martes, 5 de mayo de 2015

El placer de vivir



En el evangelio del domingo pasado se nos presentaban unas palabras de Jesús de ambiente agrícola: Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador (Jn 15,1).
– La comparación está llena de connotaciones. La vid es la planta de donde sale el vino —sin ella no hay vino posible— que en la cultura mediterránea es sinónimo de la fiesta y del placer de vivir. Jesús es vid, porque es componente imprescindible para gozar de una alegría festiva y disfrutar de la vida. Una vida sin Dios es una vida triste y aburrida, una vida en la que estamos unidos a Jesús es gozosa. Demos gracias a Dios, y pongamos los medios para no apartarnos nunca de él. En el orden de prioridades para las muchas cosas que podemos tener en la cabeza y el corazón, lo primero ha de ser siempre Dios: el trato con él en la oración y la eucaristía, nuestra formación cristiana,…
– La vid es una planta que hunde sus raíces en la tierra. También por eso ofrece una comparación adecuada para hablar de Jesús: él es Dios que se ha hecho hombre, no es una idea bonita, ni un ser celestial que está en el cielo muy lejos de nosotros y ajeno a la vida del día a día en la tierra, sino que ha echado raíces en la tierra. Nada de lo que sucede en el mundo le es ajeno. Se conmueve ante los males, tiene misericordia de los necesitados y acude a consolar y salvar, y sabe disfrutar de lo bueno.
– Así ha de ser la vida del cristiano: nada de lo humano nos resulta indiferente. No podemos ignorar a los que sufren —víctimas del terremoto de Nepal, desplazados y perseguidos en Siria o Iraq, el drama del mediterráneo, los parados, los enfermos, los que sufren,…— y ahora rezamos por ellos, y le damos vueltas a cómo podríamos ayudarles mejor. A la vez disfrutamos de la vida dando gracias a Dios —por la belleza de la naturaleza, al disfrutar de una buena comida, o de la compañía y la conversación de los amigos,…—. Y ponemos los medios con esfuerzo y sacrificio —estudio, trabajo,…— para aportar lo mejor que podamos a la sociedad para construir una sociedad en la que todos se encuentren a gusto.
Hijos míos —decía San Josemaría en la homilía que pronunció en el Campus de la Universidad de Navarra—, allí donde están vuestros hermanos los hombres, allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres.
– Es falso el tópico laicista de que la vida cristiana asfixie las cualidades humanas e impida que la persona llegue a la plenitud de su humanidad. La realidad es justo la contraria. Es lo que a Juan Pablo II le gustaba repetir con unas palabras del Concilio Vaticano II: es Jesucristo quien revela al hombre lo que es el hombre. Jesús es quien nos ayuda a descubrir dónde está y cómo lograr la plenitud de la vida humana.
— El modelo de vida metida en Dios y arraigada en lo más interesante del mundo es Jesucristo: Yo soy la vid verdadera. En la Biblia se usa varias veces la alegoría de la vid —por ejemplo, en la canción de la viña (Is 5,1-4) aunque ahí la viña es el pueblo de Dios—, pero la vid verdadera, la referencia fundamental es Jesús. No tenemos otro modelo al que mirar e imitar. Pidamos al Señor que cada día conozcamos mejor su vida, entrando en el Evangelio como un personaje más, para hacer nuestra.
– Pero las palabras de Jesús nos dan más pistas aún: mi Padre es el labrador. El verdadero protagonista de una vida feliz es Dios Padre que nos santifica mediante su gracia. Nos la otorgó en el bautismo, nos la devuelve en la confesión cuando la hemos perdido por nuestros pecados, nos la aumenta en la eucaristía. Gracias, y ayúdanos a aprovechar esos medios de santificación.
– No perderemos la gracia si estamos unidos a Jesús, y ponemos empeño en no separarnos nunca de él: mi Padre es el labrador. 2 Todo sarmiento que en mí no da fruto lo corta, y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto. 3 Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. 5 Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada (Jn 15,1-5).
La vid verdadera, Jesús, está metido de lleno en la vida divina y a la vez con las raíces hundidas en la tierra: es muy humano, y valora y ama lo humano. De ahí que el cristiano esté llamado a ser como Él un hombre de bien, con todas las virtudes–no sólo las sobrenaturales– que hacen atractiva la figura de un hombre: la simpatía, la lealtad, la laboriosidad, la sinceridad, la prudencia, la sobriedad,… La verdadera virtud no es triste y antipática, sino amablemente alegre (Camino, 657).
– La vida de María fue una vida siempre muy unida a Dios, y profundamente humana. A ella, en este mes de mayo que acabamos de comenzar, le pedimos que nos ayude a poner los medios para ser santos de verdad, en nuestro trabajo y en todas las circunstancias corrientes de cada día.

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