sábado, 27 de enero de 2018

Tentaciones



– Acompañamos a Jesús en los primeros momentos de su vida pública. Llega a Cafarnaún y se dirige a la sinagoga: Entraron en Cafarnaún y, en cuanto llegó el sábado, fue a la sinagoga y se puso a enseñar. Y se quedaron admirados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu impuro, que comenzó a gritar: -¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios! Y Jesús le conminó: -¡Cállate, y sal de él! Entonces, el espíritu impuro, zarandeándolo y dando una gran voz, salió de él. Y se quedaron todos estupefactos, de modo que se preguntaban entre ellos: -¿Qué es esto? Una enseñanza nueva con potestad. Manda incluso a los espíritus impuros y le obedecen (Mc 1,21-27).
– El evangelio nos habla de una de las primeras manifestaciones de las dificultades con las que se iba a encontrar Jesús: las asechanzas del demonio, el gran enemigo de los hombres, que pone todo de su parte para que no prenda la amistad con Dios, o para que se rompa. Es bueno pensar en él, para estar precavidos y no dejarnos seducir.
– Predicando sobre este pasaje del Evangelio el Papa Francisco comentó que hay sacerdotes que cuando leen este pasaje y otros análogos dicen: “Jesús curó a una persona de una enfermedad psíquica”. Es verdad que en aquel tiempo se podía confundir la epilepsia con la posesión del demonio -reconocía-, pero también es verdad que existe el demonio, y nosotros no tenemos derecho a hacer el asunto tan sencillo, liquidándolo como si se tratara de enfermos psíquicos y no de endemoniados.
La presencia del demonio -recordó- está en la primera página de la Biblia y la Biblia acaba también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio. Pero éste -advirtió- vuelve siempre con sus tentaciones. Nos corresponde a nosotros “no ser ingenuos”.
– De ordinario, no se presenta descaradamente, sino de modo insinuante, buscando el diálogo, quitando importancia a detalles pequeños, presentando algo como muy apetecible y no dañino. Es la misma actitud de la serpiente en el Edén: La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que había hecho el Señor Dios, y dijo a la mujer: -¿De modo que os ha mandado Dios que no comáis de ningún árbol del jardín? La mujer respondió a la serpiente: -Podemos comer del fruto de los árboles del jardín; pero Dios nos ha mandado: "No comáis ni toquéis el fruto del árbol que está en medio del jardín, pues moriríais". La serpiente dijo a la mujer: -No moriréis en modo alguno; es que Dios sabe que el día que comáis de él se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal. La mujer se fijó en que el árbol era bueno para comer, atractivo a la vista y que aquel árbol era apetecible para alcanzar sabiduría; tomó de su fruto, comió, y a su vez dio a su marido que también comió (Gn 3,1-6).
– Volviendo al Evangelio, el Papa observaba que Jesús nos ofrece algunos criterios para entender esta presencia y reaccionar. ¿Cómo ir por nuestro camino cristiano cuando existen las tentaciones? ¿Cuándo entra el diablo para turbarnos? Su primer intento consiste en sugerir que no rompamos con Dios ni con él: tener fe, rezar algo, pero dejarse seducir un poco en cosas agradables y placenteras. Por eso la primera sugerencia del Papa consiste en recordar que no se puede obtener la victoria de Jesús sobre el mal, sobre el diablo, a medias. Ya lo dijo Jesús: El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama (Lc 11,23).
No se puede seguir creyendo que sea una exageración -repitió el Obispo de Roma-: “O estás con Jesús o estás contra Jesús. Y sobre este punto no hay matices. Hay una lucha, una lucha en la que está en juego la salvación eterna de todos nosotros”. Y no hay alternativas, aunque a veces oigamos algunas “propuestas pastorales” que parecen más acomodadoras. ¡No! O estás con Jesús o estás en contra. Esto es así.
– Un arma eficaz es la vigilancia. Debemos siempre velar, velar contra el engaño, contra la seducción del maligno, exhortaba el Pontífice. Y volvía a citar el Evangelio: Cuando uno que es fuerte y está bien armado custodia su palacio, sus bienes están seguros (Lc 11,21). Y nosotros podemos hacernos la pregunta: ¿yo vigilo sobre mí? ¿Sobre mi corazón? ¿Sobre mis sentimientos? ¿Sobre mis pensamientos? ¿Custodio el tesoro de la gracia? ¿Custodio la presencia del Espíritu Santo en mí?". Si no se custodia -añadió, citando otra vez el Evangelio-, “llega otro que es más fuerte y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín” (Lc 11,22).
– ¿Cómo vigilar y mantener siempre las armas a punto? Con la oración, la confesión y la dirección espiritual, hablando tranquilamente de todo lo que nos pasa, que así nos aconsejan y rezan por nosotros.
– La Santísima Virgen pisó la cabeza del dragón infernal. A ella le pedimos que nos proteja, que nos ayude a vencer las tentaciones, a estar siempre son su Hijo.

