין-כל

Belén era una población pequeña, constituida por un puñado de ca­sas salpicadas en la ladera de una colina, unos ocho kilómetros al sur de Jerusalén. Al pie de la loma comienza un extenso llano donde se cultiva trigo y ceba­da. Tal vez debido a su riqueza en la producción de cereales la ciudad recibió el nombre de Bet-Léjem, palabra hebrea que sig­nifica «Casa del pan». Según una vieja tradición, en esos campos había conocido Booz a Rut, la moabita, hacía muchos siglos. Su bisnieto, el rey David, nació en aquella aldea. 
Dice el evangelio de San Lucas que María y José se diri­gieron a Belén, la ciudad de David, para empadronarse, y allí nació Jesús.

En el horizonte todavía hoy se divisa la inconfundible silueta del Herodium, un palacio-fortaleza que Herodes había construido no lejos de allí.


A comienzos del siglo I Belén era, pues, poco más de cuatro casas rodeadas por una muralla que estaría mal conservada, o incluso desmoronada en gran parte, ya que había sido edificada casi mil años antes. Sus habitantes vivían de la agricultura y la ganadería. Tenía buenos campos de cereales. Además, en las regiones limítrofes con el desierto, pastaban rebaños de ovejas.

lunes, 10 de diciembre de 2012

¿Qué celebramos en Navidad?



Hace un tiempo estaba en una papelería y alguien entró a comprar tarjetas de Navidad. 
—¿Las quiere con tema cristiano o "navideño"?, preguntó el dependiente. 
—No, déme unas de tema "navideño", respondió el comprador. 
Y se llevó tan contento unos tarjetones con abetos cargados de estrellas, paisajes nevados y luminosos, algún Santa Claus, y varios niños sonrientes de distintas razas jugando juntos, para felicitar las fiestas a sus amigos. 
Enviar christmas con el portal de Belén hace presente una Navidad "confesional" y si, por los motivos que sean, no se busca ofrecer esa imagen, siempre es posible elegir otras ilustraciones que se consideran más neutras. Sin embargo, también son símbolos cristianos.
El abeto luminoso tiene un simbolismo cristiano: el árbol del Paraíso que está en el origen del mal y la muerte en el mundo, por el pecado de Adán y Eva, fue sustituido por el árbol de la auténtica vida, al nacer el segundo Adán, Cristo. La luz que acompaña al nacimiento del Mesías esperado, está simbolizada por las velas o luces encendidas y la estrella en lo alto. La luz de Cristo Salvador es la que envuelve los paisajes navideños.
Santa Claus (es decir, San Nicolás) fue un obispo de Asia Menor del siglo IV, famoso por defender a los niños y, sobre todo, por dar generosos regalos a los pobres.
En realidad, lo que se celebra en Navidad es el nacimiento de Jesucristo.
En los próximos días iremos acercándonos al escenario de este hecho histórico tan importante.

