domingo, 29 de marzo de 2015

Domingo de Ramos



– Comenzamos la Semana Santa, culminación del tiempo de Cuaresma, unos días en los que vamos a revivir los misterios centrales de nuestra fe, pero no como quien escucha una historia del pasado, sino como protagonistas: Jesús está dispuesto a llegar hasta el extremo de su amor por nosotros también ahora, en estos días.
– Pongamos los medios para que no pasen de largo sin dejar rastro en nuestra vida, sino que sean tiempo de conversión, de rectificar el rumbo, de tomar en serio el camino que nos lleva a la felicidad.
– Para eso acompañamos a Jesús que se dirige a Jerusalén: Al acercarse a Jerusalén, a Betfagé y Betania, junto al Monte de los Olivos, envió a dos de sus discípulos 2 y les dijo: -Id a la aldea que tenéis enfrente y nada más entrar en ella encontraréis un borrico atado, en el que todavía no ha montado nadie; desatadlo y traedlo. 3 Y si alguien os dice: "¿Por qué hacéis eso?", respondedle: "El Señor lo necesita y enseguida lo devolverá aquí" (Mc 11,1-3). Los Apóstoles podrían haber pensado que no iba a ser tan sencillo, que los dueños les pondrían dificultades, pero se fían de Jesús y le hacen caso.
– ¿Reacciono yo así? Me fío de Jesús, me abandono en él, o ¿quiero tener todo controlado —salud, medios económicos, planes,…—?
 4 Se marcharon y encontraron un borrico atado junto a una puerta, fuera, en un cruce de caminos, y lo desataron. 5 Algunos de los que estaban allí les decían: -¿Qué hacéis desatando el borrico? 6 Ellos les respondieron como Jesús les había dicho, y se lo permitieron (Mc 11,4-6). Cuando obedecen, comprueban que Jesús está con ellos, todo sale adelante sin dificultad, porque no están haciendo su voluntad sino colaborando con los planes de Dios.
– Dios nos ha hecho a cada uno para algo, nos ha dado nuestra vocación personal: cuenta con nuestra correspondencia para construir un mundo mejor con nuestro trabajo, para hacer felices muchas personas de nuestra familia, y con nuestra amistad, para extender la fe y la ilusión por llevar una profunda vida cristiana en todos los ambientes del mundo. Se trata de una tarea apasionante, que nos supera por completo, pero en la que no estamos solos. Si comenzamos a poner cada día los medios —trabajar bien, cuidar la fraternidad y la amistad, ser apóstoles, y todo ello muy metidos en Dios, siendo amigos del mejor Amigo–, las dificultades se desvanecen, como las que imaginariamente se habían creado los apóstoles que fueron a por el borrico…
