viernes, 5 de junio de 2015

¿Es bueno comulgar siempre?



— Celebramos la solemnidad del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Ya habíamos celebrado la institución de la Eucaristía el Jueves Santo, junto con el mandato del amor fraterno y la institución del sacerdocio, en vísperas de la Pasión. Ahora nos centramos en la acción de gracias a Jesús por quedarse con nosotros para alimentarnos en la Eucaristía y acompañarnos en el sagrario.
— ¡Hasta qué punto llega la humildad de Jesús de quedar totalmente indefenso ante nosotros! Una mirada a lo que sucede actualmente nos ayudará a hacer examen y mejorar nuestro amor.
— Cuando San Pablo describe la escena a los corintios añade algo que impresiona: porque cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga. Así pues, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Examínese, por tanto, cada uno a sí mismo, y entonces coma del pan y beba del cáliz; porque el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación. Por eso hay entre vosotros muchos enfermos y débiles, y mueren tantos (1 Co 11,26-30). ¿Por qué hay tantos males en el mundo? Porque no se trata con amor a Cristo en la Eucaristía.
— Desgraciadamente, hoy son muchas las faltas de respeto a la Eucaristía. Hay personas que en vez de considerarla como un gran don, que recibimos a pesar de nuestra indignidad, pero decididos a tener el alma lo más limpia posible, reivindican el comulgar como si fuera un derecho. A lo largo de los siglos, el que estaba en pecado y deseaba acercarse al Señor, reconocía con sencillez su culpa, le pedía perdón en el sacramento de la penitencia, decido a convertirse y cambiar en su vida todo lo que fuera necesario. Ahora muchos no se reconocen culpables de nada y reclaman que la Iglesia sea misericordiosa y les reconozca el «derecho» a comulgar. O bien se acercan directamente al altar sin mayores miramientos, para recibir el Cuerpo de Cristo. La cuestión planteada por San Pablo sigue siendo plenamente actual: ¿Por qué hay tantos males en el mundo? Porque no se trata con amor a Cristo en la Eucaristía.
— Esta fiesta es un gran día para desagraviar por tantas ofensas al Cuerpo y la Sangre del Señor, y poner los medios para recibirlo siempre con la dignidad debida, bien dispuestos: dignamente vestidos para ese encuentro de amor, habiendo guardado el ayuno eucarístico, y, sobre todo, con el alma limpia.
— Durante las últimas décadas se ha insistido mucho en la acción pastoral en la importancia de la comunión frecuente para participar activamente en la Eucaristía. No es un alimento para los santos y puros, sino para hombres débiles que necesitan fortaleza -se dice, y es verdad-. Pero también Jesús advirtió con claridad: No deis las cosas santas a los perros, ni echéis vuestras perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen con sus patas y al revolverse os despedacen (Mt 7,6). La comunión es un gran regalo de Dios para sanar los corazones heridos por las debilidades y el pecado, pero que quieren ser sanados y purificados, apartándose decididamente del fango.
— Amar la Eucaristía implica prepararnos para recibirla bien, y ayudar a nuestros amigos a valorar este don y recibirlo siempre con las debidas disposiciones, aunque sea con menos frecuencia: no les hará mal; el íntimo dolor de no acercarse a recibir al Señor les moverá a la conversión y valorar más el don de la gracia.
— Pero además de alimento, Jesús presente en la Eucaristía nos hace el regalo de permanecer siempre cerca de nosotros en el Sagrario. A todos nos ayudará a crecer en vida cristiana ir a visitarlo, acompañarlo un rato cada día, redescubrir el bien que hace al alma la comunión espiritual. También cuando hemos tenido un bajón y todavía no tenemos la mirada limpia para contemplar al Señor cara a cara, podemos acudir a él en el sagrario, o hacer una comunión espiritual y nos irá sanando, hasta darnos ese abrazo de reconciliación en la penitencia. Pero también nos fortalece, nos consuela y nos anima siempre que lo necesitamos.
— En la procesión del Corpus Christi, Jesús sale a la calle al encuentro de todos, también de los que no van a la Iglesia, para llamarlos a volver a casa y retomar el calor de su amistad. Que lo adoremos y le pidamos que vaya transformando los corazones de todas las personas que en ese momento estén por las calles para reinar en sus corazones y hacerlos felices.
— ¿Cómo se prepararía la Santísima Virgen para recibir a Jesús en la Eucaristía cuando asistiera a la Misa celebrada por San Juan o cualquiera de los Apóstoles? A Ella le pedimos que nos ayude a recibir a su Hijo con aquella pureza, humildad y devoción con que Ella lo recibió.

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