martes, 6 de noviembre de 2012

El origen del universo



El Credo comienza con una afirmación fuerte: Creo en Dios Padre, todopoderoso, creador del cielo y de la tierra.
Sin embargo, hoy, son muchos los que piensan que los progresos de las ciencias naturales hacen innecesario pensar en un creador. Cuando se conocían muy pocas cosas acerca del universo, del origen de la vida, de la estructura de la materia, de las complejidades de los seres vivos, no llamaba la atención que se dijese que un Dios todopoderoso lo había creado para dar razón de lo que no se sabía explicar científicamente. Pero ahora, cada vez son más los puntos oscuros acerca de la realidad para los que se descubren las leyes de su funcionamiento, por lo que está muy extendida la opinión de que la ciencia terminará por hacer innecesario el “Dios de los agujeros” que tapa los huecos del conocimiento científico.
Además, los relatos bíblicos acerca del origen del mundo y del hombre utilizan un lenguaje primitivo, muy alejado del lenguaje técnico de la física, la química, la geología, la biología o la astronomía actuales. En ellos se presenta a Dios creando el mundo mediante su palabra, en siete días, o se narra la creación del hombre como la plasmación de un muñeco de barro, al que Dios sopla en sus narices para hacerlo un ser vivo. De ahí que haya personas que consideren esos relatos y las verdades que la fe cristiana relaciona con ellos como creaciones literarias de una encantadora ingenuidad, propias de épocas remotas, pero no explicaciones fiables de la realidad.
De otra parte, hipótesis que se consideran más que suficientemente comprobadas por la ciencia, como por ejemplo la evolución de las especies, a veces se suelen ver como opuestas al concepto de creación tal y como se expresa en la Biblia, lo que llevaría a considerar imposible creer en un creador.
Por último, si se considera que la materia existe desde siempre, que se estructura de acuerdo con las leyes de la naturaleza, físicas o químicas, y que en un tiempo que no tiene fin hayan confluido alguna vez en algún lugar las condiciones ambientales necesarias para el surgimiento de la vida, no parece que sea necesario pensar en Dios para nada. La materia, con sus propias leyes, permitiría dar razón de todo lo que existe.
Entonces, ¿tiene algún origen el universo, o existe por sí solo desde siempre? ¿Es la idea de Dios creador un concepto nacido “para tapar agujeros” que el progreso de las ciencias hace innecesaria?
Digamos, de entrada, que los relatos bíblicos de la creación no pretenden ofrecer un modelo explicativo del principio del mundo. Son expresiones en lenguaje mítico de unas realidades primordiales acerca del origen y sentido de las cosas: hay un ser personal, Dios, que ha querido que exista el universo –y en particular el ser humano, varón y mujer–, lo ha hecho dotado de unas leyes sapientísimas de funcionamiento, y lo acompaña hasta su plenitud.
No se trata de afirmaciones contradictorias con lo que descubre la ciencia, sino perfectamente complementarias. La ciencia se mueve en el ámbito de lo observable, y la afirmación teológica en el de las realidades más profundas: el ser, las causas y los fines.
Ciencia y fe permiten acceder al conocimiento de la realidad, cada una a su nivel. La ciencia, a partir de la observación y la experimentación, permite conocer cada vez mejor el funcionamiento de las realidades materiales, la fe proporcionándonos preciosas indicaciones acerca de su origen y destino. Las ciencias naturales no pueden excluir de manera dogmática que en la naturaleza haya procesos orientados a un fin, ni es tarea de la teología definir cómo se producen esos procesos en el desarrollo de la naturaleza.
El conocimiento científico avanza y la ciencia tiene sus propios mecanismos para desechar las falsas teorías. Ahora bien, ¿abarca la ciencia todos los niveles de la realidad? La ciencia da una explicación muy fundamental de la realidad que percibimos, ¿pero se puede reducir todo a ciencia? Un ejemplo claro lo encontramos en la creación artística. Podemos descomponer en ondas acústicas una interpretación del Réquiem de Mozart, determinar la composición química de la pintura de Las Meninas y calcular la distribución de cargas que se da en la Basílica de san Pedro; ¿pero ofrece cada una de esas descripciones una explicación completa de la realidad a la que nos enfrentamos?
La imagen del “Dios de los agujeros” que presenta el ateísmo científico tiene su parte de verdad. No obstante, considera iguales a todos los agujeros: simples vacíos de conocimiento que terminará colmando la comprensión científica. Sin embargo no todos son iguales. Hay algunos agujeros que, sin duda, la ciencia irá rellenando. Pero hay otros, e importantes, que escapan a sus propias posibilidades, ya que la ciencia experimental no es capaz de dar por sí sola una explicación racional y completa del mundo.

martes, 16 de octubre de 2012

¿Es razonable creer en Dios?


¿Cómo funciona esto de la fe? Dios sale a nuestro encuentro de muchas maneras. En cada experiencia conmovedora de la naturaleza, en cada encuentro verdaderamente humano, en cada aparente casualidad, en cada sufrimiento, en cada reto que se nos plantea, hay un mensaje escondido de Dios para cada uno. También lo escuchamos en la voz de nuestra conciencia si está abierta a la verdad.