 7 Entonces llevaron el borrico a Jesús, echaron encima sus mantos, y se montó sobre él. 8 Muchos extendieron sus mantos en el camino, otros el ramaje que cortaban de los campos. 9 Los que iban delante y los que seguían detrás gritaban: -¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! 10 ¡Bendito el Reino que viene, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! (Mc 11,7-10). La gente, cuando lo reconoce, salen espontáneamente a aclamarlo. Le dan la bienvenida: Baruk ha-ba’ (bendito el que viene) significa en hebreo: ¡bienvenido! Lo aclaman como el Mesías esperado, como el hijo de David que trae su reino. Sus deseos de salvación se transforman en gritos: ¡Hosanna! En hebreo significa: «la salvación ¡ya!». Es la expresión de quien lleva mucho tiempo sufriendo e inquieto y ve que se aproxima el final de todo eso.
– Que también ahora le demos la bienvenida y le abramos la puerta de nuestro corazón. Realmente viene a salvarnos, a liberarnos de lo que nos oprime el alma, sobre todo del pecado, de la tristeza, del cansancio, de la injusticia, de mis defectos, de mis problemas, de tantas cosas como yo solo no puedo salir: ¡bienvenido! Solución ¡ya!
– Una pequeña observación. Si el borrico pudiera pensar, ¿qué pensaría de lo que estaba viendo y escuchando? Si se creyera que lo aclamaban a él por ser un burro excepcional ¡qué ridículo! No lo aclamaban porque fuera un gran asno, sino que aclamaban a Jesús.
– Pensemos nosotros si más de una vez no razonamos con esa soberbia. Si cuando algo nos sale bien, y agrada a los demás y nos alaban pensamos que somos geniales porque hemos hecho una gran cosa. Sería ridículo: lo que hacemos bien es gracias a la inteligencia, simpatía, o corazón que nos ha dado el Señor y es a Él a quien debemos agradecer todo, y poner todo a su servicio: non nobis, Domine, nos nobis, sed nomini tuo da gloriam! No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre toda la gloria!
– Es la primera vez en el Evangelio que Jesús se deja aclamar por el entusiasmo de las gentes. Lo agradecería, pero también sabía que pronto cambiamos los hombres de opinión. Los mismos habitantes de Jerusalén que hoy le aclaman como hijo de David, cuatro días después pedirán ante Pilatos: ¡Crucificale, crucifícale!
– ¿No me sucede a veces a mi lo mismo? Voy a la oración, o me pongo ante el sagrario y le digo sinceramente que lo quiero mucho, y cuando llega una tentación se me nubla la mente y le digo con los hechos: ¡no me importa que hayas muerto por mí, voy a hacer lo que me apetece, que te crucifiquen!
– Hoy, cuando nos acercamos a la Semana Santa, es un buen momento para que le pidamos perdón por nuestras incoherencias, por nuestros pecados, para que hagamos el propósito de no mandarlo de nuevo a la cruz con nuestras obras.
– En esta escena de triunfo, María no aparece, no busca protagonismo. Pero está llegando a Jerusalén para estar al lado de su Hijo justo cuando más la necesite: en el Calvario. Démosle gracia y pidámosle que esté siempre a nuestro lado, que nunca nos abandone, para que no dejemos solo a su Hijo Jesús.