lunes, 22 de enero de 2018

Para acertar en la vida



– El evangelio del domingo nos sitúa al inicio de la predicación de Jesús. Había recibido el bautismo de Juan, y se dirige a Galilea: Después de haber sido apresado Juan, vino Jesús a Galilea predicando el Evangelio de Dios, y diciendo: -El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está al llegar; convertíos y creed en el Evangelio (Mc 1,14-15). Lo primero que Jesús hace es invitar a la conversión.
– ¿Qué es la conversión? Dar la vuelta, cambiar de dirección. Dejar de hacer algo que hasta ahora hacíamos, para tomar otro camino. De ordinario tenemos buen corazón y estamos llenos de grandes ideales. ¿Qué nos falta para hacerlos realidad? Decidirnos a dar el paso y cambiar lo que sea necesario.
– ¿En qué dirección quiero avanzar? ¿Cómo me gustaría que fuese mi vida? Seguro que tenemos grandes ideales de servicio a través de nuestra profesión. Que nos gustaría ver a todas personas con respeto, con amor, atentos a sus necesidades, y no como muñecos o muñecas para divertirme o como peldaños en los que apoyarme para subir…
– ¿De qué cosas me gustaría olvidarme para siempre? Si hacemos examen sincero es muy posible que descubramos cosas que nos atan al suelo y no nos dejan despegar. Por ejemplo, hábitos de desorden: soltar las cosas en cualquier sitio al llegar a nuestra habitación y dejarlas ahí…; hábitos de pereza: retrasar las tareas costosas (estudiar ese lección que no me gusta) y en cambio sustituirlas por algo que no supone esfuerzo (oír música, o ver una peli); hábitos de curiosidad o impureza: navegar sin rumbo por la red, leer noticias o ver fotos o videos frívolos…; hábitos de egoísmo: valorar todo desde mi yo, mi imagen, mis gustos…
– Hoy nos llama Jesús a que hablemos despacio con él, porque tiene algo que decirnos. Es lo que hizo también desde el principio con los jóvenes que iba conociendo: Y, mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: -Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron. Y pasando un poco más adelante, vio a Santiago el de Zebedeo y a Juan, su hermano, que estaban en la barca remendando las redes; y enseguida los llamó. Y dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se fueron tras él (Mc 1,16-20). Sabe que a esos muchachos nos les basta, para hacer realidad esa conversión que les lleve a tener una vida útil y alegre, con oír la predicación en general. Sabe que necesitan de conversaciones personales, uno a uno, en las que le abran el corazón, y él pueda darles los consejos oportunos, perdonarlos cuando sea necesario, o darles ánimo. Por eso los llama a su seguimiento.
– También a nosotros nos sucede lo mismo. Necesitamos alguien que, en nombre de Jesucristo, nos acompañe en nuestra vida espiritual. No es suficiente con oír una meditación u homilía, o leer unos libros de espiritualidad. Nos ayuda tanto abrir el corazón, oír sugerencias, recibir palabras de ánimo, y también recibir a la vez el sacramento de la penitencia para que el Señor nos ayude a mantener un corazón limpio.
– Seguro que al principio aquellos hombres tuvieron un momento de duda acerca de si cambiar sus hábitos e irse con Jesús, pero fueron decididos y cuántas veces se alegraría luego de haberlo hecho. También a nosotros nos puede costar arrancar, pero luego nos sentiremos tan a gusto que no querremos dejarlo.
– ¿De qué hablar? De lo que queramos, pero en la medida en que vayamos más al fondo, notaremos que nos pueden ayudar mejor. San Josemaría escribe en un punto de Camino unos consejos para hacer oración, que también nos sirven igual para preparar esas charlas: Me has escrito: "orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué?" –¿De qué? De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. / En dos palabras: conocerle y conocerte: "¡tratarse!" (Camino, 91).
– Sin duda que Jesús niño aprendería a contar con sencillez todo a su Madre y a San José. Con esa humildad, el propio Dios hecho hombre, se deja orientar por unas criaturas. Que también nosotros pidamos esa sencillez a María para dejarnos ayudar, y decidirnos a cambiar de una vez.