Cuando seguimos las pistas que nos señalan la existencia de Dios y adquirimos confianza para dirigirnos a él, estamos dando los primeros pasos para afianzar una amistad inolvidable que nos proporcionará una gran estabilidad y serenidad, ya que podremos descansar confiadamente apoyados en quien nunca falla.
Dios nos busca y nos habla como amigos, y espera que le respondamos con nuestra amistad, creyendo en él, intentando comprender lo que nos dice, y aceptando sin reservas lo que nos propone.
La fe es la respuesta a la invitación que Dios nos hace a comunicarnos con él y a gozar de su compañía. Mediante la fe el hombre somete por completo su inteligencia y su voluntad a Dios, prestando asentimiento a lo que Dios ha revelación y decidiendo vivir de modo coherente con esas verdades.
Pero ¿esto una postura razonable? ¿creer es humano? ¿está en sus cabales una persona que somete su inteligencia a lo que otro le dice, o pone sus decisiones en manos de otro?
La fe es ante todo una adhesión personal a Dios, y al mismo tiempo e inseparablemente asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado.
Es verdad que sería vano y equivocado poner una fe semejante en una criatura. ¿Pero sucede lo mismo con Dios? La realidad de las cosas depende fundamentalmente de la respuesta que tenga una cuestión, que es la fundamental: ¿Dios existe o no existe? Si no existiera y fuera sólo una construcción ideológica, no tendría sentido. Pero ¿y si existe?
Digamos que la opción de prestar ese asentimiento supone asumir un riesgo, porque no es posible controlar intelectualmente toda la realidad. Requiere un ejercicio de confianza, algo así como la que requeriría lanzarse a una piscina a una persona que nunca lo hubiera hecho. Ve a otras personas que están allí y disfrutan del baño, pero la primera impresión es que si se tira se va a ir al fondo y se ahogará.
Para prestar el asentimiento de fe no se puede esperar a encontrar una demostración matemática de la existencia de Dios ni de cada una de las verdades que ha revelado. Supone un riesgo, y por eso requiere una ayuda que tenemos que recibir desde fuera. La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, ya que para dar una respuesta positiva a lo que Dios ha revelado es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede a todos gusto en aceptar y creer la verdad. Así lo enseña el Concilio Vaticano II (Dei Verbum, n.5) y el Catecismo de la Iglesia Católica (n.153).
Ahora bien no es contrario ni a la libertad ni a la inteligencia del hombre depositar la confianza en Dios y aceptar las verdades por él reveladas. Ya en las relaciones humanas no es contrario a nuestra propia dignidad creer lo que otras personas nos dicen sobre ellas mismas y sobre sus intenciones, y prestar confianza a sus promesas (como, por ejemplo, cuando un hombre y una mujer se casan). Nos fiamos de nuestros padres cuando somos pequeños, nos fiamos de nuestros maestros y de lo que dicen los manuales. Nos fiamos de lo que leemos en la prensa, escuchamos en la radio o vemos en la televisión. No tenemos tiempo ni posibilidad de contrastar experimentalmente todo la información de vamos recibiendo. En la vida normal casi todo lo que sabemos es porque nos hemos fiado de alguien. Así que no es contrario a nuestra dignidad fiarnos de Dios.
El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos a causa de la autoridad de Dios mismo que revela, y que no puede engañarse ni engañarnos.
Ahora bien, también en la vida real, necesitamos contrastar por lo menos algunos datos de lo que nos dicen y verificar si son verosímiles, aunque muchas veces no podamos demostrarlos. La ciencia avanza más por inducción que por deducción matemáticamente probada.
Por eso, también es razonable que deseemos conocer con más precisión y profundizar en lo que nos dice la fe. Como señalaba San Anselmo, “la fe trata de comprender”. Es propio de la fe católica que el creyente desee conocer mejor a aquel en quien ha puesto su fe, y comprender mejor lo que le ha sido revelado, y por eso que ponga todo su empeño en acercarse cuanto pueda a entender los misterios de la revelación.
Fe y razón no son realidades incompatibles, sino complementarias. La investigación científica correctamente realizada, nunca estará realmente en oposición con la fe, porque las realidades profanas y las realidades de fe tienen su origen en el mismo Dios.

martes, 25 de septiembre de 2012

El “Evangelio de la esposa de Jesús”




Karen L. King, profesora en Harvard, ha presentado un fragmento de papiro datado en el siglo IV. Piensa que su texto, escrito en copto, es traducción de un original griego de finales del siglo II por sus estrechas conexiones con otros “evangelios” de esa época, como el del Tomás, Felipe, o María [Magdalena]. Todos ellos son de tendencia gnóstica.
En la cuarta línea del papiro se lee: “Jesús les dijo: mi esposa…”. Un observador inexperto diría que estamos ante una prueba histórica de que Jesús estuvo casado. La realidad es mucho más vulgar. En los escritos gnósticos el lenguaje esponsal se emplea para simbolizar que se ha adquirido la perfección. En el Evangelio de Felipe, por ejemplo, el matrimonio es un símbolo de la perfección propia del gnóstico, alcanzada en lo que llama sacramento (misterio, literalmente) de la “cámara nupcial”, que vendría a ser culminación del Bautismo, Unción, Eucaristía y Redención. Se trata de un lenguaje simbólico que nada implica acerca del género de vida de Jesús. La profesora King afirma, de hecho, que este fragmento no proporciona una evidencia de que el Jesús histórico estuviese casado.


Los expertos que lo han estudiado, piensan que es altamente probable que sea un fragmento antiguo, aunque no descartan que se trate de una falsificación. El papiro pertenece a un coleccionista privado anónimo, pero se desconocen sus anteriores propietarios y las circunstancias de su descubrimiento. Esto suele ser indicio de fraude.
Francisco Varo