domingo, 15 de marzo de 2015

¿Tiene sentido el dolor, el sufrimiento?



– Avanzamos en la cuaresma, tiempo de conversión y diálogo con el Señor. En este domingo, el cuarto, los textos de la Misa nos hablan de alegría y esperanza, en medio de las dificultades del camino.
– En la primera lectura se nos habla de esperanza en medio de una gran desgracia, la deportación sufrida por los habitantes de Jerusalén que fueron llevados a Babilonia: 14 Todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, imitando en todo las abominaciones de las naciones; profanaron el Templo que el Señor se había consagrado en Jerusalén. 15 El Señor, Dios de sus padres, les envió advertencias con rapidez y sin cesar por medio de sus mensajeros, porque sentía compasión de su pueblo y de su Morada. 16 Pero ellos hicieron burla de sus mensajeros, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que la ira del Señor contra su pueblo alcanzó un punto tal, que ya no hubo remedio (2 Cr 36,14-16). No había forma de que aquellas gentes reaccionaran.
– Y sobrevino una gran desgracia: 19 Luego incendiaron el Templo, demolieron los muros de Jerusalén, prendieron fuego a todos sus palacios y destruyeron todas las cosas de valor. 20 Finalmente deportaron a Babilonia a todos los que se habían librado de la espada, sirviendo de esclavos suyos y de sus hijos hasta la llegada del reino persa (2 Cr 36,19-20). Dios no se complace en el mal, pero a veces sólo la experiencia del sufrimiento lleva a recapacitar y decidirse a cambiar. Así sucedió con aquellos hombres, y cuando rectificaron, hicieron penitencia, pidieron ayuda al Señor, se dieron cuenta de que allí estaba con ellos, dispuesto a intervenir a su favor. Ciro el persa conquistó, contra toda lógica Babilonia y allí dictó el decreto que les permitía regresar a su tierra: Así dice Ciro, rey de Persia: «El Señor, Dios de los cielos, me ha entregado todos los reinos de la tierra. Él mismo me ha encomendado construir en su honor un Templo en Jerusalén que está en Judá. El que de vosotros pertenezca a ese pueblo, que el Señor, su Dios, esté con él y que suba» (2 Cr 36,23)
– Lo sucedido al pueblo elegido nos invita a reflexionar sobre una cuestión que afecta a todos en todos los tiempos: ¿tiene sentido el dolor, el sufrimiento? De entrada, parece un absurdo que no debería existir si Dios es bueno. Pero el sufrimiento del destierro fue para Judá medicina que curó sus enfermedades del alma, que le llevó a cambiar de modos de vida, de prioridades. Le ayudó a desprenderse de muchas cosas que les parecían imprescindibles para alcanzar la felicidad –casas, dinero, riquezas, placeres– y a descubrir el gozo del cariño familiar, de la comprensión de los amigos, de ayudar al todavía más necesitado que uno, a encontrar a Dios.
– También nosotros necesitamos aprender esa lección, dura, pero gozosa. Las contrariedades, la enfermedad, los problemas laborales o familiares, la rebeldía interior ante defectos o modos de ser que no logramos superar, son ocasiones para descubrir que podemos ser más felices viviendo de otra manera, olvidándonos de buscar una felicidad egoísta, y descubriendo el gozo de servir y ayudar, por amor a Dios y a los demás.
– No tenemos nada más que mirar a Jesús en la Cruz, ahora que se acerca la Semana Santa. Sus sufrimientos no fueron estériles, ya que nos proporcionan todo lo que nosotros necesitamos para vencer el pecado y volver al paraíso.
– El Evangelio de la Misa nos trae a la memoria unas palabras de Jesús, acerca de otro texto del Antiguo Testamento: 14 Igual que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así debe ser levantado el Hijo del Hombre, 15 para que todo el que crea tenga vida eterna en él. 16 Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3,14-16). Cuando los israelitas iban por el desierto camino de la tierra prometida se quejaron contra el Señor por la dureza del camino, y surgieron muchas serpientes venenosas que les mordían, hasta que se arrepintieron y miraban a una serpiente de bronce que les hizo Moisés de parte de Dios para que quienes la mirasen quedaran salvados. El dolor de aquellas mordeduras fue para ellos medio de purificación. La serpiente de bronce es figura de Cristo: quien lo mira, descubre el sentido del sufrimiento, lo asume como purificación y es salvado.
– En este tiempo nos ayudará meditar con frecuencia la Pasión, acompañar a Jesús en su dolor. También nos daremos cuenta de que lo que nos hace sufrir son pequeñeces al lado de lo que él padeció por nosotros. E incluso será bueno que nos propongamos realizar algunos sacrificios voluntarios cada día para compartir en algo su dolor, y, sobre todo, para reforzar nuestra voluntad de cambiar, de quitar lo que sobra en nuestra vida, de rectificar lo que tenemos que rectificar.
– No estamos solos. Como los israelitas en el desierto o en Babilonia tenemos motivos de esperanza, porque el Señor nos quiere mucho y está cerca de nosotros para ayudarnos cuando vea que sinceramente queremos ser mejores.
– También la Virgen es nuestra Madre, y cuando acudimos a Ella: Santa María, Esperanza nuestra! Siempre nos escucha.