Publicado en el diario "La Razón" 24.IX.2012 

lunes, 14 de mayo de 2012

Un día en la vida de la Virgen

Nazaret - Fuente de la Virgen
Dice San Lucas en su Evangelio que el ángel Gabriel fue enviado por Dios a Nazaret (cfr. Lc 1, 26), a una virgen llamada María, para anunciarle que iba a ser la madre del Mesías que todos los judíos esperaban, el Salvador.
Hace unos dos mil años Nazaret era una aldea desconocida para casi todos los habitantes de la tierra. En ese momento la Roma imperial brillaba llena de esplendor. Había muchas ciudades prósperas en las orillas del Mediterráneo. El bullicio de mercaderes y marineros inundaba muchas calles y plazas de ciudades portuarias o emporios comerciales. Nazaret, en cambio, era un puñado de pobres casas clavadas en unos promontorios de roca en la Baja Galilea. Ni siquiera en su región tenía una gran importancia. A algo más de dos horas de camino a pie se podía llegar a la ciudad de Séforis, donde se concentraba la mayor parte de la actividad comercial de la zona. Era una ciudad próspera, con ricas construcciones y un cierto nivel cultural. Sus habitantes hablaban griego y tenían buenas relaciones con el mundo intelectual greco-latino. En cambio, en Nazaret vivían unas pocas familias judías, que hablaban en arameo. La mayor parte de sus habitantes se dedicaban a la agricultura y la ganadería, pero no faltaba algún artesano como José, que con su ingenio y esfuerzo prestaba un buen servicio a sus conciudadanos haciendo trabajos de carpintería o herrería.
La casa de María
La casa de María era modesta, como la de sus vecinos. Tenía dos habitaciones. La interior, era una cueva que servía como granero y despensa. Tres paredes de adobe o mampostería adosadas a la roca delante de esa habitación interior sostenían un entramado de ramas, maderas y hojas que servía de techo, y formaban la habitación exterior de la casa. La luz entraba por la puerta. Allí tenían algunos útiles de trabajo y pocos muebles. Gran parte de la vida de familia se hacía fuera, a la puerta de la casa, tal vez a la sombra de una parra que ayudaría a templar el calor del verano.
Casi todos sus vecinos tenían una casa similar. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz parte del antiguo Nazaret. En las casas se aprovechaban las numerosas cuevas que presenta el terreno para acondicionar en ellas sin realizar muchas modificaciones alguna bodega, silo o cisterna. El suelo se aplanaba un poco delante de la cueva, y ese recinto se cerraba con unas paredes elementales. Posiblemente las familias utilizarían el suelo de esa habitación para dormir.
Oraciones de la mañana
La jornada comenzaba con la salida del sol. Alguna oración sencilla, como el Shemá, y enseguida se iniciaba la dura faena. El Shemá es una oración, tomada de la Biblia, que comienza en hebreo por esa palabra, y dice así: “Shemá Israel (Escucha Israel), el Señor nuestro Dios es uno solo Señor. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma  y con todas tus fuerzas. Guarda en tu corazón estas palabras que hoy te digo. Incúlcaselas a tus hijos y háblales de ellas estando en casa o yendo de viaje, acostado o levantado. Atalas a tu mano como signo, ponlas en tu frente como señal. Escríbelas en las jambas de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 4-9).
Preparación de la comida
Una de las primeras tareas a realizar cada jornada, después de la oración, era la preparación del pan, alimento básico de cada día. Para eso, María, como solían hacer las mujeres, comenzaría por moler el grano de trigo o cebada para hacer la harina. Se han encontrado algunos molinos domésticos, de piedra, de la época de nuestro Señor, que se utilizaban para esta tarea. Después la harina se mezclaba con agua y un poco de sal para formar la masa, a la que se añadía —excepto durante la fiesta de la Pascua— una pizca de levadura. Con la masa fermentada se hacían unas tortas muy delgadas, o unos panecillos, que se cocían en el horno o enterrados en unas brasas, y se comían recién hechos.
La comida de cada día sería bastante parecida a la que conocemos actualmente en las regiones mediterráneas. El pan se partía con la mano, sin utilizar cuchillo, y se tomaba solo o con aceite, y acompañado por vino, leche, fruta, y cuando era posible por algo de carne o pescado. La leche se solía guardar en odres hechos con pieles de cabra cosidas, y se bebía directamente de los mismos. Lo más probable es que casi siempre al tomarla estuviese ácida. De la leche también se obtenían la mantequilla y el queso, que eran alimentos básicos allí donde había ganados, como en Galilea. Otro elemento importante en la alimentación de aquellas gentes era el aceite. Y también se tomaban las aceitunas conservadas en salmuera. El aceite se llevaba incluso cuando se iba de viaje, en unas botellitas planas de arcilla de forma parecida a una cantimplora. También era frecuente beber vino, que solía ser fuerte, y por eso se tomaba habitualmente rebajado con agua, y a veces mezclado con algunas especias, o endulzado con miel.
Entre los guisos más habituales estaban los de garbanzos o lentejas. Las verduras más conocidas eran las habas, los guisantes, los puerros, las cebollas, los ajos, y los pepinos. La carne que más se solía comer era la de cordero o cabra, y algo la de gallina. Las frutas más habituales eran los higos, los dátiles, las sandías y las granadas. Las naranjas, hoy tan abundantes en aquella zona, todavía no eran conocidas en la Galilea en la que vivió Santa María.
Antes de comer cada día, se solían recitar unas oraciones para dar gracias a Dios por los alimentos recibidos de su bondad. La bendición de la mesa se hacía más o menos en estos términos: “Benditos seas, Señor, Dios nuestro, rey del Universo, que nos has dado hoy para comer el pan, fruto de la tierra”. Y se respondía: “Amén”.
Transporte del agua y lavado de la ropa
Para la preparación de la comida, un trabajo duro que era necesario realizar cada día era el transporte del agua. La fuente de Nazaret estaba a cierta distancia, algo más de quince minutos andando desde las casas de la aldea. Posiblemente María iría allí cada mañana a llenar su cántaro, y regresaría a su hogar cargándolo sobre la cabeza, como es costumbre en la zona, para seguir su trabajo. Y algunos días tal vez tuviera que volver a sus inmediaciones en otros momentos del día, para lavar la ropa.
La ropa que tendría que lavar María sería la que utilizaban ella, José y Jesús.  La vestimenta habitual estaba compuesta por un vestido o túnica interior, amplia, que solía ser de lino. Caía hasta las rodillas o pantorrillas. Podía ser sin mangas o con mangas hasta la mitad del brazo. La túnica se ceñía al cuerpo con una especia de faja, hecha con una franja larga y ancha de lino, que se enrollaba varias veces alrededor del cuerpo, pero no siempre ajustada de modo liso, sino que en algunas de esas vueltas se formaban pliegues, que podían utilizarse para llevar el dinero. Sobre la túnica se llevaba el vestido exterior, o manto, de forma cuadrada o redondeada, que habitualmente era de lana. 
La mayor parte de los días de María fueron, sin duda, totalmente normales. Gastaba muchas horas en las tareas domésticas: preparación de la comida, limpieza de la casa y de la ropa, e incluso ir tejiendo la lana o el lino y confeccionando la ropa necesaria para su familia. Llegaría agotada al final del día, pero con el gozo de quien sabe que esas tareas aparentemente sencillas tienen una eficacia sobrenatural maravillosa, y que haciendo bien su trabajo estaba realizando una tarea de primera magnitud en la obra de la Redención.