viernes, 6 de marzo de 2015

Recomponer las piezas de nuestra vida



– Cuaresma, tiempo de encuentro con el Señor para poner a punto nuestra vida. El Evangelio del domingo nos presenta una escena dura: 13 Pronto iba a ser la Pascua de los judíos y Jesús subió a Jerusalén. 14 Encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas en sus puestos. 15 Con unas cuerdas hizo un látigo y arrojó a todos del Templo, con las ovejas y los bueyes; tiró las monedas de los cambistas y volcó las mesas. 16 Y les dijo a los que vendían palomas: -Quitad esto de aquí: no hagáis de la casa de mi Padre un mercado (Jn 2,13-16).
– No es normal ver a Jesús enfadado, pero en esta ocasión reaccionó con energía para cambiar una situación que se había ido degradando poco a poco. Era necesario tener en Jerusalén dónde comprar lo necesario para los sacrificios, cambio, recuerdos y regalos para llevar a la familia. En el templo, los sacerdotes dejaron que se establecieran algunos puestos para prestar estos servicios, pero con el tiempo aquello terminó siendo un mercado bullicioso y no un lugar donde ponerse en la presencia de Dios.
– Así puede suceder con nuestra vida. Estamos llamados a ser hombres de Dios, y hay cosas que son necesarias: el descanso, la diversión, los instrumentos de trabajo, la comida y la bebida, el amor,… pero todo eso puede ir arrinconando a Dios y a sus cosas, hasta dejarlo casi olvidado.
– En la cuaresma, hoy, Jesús nos recuerda que hay que reaccionar y cambiar. Nosotros mismos no estamos del todo a gusto cuando cedemos a la flojera y hacemos sólo lo que nos apetece. Nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti. Hoy es un buen día para proponernos de verdad tirar todos los trastos que estorban, poner orden en nuestra vida, y dejar todas las piezas en su sitio.
– En el AT eso se diría, abandonar el hattat (pecado) para dejar todo en šalom (paz). A diferencia de lo que sucede en español, en hebreo paz es exactamente lo contrario de pecado. Está en hattat algo que está desordenado o incompleto. Cuando estamos en pecado tenemos el desasosiego de que algo no encaja en nuestra persona o en la relaciones nuestras con los demás ni con Dios. No recuperaremos la serenidad hasta que nada falte y todo esté en orden, es decir hasta que esté en šalom.
– En el sacramento de la penitencia el hattat se cambia en šalom, por eso el sacerdote al terminar nos dice: «vete en paz». Este fin de semana es un buen momento para dejar al Señor que ponga orden en nuestra vida con una buena confesión.
– ¿Cuál es ese orden al que ajustar nuestra vida para que nada le falte? Nos lo dice la primera lectura de la Misa: 2 -Yo soy el Señor, tu Dios, que te ha sacado del país de Egipto, de la casa de la esclavitud 3 No tendrás otro dios fuera de mí. 4 No te harás escultura ni imagen, ni de lo que hay arriba en el cielo, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas por debajo de la tierra. 5 No te postrarás ante ellos ni les darás culto, porque yo, el Señor, tu Dios, soy un Dios celoso que castigo la culpa de los padres en los hijos hasta la tercera y la cuarta generación de aquellos que me odian; 6 pero tengo misericordia por mil generaciones con los que me aman y guardan mis mandamientos. 7 No tomarás el nombre del Señor, tu Dios, en vano, pues el Señor no dejará impune al que tome su nombre en vano. 8 Recuerda el día del sábado, para santificarlo. 9 Durante seis días trabajarás y harás tus tareas. 10 Pero el día séptimo es sábado, en honor del Señor, tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que habita junto a ti. 11 Pues el Señor en seis días hizo el cielo y la tierra, el mar y todo lo que contiene, pero el día séptimo descansó. Por eso el Señor bendijo el día del sábado y lo santificó. 12 "Honra a tu padre y a tu madre para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te da. 13 No matarás. 14 No cometerás adulterio. 15 No robarás. 16 No darás falso testimonio contra tu prójimo. 17 No codiciarás los bienes de tu prójimo; ni codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo ni su esclava, ni su buey, ni su asno ni nada de lo que pertenezca a tu prójimo (Ex 20,2-17).
– No son caprichos ni mandamientos arbitrarios, sino el manual de instrucciones del fabricante para que funcionemos buen, con buen rendimiento y a gusto, siendo felices.
– Pidamos a la Virgen que nos ayude a poner ese orden que nuestra persona entera necesita.