lunes, 23 de abril de 2012

La Resurrección de Jesús

"Prohibido robar cadáveres": Una inscripción encontrada en Nazaret proporciona pistas de interés acerca de la Resurrección de Jesús
Una vez pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro. Eran conscientes de las dificultades con las que se iban a encontrar al llegar para poder entrar, pero no se acobardaron y siguieron su camino.
Al llegar tuvieron la fortuna de ser las primeras en contemplar el prodigio. En efecto, San Marcos cuenta que mientras iban andando “se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de entrada al sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra estaba quitada; era ciertamente muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. El les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron” (Mc 16, 3-6).
Un primer hecho real desde el punto de vista histórico es que el cadáver de Jesús, al amanecer el tercer día tras su muerte en cruz, ya no estaba en el sepulcro donde lo habían dejado. Había desaparecido.
Una noticia como esa corrió veloz de puerta en puerta, de casa en casa, y de tienda en tienda por las callejas de Jerusalén que estaban abarrotadas de gentes desplazadas a la ciudad santa para celebrar la Pascua. Comerciantes, soldados, viajeros y curiosos iban intentando conocer más detalles. El cuerpo de Jesús de Nazaret, que había sido crucificado y murió a la vista de todos los que entraban en la ciudad, una vez bajado de la cruz, había quedado en el sepulcro. Pero al amanecer el tercer día, la losa que sellaba la sepultura había sido abierta. Dentro no había cadáver alguno.
El revuelo de comentarios en torno a la desaparición del cadáver, que comenzó entonces a correr, llegó tan lejos que fue necesaria una llamada oficial al orden por parte de las autoridades romanas. En Nazaret se ha encontrado una inscripción del siglo I dC. que es testimonio elocuente de lo alto que llegaron los rumores levantado por el suceso.
La losa de piedra de mármol con la inscripción se encuentre en el Cabinet des Médailles de París formando parte de la colección Froehner. La inscripción está en griego, y en su encabezamiento lleva las palabras «Diátagma Kaísaros» (Decreto del César, es decir, ordenanza imperial). El texto completo dice así:
Ordenanza imperial. Sabido es que los sepulcros y las tumbas, que han sido hechos en consideración a la religión de los antepasados, o de los hijos, o de los parientes, deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si, pues, alguno es convicto de haberlos destruido, de haber, no importa de qué manera, exhumado cadáveres enterrados, o de haber, con mala intención, transportado el cuerpo a otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las inscripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea llevado a juicio, como si quien se dirige contra la religiosidad de los hombres lo hiciera contra los mismos dioses. Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en absoluto a nadie permitido cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por violación de sepultura sufrir la pena capital.
Para la autoridad imperial no cabía otra explicación que un robo, lo que ya de por sí suponía un gran delito puesto que se trataba de la profanación de una sepultura, pero es que, además, en este caso, el suceso había encrespado mucho los ánimos.
La resurrección de Jesús causó un fuerte impacto en sus discípulos. Los Apóstoles dieron testimonio de lo que habían visto y oído. Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios: «Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co 15,3-5).
Cuando, actualmente, uno se acerca a esos hechos para buscar lo más objetivamente posible la verdad de lo que sucedió, puede surgir una pregunta: ¿de dónde procede la afirmación de que Jesús ha resucitado? ¿Es una manipulación de la realidad que ha tenido un eco extraordinario en la historia humana, o es un hecho real que sigue resultando tan sorprendente e inesperable ahora como resultaba entonces para sus aturdidos discípulos?
A esas cuestiones sólo es posible buscar una solución razonable investigando cuáles podían ser las creencias de aquellos hombres sobre la vida después de la muerte, para valorar si la idea de una resurrección como la que narraban es una ocurrencia lógica en sus esquemas mentales.
De entrada, en el mundo griego hay referencias a una vida tras la muerte, pero con unas características singulares. El Hades, motivo recurrente ya desde los poemas homéricos, es el domicilio de la muerte, un mundo de sombras que es como un vago recuerdo de la morada de los vivientes. Pero Homero jamás imaginó que en la realidad fuese posible un regreso desde el Hades. Platón, desde una perspectiva diversa había especulado acerca de la reencarnación, pero no pensó como algo real en una revitalización del propio cuerpo, una vez muerto. Es decir, aunque se hablaba a veces de vida tras la muerte, nunca venía a la mente la idea de resurrección, es decir, de un regreso a la vida corporal en el mundo presente por parte de individuo alguno.
En el judaísmo la situación es en parte distinta y en parte común. El sheol del que habla el Antiguo Testamento y otros textos judíos antiguos no es muy distinto del Hades homérico. Allí la gente está como dormida. Pero, a diferencia de la concepción griega, hay puertas abiertas a la esperanza. El Señor es el único Dios, tanto de los vivos como de los muertos, con poder tanto en el mundo de arriba como en el sheol. Es posible un triunfo sobre la muerte. En la tradición judía, aunque se manifiestan unas creencias en cierta resurrección, al menos por parte de algunos. También se espera la llegada del Mesías, pero ambos acontecimientos no aparecen ligados. Para cualquier judío contemporáneo de Jesús se trata, al menos de entrada, de dos cuestiones teológicas que se mueven en ámbitos muy diversos. Se confía en que el Mesías derrotará a los enemigos del Señor, restablecerá en todo su esplendor y pureza el culto del templo, establecerá el dominio del Señor sobre el mundo, pero nunca se piensa que resucitará después de su muerte: es algo que no pasaba de ordinario por la imaginación de un judío piadoso e instruido.
Robar su cuerpo e inventar el bulo de que había resucitado con ese cuerpo, como argumento para mostrar que era el Mesías, resulta impensable. En el día de Pentecostés, según refieren los Hechos de los Apóstoles, Pedro afirma que «Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte», y en consecuencia concluye: «Sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis» (Hch 2,36).
La explicación de tales afirmaciones es que los Apóstoles habían contemplado algo que jamás habrían imaginado y que, a pesar de su perplejidad y de las burlas que con razón suponían que iba a suscitar, se veían en el deber de testimoniar.

lunes, 19 de marzo de 2012

Galilea en tiempos de Jesús

En los comienzos de la era cristiana vivían en Galilea gentes de dos culturas distintas. Una parte importante de la población estaba constituida por personas de formación helénica, que ha­blaban griego, vivían sobre todo del comercio y la in­dustria, y vivían en las grandes ciudades como Tolemaida ‑con un puerto impor­tante en el Mar Mediterráneo‑, Séforis ‑en el interior‑ o Tiberiades ‑a orillas del Mar de Galilea‑. En cambio, la población rural era predominantemente judía, ha­blaba arameo, y vivía en casas de campo, aldeas o pequeñas poblaciones. Algunos de sus nombres resultan muy familiares para los lectores de los Evangelios: Nazaret, Caná, Cafarnaum, Corazim, Betsaida, ...
No parece que hubiera un trato frecuente entre las gentes judías y helenísti­cas de Galilea a pesar de vivir muy próximos unos a los otros. Posiblemente sólo el imprescindible para satisfa­cer las necesidades básicas. Los campesinos judíos acudirían al mercado de las ciudades para vender sus productos y para com­prar algunas herramientas necesarias para su trabajo. Por eso no resulta nada extraño que supieran hablar un poco de griego, lo mismo que la población gentil sería ca­paz de entender algo el arameo.
Esta separación entre las poblaciones que nos muestra ac­tualmente la arqueología también puede apreciarse ‑aunque muy delicadamente‑ en los relatos evangélicos. Sabemos que Jesús estuvo viviendo en Nazaret, que asistió a una boda en Caná, que también vivió en la ciudad de Cafarnaum, que hizo milagros en Corazim, que paseó por el puerto de Betsaida. Sin embargo no te­nemos cons­tancia cierta de que estuviera en ninguna ciudad de población greco-parlante. Llama la atención que no se nombre en ningún Evangelio la ciudad de Séforis, que está a casi la misma distancia de Nazaret que Caná, cuando era una población grande y populosa. Otro tanto sucede con la ciudad de Tiberiades, que fue fun­dada hacia el año 20 en las orillas del Lago de Genesaret, a unos treinta kilóme­tros de Nazaret. Es casi seguro que la funda­ción y construcción de esta ciudad fuera objeto de comentarios por parte los vecinos de Nazaret ‑entre los cuales es­taba Jesús, que tendría unos veinticinco años­‑. Sin embargo nunca se dice en el Evangelio que Jesús la visitara. E incluso cuando parece que Jesús va a algunas de las ciudades o zonas de población no judía nunca tenemos la certeza de que en­trara en las ciudades, ya que en todos los casos el texto sagrado introduce alguna fórmula genérica que parece designar más bien la zona o los alrededores que la población misma. Así, por ejemplo, se dice que Jesús va a los “términos” de Gadara (Mc 5,1-18), a la “región” de Tiro y Sidón (Mc 7,24-31) o a los “alrededores” de Cesarea de Filipo (Mc 8,27).


Nazaret

Hace unos dos mil años Nazaret era una aldea desconocida para casi todos los habitantes de la tierra. Era un puñado de pobres ca­sas clavadas en unos promontorios de roca en la Baja Galilea. Ni siquiera en su región tenía una gran impor­tancia. A algo más de dos horas de camino a pie se podía llegar a la ciudad de Séforis, donde se concentraba la mayor parte de la activi­dad comercial de la zona. Se trataba de una ciudad próspera, con ricas construcciones y un cierto nivel cultural. Sus habitantes hablaban griego y tenían buenas relaciones con el mundo intelectual greco-latino. En cambio, en Nazaret vivían unas pocas familias judías, que hablaban en arameo. La mayor parte de sus habitantes se de­dicaban a la agricultura y la ganadería, pero no faltaba algunos ar­tesanos y obreros que se desplazaran a diario a trabajar en las construcciones de la vecina Séforis.
Las excavacio­nes arqueológi­cas han sacado a la luz parte del antiguo Nazaret. En las casas se aprovechaban las numerosas cuevas que presenta el terreno para acondicionar en ellas sin realizar muchas modifi­caciones alguna bodega, silo o cisterna. El suelo se aplanaba un poco delante de la cueva, y ese recinto se cerraba con unas pare­des elementales. Posiblemente las familias utilizarían el suelo de esa habitación para dormir (Lc 11,5-9.

Cafarnaum

Junto al lago de Genesaret se encontraba Cafarnaum. No era una gran ciudad, pero sí una de las poblaciones ju­días más importantes de la región, ya que estaba en una zona fronteriza, junto al camino que unía Galilea con la tetrarquía gobernada por Filipo, por lo que había en ella servicio de aduanas y una guarnición militar. Tenía una buena sinagoga, de la que todavía se conservan sus funda­mentos de piedra basáltica. En un terre­no llano, a la orilla del lago, se aglomeraban las casas y habitaciones alrededor de patios y calles angostas. Aquí no hay un terreno rocoso como en Nazaret, por lo que la técnica de construcción era distinta, así como el tipo de casas. Sus casas estaban construidas con paredes formadas de grandes piedras basálticas de forma parecida a la de un disco, y los huecos entre unas y otras se tapaban con cantos y barro, pero sin argamasa. Había muy pocas piedras talladas, que se utilizaban para los dinteles y las jambas de las puertas y ventanas. Las casas estaban cubiertas por travesaños de ramas de árboles reforzados con ca­pas de tie­rra, de juncos y de paja.
Todavía se conservan las paredes de una habitación que una antigua tradi­ción, avalada por las recientes exca­vaciones arqueológicas, identi­fica con la casa de San Pedro. Tiene unas dimensiones de siete metros de longitud por seis me­tros y medio de anchura, y en ella hay signos de veneración a partir del siglo primero, que testimonian el respeto con que ha sido cuidada por los cris­tianos casi desde sus orígenes. Junto a su puerta hay una plazuela que muchas veces resultaría pequeña para contener a la gente que acudía para ver y  escuchar a Jesús (cfr. Mc 2,1-5).

sábado, 28 de enero de 2012

¿Hay que estar confirmado para casarse?

Esta es una de las preguntas que a veces se hacen los novios cuando están pensando en casarse y que, sin saber a quién acudir, circulan por los foros de Internet. Copio una de tantas consultas de este estilo como se pueden encontrar en la red: “Hola chicas!! una vez más acudo a vosotras para ver si me podeis ayudar. El día que fui a reservar el día en la iglesia vi que ponía un cartel que decía que era necesario estar confirmado para poder casarse…”. Así sucede, en efecto, algunas veces, y si los novios no están confirmados comienzan a darle vueltas a su problema.
En este caso, la respuesta a la pregunta es muy sencilla: no. Para casarse por la Iglesia es imprescindible que al menos uno de los contrayentes esté bautizado (si no lo está el otro, hay que hacer algunas gestiones, dependiendo del caso), pero no es imprescindible haber hecho la primera comunión ni estar confirmado.
Ahora bien, una vez dicho que no es imprescindible, hay que señalar inmediatamente que es muy recomendable. Por eso cuando uno está pensando en casarse de verdad, por la Iglesia, si no está confirmado, es conveniente pensar en confirmarse y poner los medios para recibir este sacramento. Incluso, en algunas diócesis, el Obispo ha establecido que deban estar confirmados los que se van a casar, para ayudar de este modo a los que van a contraer matrimonio a consolidar su formación cristiana. Si tienes dudas de lo establecido para la ciudad en la que vives, pregunta a tu párroco.

¿Por qué es bueno estar confirmado para casarse?
Contraer matrimonio no es organizar una ceremonia bonita en una iglesia hermosa, para luego irse a comer. Es algo mucho más serio: es un momento decisivo en la vida de un hombre y una mujer, de la que depende su felicidad en el resto de sus días sobre la tierra. El matrimonio trae consigo unos compromisos serios, y va a implicar tomar muchas pequeñas y grandes decisiones, que uno tiene que estar preparado para asumir y, para eso, hace falta tener la energía interior necesaria, porque de que acierte en ellas van a depender cosas muy importantes. Precisamente el sacramento de la confirmación va a ayudar mucho a tener esa fuerza interior que se necesita.
La confirmación es el sacramento que completa el Bautismo y en el que recibimos el don del Espíritu Santo. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 1303) enumera así sus efectos:
La Confirmación confiere crecimiento y profundidad a la gracia bautismal:
 - nos introduce más profundamente en la filiación divina que nos hace decir "Abbá, Padre" (Rm 8, 15) ;
 - nos une más firmemente a Cristo;
 - aumenta en nosotros los dones del Espíritu Santo;
 - hace más perfecto nuestro vínculo con la Iglesia;
 - nos concede una fuerza especial del Espíritu Santo para difundir y defender la fe mediante la palabra y las obras como verdaderos testigos de Cristo, para confesar valientemente el nombre de Cristo y para no sentir jamás vergüenza de la cruz.
Al recibir ese don del Espíritu recibimos la fuerza necesaria para ser testigo del amor y del poder de Dios, tanto con nuestras palabras como en nuestras obras.
Se podría decir que, así como cuando un entrenador manda salir un jugador al campo le da sus últimas instrucciones y le da una palmada de ánimo, algo parecido, pero más importante, sucede en la confirmación. Entramos al campo de la vida a jugar un partido decisivo. Con la formación en la fe recibida y la asistencia del Espíritu Santo, sabemos lo que debemos hacer. Al recibirlo notamos su ayuda, y somos conscientes de la confianza que deposita en cada uno. No queremos decepcionarla, y vamos a jugar para ganar. Sólo hace falta querer, y escucharle.
¿Quién puede pedirlo y recibirlo? Todo católico, bautizado. Para recibirlo se requiere el “estado de gracia”, esto es, no tener conciencia de haber cometido ningún pecado grave, aún no perdonado en la confesión. Por eso es muy conveniente confesarse antes. 

¿Cómo y dónde puedo prepararme para recibir la confirmación?
También es necesario recibir antes una catequesis para conocer mejor la fe, la moral, los sacramentos y la oración de la Iglesia. Puedes ponerte en contacto con tu párroco que, con mucho gusto, de informará de cuándo y cómo puedes prepararte bien. Si estudias o trabajas en la Universidad de Navarra, puedes hablar con el Capellán de tu Facultad y te orientará.